Alfredo Kraus (1927-1999)

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Con no poca frecuencia el obituario se transforma en un género que rebasa el ámbito de la biografía y el recuento de una obra, para colindar —a veces peligrosamente— con el del ensayo. No es extraño que la muerte de alguien sea muchas veces más reveladora que su vida misma, que su desaparición física dé mayor relieve a lo que su presencia y su trayectoria fueron.
     Ese es hoy el caso del tenor español Alfredo Kraus. Nacido en las Islas Canarias en ya un lejano 1927 y apenas fallecido el pasado 10 de septiembre en Madrid, Kraus no es (resisto la tentación finisecular) ningún "último". Limitar su carrera y su herencia a este manoseado adjetivo que ofrece siempre salidas fáciles y que, con el fin de particularizar, termina generalizando groseramente, sería poco homenaje para una auténtica gloria del canto operístico. Mucho más certero y cabal puede ser este mínimo homenaje póstumo si, por el contrario, nos acercamos a él desde el terreno del epónimo. Apenas a unos días de la muerte del tenor, la noción de "krausiano" ya se hace sentir y se arraiga.
     ¿Qué querrá decir para futuras generaciones de cantantes y aficionados operísticos esto de krausiano? Los primeros elementos de la definición echan mano de palabras como: técnica implacable e infalible, sensatez extrema, respeto incorruptible, longevidad vocal fáustica, tino estilístico definitivo, autolimitación del repertorio ejemplar. Luego habrá que sazonar la acepción con términos más genéricos: coherencia empecinada, rechazo asqueado a lo masivo y a lo populachero, divismo olímpico y sereno, celo artístico a flor de piel, ascetismo vocal y profesional franciscano. Finalmente, ya que se alude a un individuo real, será necesario matizar el panegírico incorporando calificativos más ponderados: timbre discreto, facultades modestas, poca libertad en la emisión vocal, debilidad obsesa por sus alumnos y alumnas.
     Lo krausiano es, pues, todo esto y algo que, como siempre en los epónimos, no puede definirse con facilidad. Alfredo Kraus es sobre todo una suerte de trayectoria vocal y artística ascendente que deviene (valga el pleonasmo) asíntota infinita. Insuperable exponente del bel canto, entendido éste como la auténtica capacidad de "pintar" melodías a través del fraseo, el matiz y la dinámica, y no como un instrumentalismo circense y fútil; Werther definitivo, y catedrático del repertorio español, Kraus rechazó de tajo la comercialización tenoril hoy en boga y se convirtió en furioso denostador de todo lo que consideró atentaba contra sus principios de dignidad y ética artística.
     Muerto Alfredo Kraus, la ópera se ve desprovista de esa suerte de conciencia amonestadora —por ejemplar e intachable— que su carrera y su figura proyectaron. Con él se van su línea de canto y la certeza de que el estilo es algo más que un frío libro de consulta. Se van la cordura y la intransigencia, el empecinamiento y la nobleza, la caballerosidad y el pasado. –