En general, odio cualquier tipo de fanatismo. Y este es un rasgo de mí que me gusta, que me agrada: estar en contra de todas las devociones ciegas. Supongo que me hace sentir inteligente. Pero hay un cierto tipo de fanatismo que me repugna y envidio a partes iguales, y es aquel que tiene que ver con la fervorosa pasión y la alegría de las fiestas tradicionales, con ese fundirte con la masa que piensa y siente exactamente lo mismo que tú. No lo soporto y, al mismo tiempo, en secreto, siempre he anhelado un poco que me guste.
En este caso, hoy, al ser yo de Pamplona y al encontrarme, también, en Pamplona, me estoy refiriendo, claro, al amor por los sanfermines. En el resto de España, o al menos en mi entorno, se mira a los sanfermines con indiferencia y desdén. A nadie que conozco se le ocurriría ir. Piensan que es horrible y punto, desagradable y punto. Piensan que solo los burros podrían disfrutarlo. Y, sin embargo, aunque en cierto sentido estoy de acuerdo, la verdad es que personas que yo considero sensatas, listas, coherentes, etc., comparten esa dulce alegría cada 6 de julio. Durante años, yo siempre adoptaba una actitud misántropa todos los 6 de julio y me vanagloriaba vistiéndome de negro, como un lobo estepario que está muy contento de serlo. Pero este año, no sé por qué ramalazo de hacer un estudio sociológico o, tal vez, por un simple y repentino extraño deseo de, de pronto, pertenecer, me vine de Madrid hace unos días y decidí ir al txupinazo.
Lo único que podía hacer en la capital era continuar yendo, casi desesperadamente, a las cien mil exposiciones de Photoespaña para poder pasar la tarde bajo los aires acondicionados. Estuve dos horas en la de Robert Frank, otras dos en la de Richard Avedon, otras dos en la de Vivian Sassen y me di por satisfecha. Decidí dejarlo ahí y, como he dicho, venirme a mi entrañable ciudad de provincias.
Unas viejas amigas habían organizado un almuerzo y me invitaron a unirme a ellas. Por la mañana me vestí de blanco, con una extrañeza olvidada, me puse una faja roja, cogí el pañuelo rojo y fui a Osasungune, su peña. Yo había desayunado una tostada de aguacate y un café a las diez y media de la mañana, y a las once y media ya estaba bebiendo cerveza, comiendo un bocata de chistorra y bailando al ritmo de una charanga. A las doce, celebramos a gritos el comienzo de la fiesta y salimos por ahí a ver el ambiente.
Me sentía una especie de infiltrada, con un poco de culpa, como mirándolo todo por encima del hombro, grabándolo en mi cabeza, pero al mismo tiempo no había otro sitio en el que quisiera estar. Había olvidado la sensación de ver a la ciudad entera uniformada, todos saludándose entre todos como si no existieran los conflictos, como si todo fuera fácil y estuviera sostenido en una comunión pacífica. Fuimos de un bar a otro y me encontré con muchísima gente a la que hacía años que no veía. Pensé que estaba teniendo algún tipo de disonancia cognitiva porque veía claramente los rostros de las personas con las que solía estar, pero cada vez veía algo diferente, algo irreconocible, y a media tarde me di cuenta de que simplemente habían envejecido. El cambio no era otro que el del tiempo. Nadie estaba más guapo que en mi recuerdo. Había una desmejora generalizada en la que, muy posiblemente, yo me incluía.
Tuve que contar unas veintitrés veces cómo era mi vida en Madrid, ante caras que me miraban con un estupor ebrio y me sonreían de una manera que, de verdad, creo que era honesta. En diferentes momentos, me encontré con tres pseudonovios que tuve en la adolescencia y los tres, que no se conocían entre sí, me dijeron que trabajan en la fábrica de la Volkswagen. Bebí vermut, kalimotxo, sangría. Comí tortilla de patatas. Tuve que reconocer que me lo estaba pasando bien. Me abracé con gente cuyo nombre no recordaba. Dije “¡qué alegría de verte!” constantemente. Por la noche, sobre las once, en el último minuto del partido del Mundial, en un 0-0 entre Portugal y España, el pamplonica Mikel Merino marcó un gol y la ciudad entera explotó. La verdad, ¿qué posibilidades había?
Seguí bailando, bebiendo, riendo. Con las primeras luces del amanecer, sola de camino a mi casa, me sentí curiosamente feliz y me pregunté: “¿está esta felicidad sostenida en la desaparición del yo o en la potenciación de un yo al que hacía tiempo, más de una década, que no prestaba atención?” Tal vez, simplemente, pienso ahora, estaba borracha.