La musa inclemente

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La obra de un poeta contemporáneo nuestro la vamos conociendo en forma episódica, con interrupciones y olvidos, rescatando, a menudo, largos trechos que se nos habían quedado sin explorar. Jamás podemos tener una visión panorámica y contemplarla como totalidad. Es por eso que la lectura del libro La musa inclemente (Tusquets, 2001), de Juan Gustavo Cobo Borda, constituye una aventura excepcional, una experiencia casi sin precedente de la que podemos sacar conclusiones y rescatar hallazgos que bien valen una meditación, así sea tan breve e incompleta como esta que me propongo comunicar a los lectores de la que considero una obra prima de la lírica en nuestra lengua.

La lectura de esta obra nos revela, a través de poemas siempre logrados dentro de un rigor y un trabajo de lenguaje de sorprendente riqueza y originalidad, el desarrollo de una serie de obsesiones y rasgos de carácter, de visiones y confesiones de ese turbio e incierto proceso que es llegar a ser hombre y conquistar una personal e intransferible noción de sí mismo, del mundo y de la gente que nos acompaña en algunos trechos del camino. Cada poema admite en este caso singular dos maneras de ser leído: una, por su propia y particular virtud visionaria y, otra, como parte de un destino en curso, de una vida en marcha marcada por ciertos signos y huellas y que nos es revelada por la magia de la poesía, por su virtud ceremonial y mítica que la acerca a la oración en voz alta, al apenas velado enfrentamiento con los dioses y los tenebrosos dominios desde donde disponen nuestra existencia.

La primera constancia que se hace patente en la lectura de estos poemas es la presencia de la mujer, del cuerpo de la mujer como obsesivo fruto que se nos escapa en el instante mismo en que creemos poseerlo y descifrarlo. Las formas de Afrodita naciendo de las aguas llegan a ocupar un lugar de inquieta desmesura. Pero hay algo más en esta presencia febril e inasible: su misterio no se limita a la maravilla de la carne, siempre a nuestro alcance y siempre inaccesible; ésta sólo constituye la vestidura de un enigma más desoladoramente impenetrable y sin solución: el alma femenina en cuyos abismos y laberintos el hombre suele perderse y perder la suya propia. Por eso la lectura del Fausto es un ejercicio altamente recomendable.

Otra de las presencias que no nos abandona en la poesía de Cobo Borda, y que está en cierta proporción relacionada con la anterior, es la persistente evidencia del estéril esfuerzo por comunicarnos con los demás. Como planetas cumpliendo la rotación desolada de una órbita inmutable, jamás acabamos de compartir en verdad un solo instante de la vida de nuestros semejantes. Esta vieja verdad que ocupaba ya a los griegos y romanos, sobre todo a los cínicos y a los estoicos, vuelve siempre en todas las literaturas de Occidente. Escuchemos a Quevedo: "¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?" Pero no hay dolor alguno en esta constatación. Cobo Borda se cura en salud a través de la que constituye la tercera constante de su obra: una contenida pero honda ironía que da a sus poemas un sabor inconfundible, un peculiar encanto que nos remite a ciertos grandes nombres de la poesía inglesa contemporánea —un Larkin, por ejemplo—. Aunque, como es obvio, no existe otro parentesco si no es esta ligera dosis de resignada amargura, de casi gozosa indulgencia, de ternura que se resuelve en la perdurable sonrisa de Diógenes.

Habría mucho más que añadir sobre esta obra singular. Dejo al lector dispuesto a disfrutar este largo, sostenido y hermoso poema de amor y desesperanza, escrito por alguien que cuenta ya entre los elegidos de quienes alguna vez habló Juan Ramón Jiménez, que de esto sabía lo suyo.

(Presentación de La Musa Inclemente.)

 

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