En el artículo “Enñoñar” de David Toscana, publicado en Letras Libres el 14 de enero último, pone como ejemplo de ñoñez (“limpiar un texto para que no ofenda a nadie”, dejando “un esqueleto de idea que apenas aprecian los ñoños”), haber cambiado en mi traducción del Quijote “afeminado” por “desmayado”, “para que no ofenda a nadie por motivos religiosos, raciales, sexuales, culturales, ancestrales”, y de paso me compara con “el infame editor Thomas Bowdler” que quitó de la edición de Shakespeare cuanto le resultaba malsonante. Todo el mundo sabe, salvo quizá Toscana, lo que son los deslizamientos semánticos, muy frecuentes en el habla. Se mencionan expresamente en mi prólogo a esa traducción, y se cita como ejemplo la palabra “discreto”, que tenía entonces el significado de “prudente”, “inteligente” y muchos otros. Igual sucede con “afeminado”, con un significado hoy únicamente peyorativo: “marica”, “amanerado”, “ambiguo” (por lo menos en España; en Méjico igual no, y confío en que esta jota no le ofenda por razones ancestrales). Ninguno de estos adjetivos se aviene, desde luego, a la condición de don Quijote ni de Sancho. En el siglo XVI se usa afeminado por “suave”, “delicado”, “dulce”, matices propios de la idealización petrarquista de la mujer, y así lo recoge Covarrubias. Toscana ha ido a Covarrubias, que dice esto mismo (como Rico en la nota de su edición: “flaco, débil, lánguido”), pero metido en su solo de bravura, ya solo busca el do de pecho. Esta es la frase original: “–¿Qué quieres, Sancho hermano? –respondió don Quijote, con el mesmo tono afeminado y doliente que Sancho; y esta mi traducción: –¿Qué quieres, Sancho hermano? –respondió don Quijote, con el mismo tono desmayado y doliente que Sancho”. Siento joderle al articulista mejicano un poco su teoría de la ñoñez, qué le vamos a hacer. Igual la próxima vez escoge mejor ejemplo y mejor infame.
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