Trump y los riesgos de perder el “privilegio exorbitante” del dólar

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El “nuevo rumbo” que la política estadounidense ha tomado con Donald Trump y la ideología MAGA puede ser incompatible con uno de los factores sobre los que descansa el “excepcionalismo” de Estados Unidos y su papel de superpotencia política y económica: la hegemonía del dólar como moneda de reserva global, utilizada en el comercio y las inversiones internacionales mucho más allá de los intercambios que atañen directamente al país emisor.

Estados Unidos ha tenido un déficit comercial constante (importaciones superiores a las exportaciones) durante cincuenta años, desde 1975, y en los últimos ha tocado máximos históricos, hasta el alucinante déficit de alrededor de 1,2 billones solo en bienes, o 918.000 millones netos de servicios, en 2024. Este déficit se compensa –tal y como queda registrado, aproximadamente, en la balanza de pagos– con un flujo simétrico de entradas de capital extranjero en forma de inversiones directas en Estados Unidos y en “valores”, principalmente letras del Tesoro. El mundo financia así las importaciones estadounidenses, confiando en la capacidad de la economía del país para pagar las deudas mediante la remuneración de las inversiones.

La excepción estadounidense

¿Cómo es posible que la economía estadounidense mantenga perpetuamente enormes déficits comerciales? En circunstancias normales, un gran déficit comercial influiría en el tipo de cambio de la moneda, provocando una devaluación espontánea y una corrección del déficit. De hecho, en un régimen de tipo de cambio flexible, el aumento de la demanda de las monedas de los países proveedores –para poder comprar sus mercancías– tiende a hacer bajar el “precio” de la moneda en términos de las otras (es decir, el tipo de cambio). El resultado es un reequilibrio del déficit, porque resulta más caro importar del extranjero mientras que las exportaciones se estimulan, porque los bienes nacionales se abaratan para los compradores extranjeros.

Estados Unidos “ignora” este efecto de reajuste económico porque el dólar actúa como moneda internacional. Según informa Brookings, alrededor del 60% de las reservas mundiales de divisas son dólares (en segundo lugar está el euro, con el 20%); el 54% del comercio internacional se realiza en dólares; el 64% de la deuda mundial se denomina en dólares. A nivel mundial la demanda de dólares es, por tanto, muy superior a la que se da en las relaciones comerciales en las que participa directamente Estados Unidos, lo que permite a los estadounidenses beneficiarse de una moneda crónicamente sobrevalorada. Los efectos reales que tiene este “privilegio exorbitante” sobre la economía estadounidense son objeto de debate. Las políticas arancelarias que ha anunciado la nueva administración Trump –y que ya ha aplicado– tienen como objetivo declarado contrarrestar el déficit comercial crónico y los efectos negativos que este tendría sobre el tejido productivo e industrial estadounidense.

La otra “excepción” de la economía estadounidense se refiere a la posibilidad de que el Estado federal mantenga déficits fiscales elevados y prolongados (en 2024 el déficit estadounidense alcanzó los 1,8 billones de dólares, superando por quinto año consecutivo el billón de dólares de déficit anual). A pesar de estos flujos, y de un stock de deuda pública que supera el umbral del 100% del PIB, los tipos de interés de los bonos del Tesoro estadounidense siguen siendo bajos. Esto también tiene que ver con la función internacional del dólar. Los bonos del Tesoro desempeñan un papel central en los mercados financieros internacionales, como referencia en la cobertura del riesgo de inversión. Como señala el economista Josh Hendrikson en el boletín Economic Forces, también se consideran activos especialmente seguros por el hecho de que “son fácilmente convertibles en dólares” –es decir, en la moneda de referencia internacional–, “pero, a diferencia de los propios dólares, proporcionan un rendimiento nominal”.

Sin embargo, satisfacer el crecimiento de la demanda mundial de bonos del Tesoro estadounidense tiende a generar una expansión continua del déficit fiscal, con el riesgo de socavar la sostenibilidad de la deuda pública. “Los datos sugieren que a largo plazo la oferta de este activo de reserva mundial está casi determinada por la demanda. Si esta tendencia se mantiene –y hay razones para creer que así será, teniendo en cuenta los incentivos de los responsables políticos y los efectos que tiene sobre el precio intentar reducir el déficit–, entonces la deuda estadounidense efectivamente crecerá al ritmo del resto del mundo. Si el resto del mundo crece más deprisa que Estados Unidos, aumentará el ratio deuda/PIB”, escribe Hendrikson. Dada su utilización como “activo seguro” de inversión mundial, los bonos del Tesoro estadounidense “funcionan” en definitiva como si fueran títulos de una hipotética deuda pública internacional, y su precio no parece estar relacionado con la capacidad real de la economía estadounidense, a la larga, de pagar la deuda resultante.

Hay al menos dos aspectos que hacen que el dólar sea aceptado universalmente como moneda internacional y esté exento de las “limitaciones de la realidad” a las que están sujetas las monedas de otros países. El primero es la capacidad de Estados Unidos de proporcionar un paraguas de seguridad militar a sus aliados y al comercio internacional en general. El presupuesto federal de defensa de Estados Unidos, aunque ha disminuido de manera constante en las últimas décadas, asciende a unos 850.000 millones de dólares anuales (año fiscal 2025), es decir, el equivalente al 3% del PIB y al 40% del gasto mundial en defensa (a título comparativo, el presupuesto total anual de defensa de los Estados miembros de la Unión Europea es de unos 320.000 millones de dólares). El gasto en defensa de Estados Unidos representa el 13% del presupuesto federal estadounidense: en la tendencia de los últimos años, casi la mitad del déficit fiscal anual. Así pues, si por un lado las letras del Tesoro son el principal activo de garantía del sistema financiero internacional, por otro el déficit fiscal representa la fuente de financiación principal del paraguas militar con el que Estados Unidos ha ejercido hasta ahora su papel de garante de la seguridad en el sistema de relaciones políticas, económicas y comerciales mundiales.

Un segundo aspecto que otorga al dólar un papel predominante en el sistema monetario internacional tiene que ver, probablemente, con el hecho de que Estados Unidos, además de ser una superpotencia económica y militar, es una democracia constitucional, lo que garantiza un grado razonable de seguridad jurídica a todos los agentes económicos y políticos, privados y públicos, que participan en las relaciones financieras políticas y económicas con el país y a escala internacional. A diferencia de las autocracias, en las que el poder es ejercido arbitrariamente por quienes lo detentan, en Estados Unidos las decisiones públicas están vinculadas al ordenamiento jurídico y a un intrincado sistema de contrapesos políticos e institucionales que remiten a instituciones muy complejas de distinta naturaleza (federales, estatales, autoridades independientes, etc.). En sentido amplio, el dólar representa así la moneda del Estado de derecho, y en ella basan su confianza los inversores nacionales e internacionales.

Cada vez más dependiente de la dolarización

Todo esto sugiere que el papel hegemónico, en la política y en la economía, ejercido por Estados Unidos en el orden mundial desde la posguerra se ha hecho cada vez más dependiente de la “dolarización” del comercio y del sistema financiero internacional, y que al mismo tiempo está progresivamente cada vez menos vinculado al crecimiento de la competitividad de la economía real estadounidense. Donald Trump y su establishment han cuestionado la sostenibilidad de este modelo. En un artículo publicado en noviembre del año pasado, el economista Stephen Miran, a quien posteriormente Trump nombró director del Consejo de Asesores Económicos, hacía hincapié en las consecuencias de una continua sobrevaloración del dólar, en términos de pérdida de puestos de trabajo y de declive general del sector manufacturero estadounidense. “La profunda insatisfacción con el orden económico actual”, escribe Miran, “tiene sus raíces en la persistente sobrevaloración del dólar y en unos términos de intercambio asimétricos. Esta sobrevaloración hace que las exportaciones estadounidenses sean menos competitivas y las importaciones más baratas, y penaliza al sector manufacturero estadounidense. El empleo en dicho sector disminuye a medida que cierran las fábricas. Las economías locales se debilitan, muchas familias trabajadoras son incapaces de mantenerse a sí mismas y acaban dependiendo de las ayudas públicas, se hacen adictas a los opiáceos o se ven obligadas a trasladarse a lugares más prósperos”.

Para corregir estas distorsiones, Miran –que con toda legitimidad puede considerarse uno de los principales teóricos de las políticas económicas trumpistas– propone recurrir a aranceles aduaneros unilaterales, y posibles acuerdos multilaterales destinados a reducir la infravaloración de las monedas de las contrapartes. Sin embargo, el economista es muy consciente de las consecuencias de este enfoque en términos de “redefinición del sistema global”. “En gran medida, el dólar estadounidense es el activo de reserva porque Estados Unidos proporciona estabilidad, liquidez, profundidad de mercado y Estado de derecho. Estos factores están vinculados a las características que hacen a Estados Unidos lo suficientemente poderoso como para proyectar su fuerza por todo el mundo y que le permiten configurar y defender el orden internacional global. Cómo se ha entrelazado el estatus de moneda de reserva con la seguridad nacional es una larga historia. En cualquier posible reforma del sistema comercial mundial estos vínculos serán cada vez más explícitos”, dice Miran.

En el texto se puede percibir la preocupación del autor por el riesgo de perder el “privilegio del dólar”, en relación con la adopción de políticas proteccionistas. “A pesar de la gran influencia del dólar en el sector manufacturero estadounidense”, escribe, “el presidente Trump ha destacado el valor que concede a su estatus como moneda de reserva mundial, y ha amenazado con castigar a los países que se alejen del dólar. Espero que esta tensión se resuelva con políticas encaminadas a preservar el estatus del dólar pero también a mejorar el reparto de las cargas con nuestros socios comerciales”.

Salvaguardar tanto el papel internacional del dólar, en el que se basa el orden internacional liderado por Estados Unidos, como la reactivación del sistema industrial doméstico parece ser el principal reto de la segunda presidencia de Trump, según sus protagonistas, con consecuencias para todo el orden mundial. Sin embargo, podrían resultar dos objetivos por definición alternativos e incompatibles entre sí. El “ privilegio exorbitante” del dólar depende, a fin de cuentas, de que el resto del mundo siga confiando en Estados Unidos como potencia económica y como entidad política basada en el derecho constitucional, estable a largo plazo a la hora de confirmar las expectativas de inversores, socios comerciales y aliados, y también de las potencias adversarias.

Lejos quedan, sin embargo, los días en que el PIB nominal estadounidense representaba el 40% del PIB mundial (1960): hoy supone alrededor del 26% (2023), mientras que China supone el 17%. Por otra parte, durante las primeras semanas de la presidencia de Trump se han dinamitado rápidamente las esperanzas de que se preservara el orden estadounidense de posguerra, basado en reglas y leyes compartidas, y se ha prefigurado un retorno a la fuerza como principio universal en la definición de las relaciones internacionales. Vistas las nuevas circunstancias, resulta difícil entender por qué los agentes económicos deberían seguir creyendo que el dólar y los bonos del Tesoro estadounidense son más fiables que los activos monetarios y financieros de cualquier otra potencia autoritaria y arbitraria. Si el mundo dejara de creer en el dólar, Estados Unidos correría el riesgo de ver cómo se redimensiona drásticamente su poder internacional, ya que tal vez habría que reconocer que su competitividad y su fuerza económica real, sin el “privilegio exorbitante”, no justifican por sí solas la influencia mundial estadounidense. 

Publicado originalmente en Public Policy.

Traducción del italiano de Zita Arenillas.


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