Ilustración: Alejandro Magallanes

Cena en casa de don Otavio

Una de las virtudes más admirables de A visit to don Otavio es la capacidad que demuestra Sybille Bedford para dibujar personajes complejos en escenas, solo en apariencia, cotidianas. En primer lugar es imposible no sentir empatía por la propia Sybille y su acompañante E., quienes sufren todo tipo de peripecias a lo largo de su viaje, pero no menos entrañable resulta la galería de hombres y mujeres que aparecen durante la travesía: el generoso don Otavio y sus excéntricos amigos, la criticona señora Rawlston y el obstinado señor Middleton; Anthony, el primo de E. que llega de Baltimore para unirse a las vacaciones, o el peón Jesús. En el fragmento que presentamos, una vez que han aceptado la invitación de pasar unos días con su nuevo amigo, los tres viajeros tienen la oportunidad de conocer a doña Anna, una distinguida mujer que, literalmente, lleva la música adonde quiera que va.
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Au pays parfumé que le soleil caresse,

J’ai connu, sous un dais d’arbres tout empourprés

Et de palmiers d’où pleut sur les yeux la paresse,

Une dame créole aux charmes ignorés.

En San Pedro, nos encontramos con una banda en el jardín que tocaba bien y bonito.

–Es la banda de doña Anna –dijo Andreas–. Doña Anna vino a visitar al patrón.

–¿La banda la dirige una mujer?

–No, señora. Doña Anna es una mujer que vive del otro lado del lago. Una mujer muy, muy rica, que tiene música sonando todo el día. Es una banda de Ajijic, la mejor banda de Jalisco. Ahora es la banda de doña Anna. Los mariachis llegan a su casa cada mañana. Incluso en días de fiesta.

–¿Y la siguen a todas partes?

–Sí. Adonde va doña Anna, van los mariachis.

–¿Me conseguiste algún puro? –preguntó Anthony.

–No.

–¿Lograste ver tu pueblo indio?

–No.

–Si no tenemos cuidado, vamos a terminar viéndolo bastante –dije yo.

no mostraste mucho carácter –dijo E.

–No –dije yo.

–Otavio ha estado cacareando como una gallina vieja –dijo Anthony–. Que por qué no le dijiste que ibas a Jocotepec. Parece que hay un personaje, el señor Middleton o Middleman o algo así, a quien debes visitar y ver en el jardín.

–Ya vimos el jardín.

–¿Ah, ya? Muy bien. Pobre Otavio, estaba tan molesto, dijo que el señor Middleman o Middleton iba a ofenderse.

–Y mañana lo vas a ver tú también, querido. Vamos a ir a comer ahí mañana.

–¿Andar corriendo de aquí para allá a mediodía? No es para mí.

–Anthony, un tipo sin carácter –dijo E.

–Y lo que es más, vas a vivir en Jocotepec, en una cabaña con patio trasero, criada y un único sirviente al que tienes que vigilar, y el agua para bañarte te la van a llevar en burro. No, no en burro, en niño. Por lo menos eso es lo que estás pagando.

–Estás bromeando –dijo Anthony.

–No es una amenaza sin fundamento –dije.

–Es una nube tan grande como la mano del señor Middleton –dijo E.

–Ese no es su asunto –dijo Anthony.

–Soy estadounidense –dijo E. en tono incierto, como si ella estuviese practicando para un examen–. Soy estadounidense. Nadie me va a mangonear.

Abajo, la banda seguía interpretando a todo volumen “Las mañanitas”.

–Anthony, ¿qué es ese escándalo?

–No sé. Llegaron en muchas barcas con una viuda hace casi una hora. Es una belleza. Y esperen a ver sus perlas. Son grises. Nunca había visto perlas grises. La cena se atrasó una hora y va a haber lechón.

En ese momento apareció don Otavio para decir algo.

–Espero que doña Anna les agrade. Es una gran amiga. Ha tenido una vida triste la pobre mujer. Uno debe ser cariñoso con ella. Estuvo casada à l’espagnole, siempre encerrada. Su esposo no la dejaba ir a ningún lado. No es algo común. Él murió hace dos años y ahora que terminó el duelo hace lo que quiere. Está tratando de divertirse un poco, es natural. Por eso tiene a los mariachis al lado el día entero. Necesita alegría después de todos esos años tristes, y además es una persona muy musical. A la gente en Guadalajara no le gusta. Es verdad que doña Anna es una mujer original. Fue una gran belleza. Ahora, claro, envejeció.

–Y ahora cuéntenoslo todo acerca del autócrata en el jardín. ¿Siempre ha vivido en Jocotepec?

–El señor Middleton vino aquí a retirarse. Fue ingeniero. Creo que pasó toda su vida en África. Él construyó todo el jardín. Es un jardín maravilloso, ¿no es así?

–Es un jardín maravilloso.

–Él planta todo en primavera, la temporada seca y cálida en la que todo muere. El señor Middleton dice que eso es más bien producto de la pereza. Amablemente me deja llevarme algunos de sus cortes, pero Jesús dice que son cosas que no crecen aquí. Al señor Middleton no le gusta eso. Dice que las flores de Jesús son demasiado grandes.

–¿A usted le agrada el señor Middleton, don Otavio?

–El señor Middleton es un caballero inglés muy distinguido. Y muy inteligente.

–Nos invitó a comer con él mañana.

–Veré que la barca esté lista. Al señor Middleton no le gusta esperar.

–Habló de la una y cuarto, pero no creo que lo haya dicho en serio. ¿A qué hora comen?

–A la una y cuarto. Y la cena al cuarto para las ocho. El señor Middleton se rige con su propio horario.

–Debe ser difícil hacerlo aquí.

–Es inconveniente. El carnicero no mata antes del mediodía, y el pescado llega hasta las tres. Los sirvientes no están contentos con eso.

–¿Y qué pasa cuando lo invitan a comer a otro lado?

–Al señor Middleton no le gusta comer en casa de otras personas, y la señora Middleton no sale. Le tiene miedo a los indios la pobre mujer. Vive una vida triste. Si arreglaran el camino por lo menos podría salir a dar un paseo. No puedo dejar sola a doña Anna, ¿con su permiso?

Cuando bajamos, nos encontramos con que la cena estaba servida en la terraza del salón principal donde estaban los mariachis, sentados en la balaustrada. Las trompetas atronaban. Las clases altas mexicanas, como las de la Rusia zarista, no tienen una habitación designada especialmente para comer. La mesa y los accesorios son llevados de un lugar a otro y la comida se sirve où le cœur vous en dise según la temporada, el menú, la compañía y el humor: hoy comeremos en el salón del este, Buttermere, porque la madreselva florea junto a la ventana. Es una disposición cómoda y, siempre que uno tenga suficiente espacio y gente a su servicio, le da mucha amplitud a la comida y la bebida –omelette, jamón y melón en la sombra del mediodía; fresas en el jardín; cocido de res en la cocina; madrileña y salmón en la terraza nocturna, lomo de cordero y nueces en el comedor; chambarete bajo las estrellas, oporto en el salón norte, burdeos en la biblioteca y copas magnum heladas junto a la chimenea…

Encontramos a doña Anna, una mujer próxima a los cincuenta años, emperifollada. Llevaba puesta una piyama de crepé de China con un corte que usaban en el sur, hace algunas décadas, las primeras mujeres en llevar pantalones. A su lado se sentaba un joven malhumorado; apuesto también, pero tosco y tan poco civil como lo permitían las costumbres de su clase y su país. Doña Anna nos recibió con el tipo de entusiasmo que produce el primer vaso de vodka derecho, y que más tarde, si se mantiene así, palidece, se estanca y se vuelve opresivo. Su voz era encantadora, su español tan veloz como las palabras mágicas de un hechizo. Fluían las anécdotas y los comentarios, como, ay, también fluía el dulce Sauternes, siempre una debilidad en la mesa de don Otavio. El lago, la gente en el lago. La bruja mayor de Sahuayo y su dominio gradual sobre la casa de doña Anna. Doña Anna desenmascaró a la bruja. Los asesinatos del domingo en San Juan Cosalá, los nuevos fondos para reparar el camino, la temporada de toros del pasado invierno –ninguno de los nuevos matadores les llegan a los talones a los grandes. ¿Se acuerdan de Lalanda? ¿Se acuerdan de Carnicerito? Los viejos tiempos–. La luna de miel de doña Anna en Granada, nunca vio algo así. La Corte de Madrid, muy aburrida. La reina, pobre mujer… La mamá de Otavio, cómo te consintió, ¡niño! Los bailes en México, seguro, pero antes de casarme… Doña Anna no cuidaba sus palabras. Era ingeniosa de forma resuelta, al mismo tiempo bien intencionada y con un toque de brutalidad mundana. Comía con buen apetito.

Domingo y Andreas y el Juan de don Otavio correteaban alrededor de la mesa, silbando de emoción y tensión. Les desconcertaba la sucesión tan larga de platos. Cuando quitaron el lechón, llegaron corriendo con el pescado. “¡Niños!”, dijo don Otavio, ansioso: “Por caridad.” Doña Anna les sonrió y se sirvió un pedazo. Tenía modales muy cuidados y sin el toque de refinamiento provinciano de don Otavio. La historia de su vida recluida apenas parecía creíble; de los dos, ella parecía ser la mujer de mundo y don Otavio el recluso provinciano. El joven se sentaba a su lado como un bulto, bostezando y haciéndole muecas al plato.

–Tuvo un día muy cansado, el pobre –dijo doña Anna–, salió con la lancha desde el desayuno.

La banda había estado cantándonos en los oídos desde la sopa. La música folclórica mexicana tiene que soportarse para creerse. Parece querer ser al mismo tiempo viril y melancólica, y consigue sonar militar y anhelante. Los tambores tiemblan, los metales resuenan, las cuerdas vibran y el ritmo es mecánico y avasallador, y siempre se toca muy fuerte.

–Doña Anna, ¿por qué tiene a los mariachis tocando todo el día? –preguntó E.

–Llegan por lo regular a mi casa a las nueve. Claro que no empiezan hasta que despierto.

Para la séptima vez que tocaron una canción llamada, creo, “Siempre Jalisco”, los músicos, de oídos más sensibles que los nuestros, parecían estar cansándose.

–Súbanle, niños –dijo doña Anna.

Le hicieron caso. Después de un rato volvió a bajar el volumen de manera apenas perceptible. Doña Anna saltó de su silla, le arrebató la trompeta a un indio y le dio una cachetada.

–Si no puedes tocar, vete a tu casa a sembrar –le dijo, y regresó a su asiento. La música y la conversación continuó.

En ese momento llamaron a los sirvientes y estos realizaron algunos bailes. Los más celebrados fueron los que consistían en tirar un sombrero al piso y bailar alrededor de él con mucho cuidado. Los hombres se veían muy elegantes y serios al hacerlo; las mujeres permanecían a un lado mirando. Luego la banda tocó piezas que se asemejaban más o menos a la naturaleza del tango y del vals, y bailamos todos. Anthony con doña Anna. El joven que la acompañaba se quedó sentado y los observaba con resentimiento.

–Anthony debería cuidarse si no quiere terminar con un cuchillo en la espalda –le dije a don Otavio.

–Oh, no, no. No tiene nada de qué temer de don Fernando, pobre muchacho. Naturalmente que no le gusta verla bailar. Los jóvenes son tan estrictos. No aprueba que salga tanto. Claro que doña Anna insiste en que él la acompañe.

–Pudo haber elegido a un chaperón más amable.

–Sus hermanos están muertos. Doña Anna es una mujer poco convencional; a Fernando le molesta que use pantalones.

–No debería importarle.

–Uno puede entenderlo. Don Fernando ha sido un buen hijo.

–Doña Anna es su madre –dije cuidadosamente.

–Claro. Bueno, sí, don Fernando pudo haber sido un sobrino.

En el siguiente vals le dije a Anthony:

–Estuve caminando sobre hielo muy delgado.

–Pensé que lo estabas. E. también.

–Tenemos mentes tan convencionales. El mal se cuela en ellas.

–Yo ya aprendí.

–Estoy empezando a valorar el entrenamiento que recibiste en Guadalajara.

A medianoche doña Anna se despidió. Luego se alejó, en cortège, hacia el muelle. Primero iban dos indios con linternas, luego seis hombres cargando los remos, luego doña Anna del brazo de su hijo con don Otavio a su lado, y luego más jóvenes con linternas; detrás de ellos un grupo de empleados con batas y cojines, y al final la banda que tocaba a todo volumen. Bajaron por el camino rodeado por limoneros, hacia el jardín, y hacia la noche. Poco a poco desaparecieron: las luces y la música y el blanco del crepé de China de doña Anna. Toda la tarde estuvimos riendo, con ellos y por nuestra cuenta, y ahora el ambiente estaba triste.

–Ahí va –dijo E.–, la última reliquia del feudalismo mexicano. ~

 

 

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Traducción del inglés de Pablo Duarte.

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