Ganó la ultraderecha. No es que nadie esperara lo contrario, pero tampoco cabe ya la nostalgia de la Alemania de posguerra fría, ni siquiera la de Merkel. El año pasado, en una de tantas historias, una panadería en Tubinga comenzó a vender los panecillos dilectos de la era nazi: un conejito conduce un tanque, otro opera un obús. Esos destellos, que antes eran impensables, ahora son la normalidad. Reto a quien no esté muy familiarizado con Alice Weidel y Tino Chrupalla, líderes del partido AfD (Alternativa para Alemania) a leer sus biografías. Son una colección de tropos desgraciadamente comunes: las élites oprimen y engañan, no somos escuchados, nos invaden…
La novedad aquí es que sucede en el país sobre el que todos tenemos enormes dudas de si conviene verlo militarizado y además en franca deriva hacia imaginarios fascistas: la peor combinación posible. Pero desde 2017, AfD coquetea abiertamente con el rostro más repelente de Alemania. En ese año, obtuvo 94 escaños en la cámara baja. Hoy en día tiene 152 diputaciones (de un total de 630) y este domingo obtuvo su primera gubernatura.
De hecho, si las elecciones federales fueran hoy, ganarían. Cabe preguntarse: ¿qué sucedió? Pienso como posible punto de partida el influjo de alrededor de un millón de refugiados sirios en 2015. Este enorme esfuerzo fue piloteado por Merkel con gran pericia política y visión humanitaria. La gran mayoría de los refugiados fueron absorbidos sin problema. Pero la incómoda cercanía con el otro levantó las trompetas de la fatalidad una vez más.
Porque si de lugares comunes hablamos, no deja de sorprender que los mismos discursos encontrados desde la ópera barroca de Handel hasta ya entrado el siglo XIX con Rossini, ese ridículo terror por el extraño “monstruo islamista” (Žižek dixit) o el africano indomable, siguen fomentando una identidad que se empecina en presentarse como separada de su propia historia, incluida la colonial. No extraña, así, que Mette Frederiksen, la primera ministra danesa, a raíz del incidente fronterizo en Ceuta, dijera que los migrantes “simpatizan con las fuerzas obscuras de este mundo”.
Hace ya varios años que Europa desmantela la arquitectura jurídica que protegió los flujos migratorios posteriores a la Segunda guerra mundial. Alemania, junto con Dinamarca, Austria, Grecia y Holanda, planean externalizar, tan pronto como 2027, centros de detención para migrantes en países como Ruanda y Uganda, lo que resolvería poco y aumentaría la crueldad innecesaria en contra de los migrantes, además de sentar el precedente de espacios liminales donde no operan las leyes.
Este fuego nativista, una corriente ya no tan subterránea de racismo y barbarie, aviva una crisis mayor: la confrontación con Rusia. ¿Es una guerra no declarada? ¿Es hibrida o frontal? Probablemente todas a la vez. Apenas este mes, Alemania acusó a Rusia de estar detrás de un dron cargado con explosivos, que no detonó, en el aeropuerto de Leipzig. Alemania ordenó entonces cerrar el consulado ruso en Bonn y la Casa de Rusia en Berlín (un centro cultural amenizado por una red de espionaje, o viceversa). Moscú, a su vez, ordenó el cierre de los Instituto Goethe en Moscú, San Petersburgo y Novosibirsk y, de paso, el expresidente Medvedev anunció bombásticamente que Rusia podría atacar centros de producción militar en Alemania.
Pareciera que, hoy en día, la máxima de la OTAN, “keep the Russians out, the Americans in and the Germans down”, se cumple pero al revés. Estados Unidos ya no participa en ejercicios militares, Alemania se levanta hacia una dirección de lamentable memoria y Putin asevera que las “fronteras de Rusia nunca terminan”.
Entre sus muchas contradicciones, algunas más aberrantes que otras, AfD propugna un acercamiento con el Kremlin. La razón es sencilla: la locomotora alemana funcionaba, hasta la invasión de Ucrania, con gas barato de Rusia. Estados como Sajonia-Anhalt, hasta 1991 parte de Alemania del Este, tuvieron un modelo de crecimiento industrial que ya no es compatible con la crisis climática, ni mucho menos con la falta de suministros energéticos incondicionales de Rusia.
AfD ha deslizado que podría levantar las sanciones energéticas contra Rusia, regresar al uso de la energía nuclear (Alemania cerró su último reactor en 2023) y revertir la ley que elimina el carbón como energético para 2038. La transición a energías limpias podría frenarse para dar pie a una reconversión industrial ligada a la industria armamentista, que ofrece seguridad laboral en un contexto actual muy precario. Se discute también incrementar la edad de retiro y las horas de trabajo semanales.
Volkswagen, bandera del industrialismo alemán, es ejemplo de lo anterior. Sus cadenas de producción están profundamente ligadas a los combustibles fósiles, lo que la coloca muy detrás de sus pares chinos, modernos y flexibles, con indiscutible ventaja tecnológica en la fabricación de vehículos y baterías eléctricas. Para afrontar este quebranto, además de importantes recortes de personal, la empresa planea redirigir instalaciones y empleos hacia la manufactura militar, lo que empata con el tremendo gasto público que se contempla para los próximos años.
Otro indicador práctico de esta transformación es el precio de la acción de Rheinmetall, el mismo conglomerado militar que armó a la Wehrmacht nazi. En 2021 su precio oscilaba alrededor de los cien euros; hoy se vende en alrededor de mil euros, luego de un pico de dos mil euros a principios de este año, días antes de la guerra contra Irán.
Todos estos factores, como una fuerza centrípeta, fundamentan los discursos y las propuestas de AfD; en suma, una coalescencia de crisis internas y externas que aceleran la intolerancia política y, ahora, la crisis energética, la militarización y su posible cúspide: la guerra.
La victoria electoral de AfD, dada la complejidad del armazón federal alemán, tendrá pocas repercusiones prácticas en el corto plazo, pero la onda de choque ya no es continental, sino mundial. ¿En qué medida infectará el credo ultraderechista de AfD la vida política alemana? El costo de negar la existencia de AfD y de sus millones de simpatizantes es la parálisis política. Si Alemania es incapaz de crear consensos en casa, su preeminencia dentro de la Unión Europea y en el escenario mundial también sufrirá.
En los próximos meses tendrá que ocurrir lo que antes era impensable: la colaboración de los otros partidos políticos con AfD, luego de que la estrategia del avestruz (el ahora inservible “muro de fuego”) dejo de funcionar.
De fondo, sin embargo, existe una crisis fundamental. Por primera vez en la historia humana existe un problema mucho mayor al de las diferencias de clase y la desigualdad o las divergencias políticas o económicas. Lo que hoy se vive no es una crisis alemana (o de tantos otros países) sino una crisis sistémica del capitalismo. No es de extrañar, pues, que la romantización de un pasado autoritario propugne utopías fascistas sin atender las crisis materiales que aseguran un futuro autodestructivo.
Por ello, la tendencia europea a rechazar precisamente aquello que la enriquece resulta estulta y cruel. Europa, y Alemania, apunta a ser un lugar de expulsión y confrontación, más que un sitio de confluencia y diversidad. El viejo guion europeo pareciera repetirse: intolerancia, militarización y guerra. Las próximas elecciones en Alemania, con excepción de Berlín, podrían terminar por configurar una nueva realidad que el resto de los países tendrán que navegar.
Quién hubiera imaginado que ese adolescente flaco en Aleppo, que un buen día se hartó de vivir en opresión y pintarrajeó un grafiti insultando a Bashar al-Ásad, fuera protagonista inopinado de una victoria electoral que retumba en toda Europa y más allá. El pasado no se cansa de demostrar que las conflagraciones mundiales comienzan con un aroma operático. El resto ya es historia. ~