EDITORIAL

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La guerra en Iraq, tal cual ha sido decidida por los Estados Unidos, el Reino Unido y España, abre un periodo de incertidumbre y peligro para el mundo. Es verdad que Saddam Hussein incumplió repetidamente con las resoluciones del Consejo de Seguridad que lo conminaban a desarmarse, pero la guerra, tal y como ha sido planteada, es insensata. Letras Libres, fiel a la tradición liberal en la que se reconoce, habría preferido que se agotaran todas las vías diplomáticas para lograr ese desarme, y que sólo en última instancia se acudiese a la fuerza. Al actuar fuera del consenso de las naciones, el gobierno de Estados Unidos y sus aliados ponen en grave riesgo las instituciones multilaterales y legitiman el uso discrecional de la fuerza, lo que abre un camino inaceptable para la resolución de los conflictos. Una causa justa y necesaria —el desarme de Iraq— queda mellada por la injustificada precipitación en el uso de medios bélicos.
     
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Letras Libres considera oportuna la declaración del gobierno mexicano, en que ratifica su desacuerdo ante la guerra que amenaza con estallar en las próximas horas. En estas circunstancias, cabe esperar del gobierno mexicano algo más: un esfuerzo diplomático que combine la imaginación, la prudencia y el vigor, con el fin de garantizar que las diferencias de hoy entre México y Estados Unidos no resulten dañinas para los millones de mexicanos que viven en ese país, ni retarden el cumplimiento de la agenda bilateral entre ambas naciones.
     
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Si se debe convencer al gobierno y a la sociedad de Estados Unidos, en el sentido de que el desacuerdo de México no es hostilidad, también es ardua la labor por desarrollar a cargo del Estado y los medios de comunicación ante los mexicanos, para que no se pierda de vista que el futuro de nuestro país está ligado, por razones de todo orden, al de Estados Unidos. Pese a estar sustentado en razones históricas, el antiyanquismo de vastos sectores de la sociedad mexicana es, a menudo, un reflejo de nuestras fobias más autoritarias y antidemocráticas. Es indignante que a buena parte de los intelectuales, ayer estalinistas, hoy pacifistas, que se oponen a la guerra de Iraq, les sean indiferentes los crímenes del régimen de Hussein contra su propio pueblo, ampliamente documentados desde hace décadas y que no admiten ninguna justificación. El pacifismo a ultranza, como la voracidad belicista, nos parecen igualmente inaceptables.

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Ser liberal, precisamente, es buscar ese difícil punto de equilibrio entre los ideales y la realidad. En ese sentido, Letras Libres llama a un debate profundo, que vaya más allá de la trágica actualidad noticiosa, sobre el futuro del liberalismo en nuestra época. Así como en el pasado combatimos el totalitarismo soviético y en fechas recientes hemos condenado el terrorismo islámico, en estas circunstancias no deja de alarmarnos el creciente fervor fundamentalista que orienta al gobierno republicano de Estados Unidos. Una agenda liberal para nuestros días no puede pasar por alto la inquietante restricción de las libertades públicas en Estados Unidos. El presente y el futuro de esa democracia también es un asunto de alta prioridad para México. ~