Casa de la presencia: Octavio Paz y el arte

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En esto ver aquello congrega más de doscientas obras de diverso formato, tendencia, origen, estilo y época. Se articula en tres polos: arte moderno, arte mexicano prehispánico y colonial, arte oriental. La muestra que ahora se exhibe en el museo del Palacio de Bellas Artes se inspira y amplía la exposición Los privilegios de la vista, que fuera inaugurada el 28 de marzo de 1990, en vida del poeta, en el Centro Cultural Arte Contemporáneo.

El arte era y es importante en la concepción que Paz tenía tanto de su propia obra como de la cultura. En la primera, los vasos comunicantes entre arte y poesía quedan manifiestos por el hecho de que, además de lo escrito en prosa sobre arte, la obra poética misma despliega su manto de palabras envolviendo a las obras y a los artistas, como, por ejemplo, los poemas dedicados a Miró y a Rauschenberg en Árbol adentro.

Para el autor de Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp, el arte no era un accidente, algo externo a su propia creación ni a la escritura de su discurso poético y político, crítico. El arte era algo esencial. Esa condición es la que hace de esta exposición el eje alrededor del cual gravitan las conmemoraciones del centenario del poeta. “Los privilegios de la vista”, cabe recordarlo, era el título de la sección dedicada al arte en uno de los primeros libros de madurez de Octavio Paz: Puertas al campo (1966); la frase proviene de un verso de Luis de Góngora: “ejecutoriando en la revista / todos los privilegios de la vista” (“Al favor que San Ildefonso recibió de Nuestra Señora”, 1616). Si el hombre, como se dice en la advertencia de ese libro, es el olmo que da peras, estos frutos son el poema y la obra de arte. El hombre: animal que produce poemas; animal que produce obras de arte. Discípulo y lector de Charles Baudelaire, Paz lo fue también de otros escritores y pensadores sensibles al misterio de lo real encubierto en la expresión artística: Martin Heidegger, André Breton, André Malraux, Marcel Duchamp, Fernando de Szyszlo, Élie Faure, Bernard Berenson, Dore Ashton, José Juan Tablada, Luis Cardoza y Aragón, Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Juan García Ponce, Marta Traba, Salvador Elizondo, Damián Bayón, Saúl Yurkievich, Julio Cortázar, etcétera.

¡Cuidado! No hay que tropezarse; no hay que reducir esta exposición a una traducción o trasposición del discurso de Octavio Paz sobre el arte; desde luego, ese discurso aflora en el intersticio entre una obra y otra, como un umbral que enmarcara con su irradiación verbal la masa crítica y poética que encierra esta prodigiosa suma.

La exposición puede ser recorrida de muchas formas y según el ánimo y la disposición de cada cual. Hay que poner el cuerpo y echar pierna, estar dispuesto a subir escaleras y recorrer los tres pisos del Palacio de Bellas Artes con sus pasillos, pasadizos, salones, salas, salitas, rincones, pabellones, donde no solo hay cuadros, sino maquetas, esculturas, libros, proyecciones, sorpresas y más sorpresas.

En esto ver aquello se puede y debe, en primer lugar, recorrer como quien toma una lección sobre el arte moderno a partir de las manifestaciones de sus actores, agentes, efectos, causas, orientaciones y circunstancias. Cabe también leerla siguiendo las huellas y correspondencias entre las obras expuestas y la escritura y los silencios del propio Paz. No puede desde luego descartarse la visita abierta y cándida del que va al Palacio de Bellas Artes como quien asiste a un ritual donde el espacio se le transformará en “casa de la presencia” y donde lo sorprenderán las fuerzas de lo increado cautivas en la creación. Tampoco se puede desautorizar la actitud de quienes van al museo a hacer un juramento amoroso ante, digamos, un cuadro de Robert Rauschenberg, Joan Miró, Rufino Tamayo, Frida Kahlo, Remedios Varo, Max Ernst, Vicente Rojo, Juan Soriano, Balthus, Leonora Carrington, Manuel Felguérez, Juan Gris, Georges Braque, Pablo Picasso, Diego Rivera, Wassily Kandinski, Jasper Johns, Edvard Munch, Saturnino Herrán, Hermenegildo Bustos, José Guadalupe Posada, Edward Hopper, Giorgio de Chirico, Pierre Alechinsky o de la propia Marie-José Paz, o ante una escultura de Henry Moore o de Eduardo Chillida, Marcel Duchamp, Brian Nissen. Estamos entre amigos y presencias amistosas: bienvenidos a la “Casa de la presencia”.

Ningún paseo será inocente. Cada paso está vigilado por la mirada de la analogía que sabe en esto ver aquello y seguir la música disruptiva del pensamiento en acción y obra, trazo, forma y color. Desde luego, la exposición se puede visitar como quien sigue un curso sobre la educación estética del hombre en el mundo contemporáneo y se expone a la irradiación de las energías solventes y disolventes, pedagógicas y anagógicas, que encierra este espacio imantado por la mirada tutelar de alguien que hizo del mirar una vía de acceso a realidades y esferas superiores, distintas. De ahí que el que visite esta exposición con los sentidos abiertos corra el riesgo de sentirse transportado a otras esferas y concordias. La exposición se va elevando como una sinfonía de obra en obra, poderoso faro a la orilla del mar de la historia del arte y de la cultura. Un faro, desde luego, que acaso permita al espectador salvarse del naufragio o al menos tomar el buen rumbo hacia el horizonte o la tierra firme. Más que un libro, la exposición se abre como una mina al aire libre, como una biblioteca y –como sugiere su título–se da como una catapulta analógica capaz de transportar a otros espacios. Se antoja pensar en términos editoriales que la exposición se desdobla en uno o varios volúmenes en donde se alojaran no solo los textos luminosos escritos por Octavio Paz sino las biografías de los artistas y la esquina real o imaginaria donde –ambos: poeta y artista– se encontraron. La fantasía del paseante improvisa la memoria improbable de las cartas cruzadas entre algunos de los artistas y el poeta, por ejemplo, las de Rufino Tamayo o Vicente Rojo a Octavio Paz… Está en juego y se juega en nosotros, aquí, “una nueva universalidad plástica”, fundada en el reconocimiento de la libertad. El secreto, uno de los secretos o claves de la escritura de Octavio Paz, es su memoria visual, su experiencia y su saber intuitivo que le permite saber que Rufino Tamayo desciende de Georges Braque y que, en última instancia como dice André Malraux, “el arte es el único absoluto”.

A la sombra de esa verdad, que se abre paso en la experiencia crítica de Paz como una ola, se inscribe esta vertiginosa lección. No se ha dicho lo suficiente que cuando Octavio Paz llega a París en 1946 tendrá una revelación: el encuentro con Rufino Tamayo y su pintura. Como aquel que cierra los ojos para ver el mundo exterior, Octavio Paz descubre en París otro México a través de la pintura de Tamayo que también le abrirá las puertas del arte moderno y contemporáneo.

Lo absoluto es lo perdurable: Paz vuelve los ojos al examen del arte con una exigencia de contemporaneidad, de presencia e inmediatez y con un lenguaje preciso y a la vez plástico. Se asoma al pasado prehispánico y colonial desde la misma altura inteligente con que sorprende al arte moderno y contemporáneo. Encuentra que uno y otro están ordenados por un movimiento y una visión rítmica: son calendarios danzantes. Esos encuentros son los que se traducen en esta “casa de la presencia” que es En esto ver aquello. ~