Fábula del dictador y el bohemio

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1999 vuelve a confrontar, a reunir a Carlos Chávez (junio, 1899-agosto, 1978) y Silvestre Revueltas (diciembre, 1899-octubre, 1940), los dos compositores que al terminar el siglo XX dominan el panorama musical de México.
Buena oportunidad no sólo para la revisión y exploración indispensables de dos catálogos sustanciosos y consistentes pero muy distintos, contrastantes, disímbolos incluso, sino también para evaluar con mejor perspectiva temporal y más objetividad a estas dos grandes figuras de la música latinoamericana, tanto como para esclarecer su profunda y conflictiva relación personal, no pocas veces afectada y enturbiada por las habladurías de terceros (o cuartos…). Creo que el alcance de este esclarecimiento rebasará el puro anecdotario para cuestionar radicalmente bifurcaciones burdas, esquematismos estéticos y políticos tan manidos y dañinos como éstos: Revueltas, el bohemio inculto y genial; Chávez, el dictador de la cultura oficial; Revueltas, el héroe de la izquierda; Chávez, el villano de la derecha; Revueltas, el músico que escribe para el pueblo y expresa su dolor; Chávez, el árido y cerebral compositor elitista que triunfa en los Estados Unidos y se desentiende del pueblo mexicano; Chávez, explotador de la música tradicional mexicana de manera "estudiada o preconcebida", como simple "recurso estético", y Revueltas, "el hombre intuitivo, salvaje", intérprete de un "sentimiento a través del cual trató de 'proletizar' su música" (los entrecomillados anteriores son afirmaciones de Peter Garland, Silvestre Revueltas, Alianza Editorial, México, 1994). Y esto escribe el musicólogo uruguayo Coriún Aharonián en su artículo "Un ejemplo de coherencia y rectitud: una mirada a Nancarrow desde el lejano Sur":
     Cuando [Nancarrow] había decidido mudarse a México, sabía que había allí un extraordinario compositor que proclamaba su solidaridad con la República Española: Silvestre Revueltas, fuertemente comprometido en materia política, con un perfil marxista-leninista. También esta esperanza de un feliz encuentro terminó en 1940, a la llegada de Nancarrow a México, porque Revueltas murió ese mismo año. Y la vida musical mexicana quedó totalmente en manos de un hombre de poder, Carlos Chávez, reaccionario como compositor y como persona, y humanamente lo contrario de lo que Nancarrow trataba de hallar ahí. […] No había espacio para él [Nancarrow] en el reinado de Chávez. Quiero subrayar este punto, puesto que para un extranjero se hace casi imposible entender el poder faraónico que detentó Chávez en México durante décadas, hasta comienzos de los setenta. Estaba en contra de Revueltas —y nunca logró comprender la estatura colosal de Revueltas— y se convirtió, conscientemente o no, en un negador de la mera existencia de Nancarrow.
     Ante tanta confusión, sugiero la mesura griega de ir por partes y hacia los orígenes.
     Tanto Chávez como Revueltas fueron músicos precoces y tuvieron el privilegio de una formación superior. Séptimo hijo de una familia criolla ilustre (que asciende a José María Chávez, gobernador de Aguascalientes fusilado durante la resistencia contra la intervención francesa), Carlos estudió piano desde muy niño con su hermano Manuel y poco después, profesionalmente, con Pedro Luis Ogazón y con Manuel M. Ponce. Según Roberto García Morillo (Carlos Chávez, vida y obra, fce, 1960, p. 11), la instrucción que recibió Chávez de Ponce fue sólo pianística y, en sentido estético, la atracción del discípulo por la música indígena —originada en sus frecuentes andanzas por Tlaxcala y alrededores— no iba de acuerdo con el manifiesto interés del maestro por la música criolla y mestiza. Mayor de una familia humilde de doce hijos, Silvestre nació en Papasquiaro, Durango, entre dos siglos, y en la primera tina —de zinc— daba tamborazos —"esas redondas tinas de baño que siempre me gustaron más para tamboras que para baño", decía—, en una flauta de carrizo recreaba las melodías de las bandas de pueblo y nunca le faltó la fe de una madre con sensibilidad artística ni el apoyo de un padre comerciante de amplio criterio que en cuanto pudo (en 1917) le compró un violín y lo mandó a estudiar música a Austin, Texas, y después a Chicago. El arquitecto melómano Ricardo Ortega, marido de la cantante Lupe Medina, presentó en 1924 a Revueltas y a Chávez, quien, en valiosísimo testimonio confiado a José Antonio Alcaraz en Nueva York, exactamente dos meses antes de su muerte, evoca así a Silvestre:
      

Era un muchacho de una enorme simpatía. Inmediatamente se inició una relación de afecto y comunicación. Por esas épocas él sólo estaba por unos cuantos días en México. Tocaba en un cine en Chicago y traía su violín. Era un gran violinista. Recuerdo en especial su interpretación, en esa época, de sonatas de Haendel y de Beethoven. Varias veces tocamos juntos mi Sonatina para violín y piano.
 
     Estamos en 1924. Mientras Chávez es ya un volcán de ideas musicales y políticas, de proyectos culturales, de crítica al raquitismo musical mexicano, Revueltas es un volcán de simpatía, de alcoholismo juvenil en los clandestinos Speakeasy's, de un virtuosismo en el violín, una maestría interpretativa, una expresividad artística y una memoria musical cuyo asombro sin límites está plasmado en tres cartas de su maestro y acompañante al piano, el hermano Louis Gazagne, a Rosaura Revueltas —hermana del compositor, a quien el padre confunde cómica e incestuosamente en la primera carta con la viuda. El intercambio epistolar entre Chávez y Revueltas por esas fechas (1924-1928) es tan escaso  como significativo. Ya desde entonces, Silvestre escribe con el desparpajo y la gracia que forjarían a un escritor muy disfrutable y agudo de diarios, cartas y reflexiones; Carlos escribe con el rigor y la claridad, el orden y el seguimiento pragmático de los asuntos que caracterizaron siempre su personalidad. Aunque coinciden en la exploración detallada de Debussy, Stravinski, Gershwin, Hindemith, Milhaud, Varèse —con quien tienen contacto personal—, es Chávez el "adelantado", como se observa por los consejos que da a su colega:
      
FONT FACE="Georgia, Palatino, Times" SIZE=2>¿Por qué estás tan wagneriano en la Elegía? Al Batik cámbiale el nombre, por favor. Es una cosa tan bien con un nombre tan mal. Me encanta la firmeza de los ritmos y la solidez de la construcción; tal vez es demasiado "sacudido" por la falta de ligaduras en los viento madera. Es más musical que todo lo que conozco tuyo. […] Lo que más me gusta de todo es ver la sinceridad y la despreocupación con que está escrito y que las cualidades que hay provienen directamente de tus cualidades personales (2/III/27).
      
     Veamos el contraste de tono con una carta anterior de Silvestre a Carlos escrita desde el crudo invierno de Chicago:
      
Blanco y gris, y más blanco y más gris. Cubre todas las cosas una tristeza más desesperada que la de [Francisco] Agea, y a mí todavía no se me quita un humor más negro que los ojos de la señorita Valdés Fraga. […] Para colmo de desdichas, a mi buena señora se le ocurrió tener dos boletos para la ópera. Ella había escogido a su hermana como víctima, pero como caí tan a tiempo yo fui el designado. Traviata o Lakmé, creo que oí decir. God help me. Ah qué cervezota me echaría ahorita, viejo, pero ni modo, aquí no hay más que esta maldita nieve que es un asco (23/XII/24).
      
     En repetidas ocasiones hablan los dos jóvenes e impetuosos músicos de trabajar juntos en una orquesta y la añoranza del país natal y los amigos, del buen clima y las cervezotas no le durarían muchos años a Revueltas, gracias precisamente a Chávez, quien en carta del 18 de diciembre de 1928 lo rescata de otro crudo invierno estadounidense, en San Antonio, Texas, instándolo a "levantar el petatito" y ofreciéndole la subdirección de la Orquesta Sinfónica de México —de la que ya era titular Chávez—, una cátedra de violín en el Conservatorio Nacional —que ya dirigía Chávez— y la batuta de la orquesta de alumnos. En Nochebuena, Silvestre, congelado, le pone este telegrama: "Cartas recibidas. Saldré lo más pronto posible. Gracias. Feliz año", enrolla el petatito y, felizmente, vuelve a México.
     En su país, Revueltas actúa en varias ocasiones como director y como solista de la Orquesta Sinfónica de México, da clases nada ortodoxas ("'Muchachos, ¿qué prefieren: clase o tarros?' Naturalmente que los alumnos votaban por lo segundo y se iban todos a la cervecería más próxima a charlar de todo… hasta de música", cuenta Eduardo Hernández Moncada) y, sobre todo, entra en un remolino composicional que va de 1929 a su muerte, en 1940. Varias de esas obras, por cierto, fueron encargadas y estrenadas por… ¿por quién será?, sí, por Chávez. Un intento de reseñar su despliegue dinámico como funcionario cultural acapararía esta entrega; baste con informarles a los nobles y turísticos delatores del "poder faraónico" de Chávez que no por azar este zar —designado oficialmente en sus puestos tanto por Portes Gil o Lázaro Cárdenas como por Miguel Alemán o, en la última época, por Echeverría— fue el primer director del Instituto Nacional de Bellas Artes, que desde ese puesto su radio de propagación artística cultural fue múltiple e impresionante, que fundó la Orquesta Sinfónica de México (OSN) y el Conservatorio Nacional de Música, que impulsó un movimiento nacionalista del que surgieron compositores de la talla de José Pablo Moncayo o Blas Galindo, que dirigió un Taller de Composición del que egresaron músicos del calibre de Eduardo Mata o Mario Lavista, que trajo a México a compositores como Stravinsky, Milhaud, Hindemith o Copland, que realizó al frente de la OSN más de 250 primeras audiciones de música clásica y moderna extranjera y alrededor de ochenta estrenos de música mexicana —casi la cuarta parte, 19, es cierto, del propio Chávez— (cf. García Morillo, op. cit., pp. 141-142), que fundó con Rodolfo Halffter la notable revista Nuestra Música (1946-1952), y un larguísimo, pero de veras larguísimo, etcétera.
     Qué mejor que dejar al propio Revueltas hacer el encomio de su colega amigo, el recuento de sus ideales compartidos:
México Musical tiene apenas nueve años. Carlos Chávez, músico de hierro —así lo llamaba yo desde aquel tiempo en que trabajábamos juntos—, organizó la actividad y la producción musical de México. Fuimos un grupo reducido, con un mismo impulso y con una buena energía destructora: José Pomar, Luis Sandi, Eduardo Hernández Moncada, Francisco Agea, Ricardo Ortega, Candelario Huízar. Nuestro ímpetu nuevo y alegre luchó contra la apatía ancestral y la oscuridad cavernosa de los músicos académicos.
     Estas líneas fueron escritas en Valencia, España, en 1937 (véase Silvestre Revueltas por él mismo, era, 1989), durante el sonado Congreso Antifascista al que asistieron, entre otros miembros de la delegación mexicana, Carlos Pellicer, Octavio Paz, Elena Garro, Juan de la Cabada, José Chávez Morado y Fernando Gamboa. Cuando reseñé en Vuelta el libro Silvestre Revueltas de Peter Garland me alarmó que el autor lo comparara con "Diego Rivera (quien tampoco fue un santo)" en la aspiración de algo "más grande que México", en la "expresión de un siglo nuevo en un Mundo Nuevo. Su fuerza y su vitalidad son las de la Esperanza y el Progreso", pues más allá de la obesidad ciertamente non sancta, ignoro qué tenga que ver Rivera con Revueltas y menos reconozco a Silvestre en eso de La Esperanza y El Progreso, a no ser que se trate de cantinas. Quien lea con atención mínima las cartas de Silvestre a su segunda mujer, Angelucha (Silvestre Revueltas por él mismo), documentará sin problemas su corazón solidario hacia la causa republicana tanto como su aversión sarcástica a los mítines y las reuniones de fervor y hervor ideológico, su soledad y su angustia, y, más entre líneas, un orgullo por su gran música apreciada en "el país hermano" mal atemperado por un escepticismo doloroso y una sed insaciable de tascas.

Conlon Nancarrow (1912-1997) y Silvestre Revueltas se asemejan en su autenticidad moral, en su talento enorme, en su imaginación rítmica, acaso en su destreza contrapuntística, en su incapacidad para la militancia política real yo creo, y francamente no sé en qué más, pues son compositores tan diferentes… Rodolfo Halffter, colaborador fiel y amigo íntimo de Chávez hasta el final, se interesó por las experimentaciones notables de Nancarrow, le encargó una obra, pero el propio compositor norteamericano-mexicano contaba con humor que un recital en la Sala Ponce de Bellas Artes, con la asistencia de quince personas y la complicada mudanza de sus pianolas delirantes, era más cómodo organizarlo en su casa de Las Águilas, construida, por cierto, por Juan O'Gorman. Sospecho que Chávez, "humanamente lo contrario de lo que esperaba hallar ahí [México] Nancarrow", según Aharonián, no se enteró de que Nancarrow componía en su taller de Las Águilas sus asombrosos Studies for Player Piano, como que Nancarrow no hizo mucho para que Chávez se enterara, a pesar de que tuvieran algunos amigos comunes, como Henry Cowell o John Cage. Me da mucha curiosidad saber qué entiende el señor Aharonián por "autoritario como compositor". ¿Wagner acaso?
     Volvamos al México faraónico de Chávez. Al parecer, con frecuencia Revueltas llegaba a los ensayos tirando los atriles, un ritual poco simpático para un Faraón, que según las malas lenguas le financiaba tragos para obligarlo a beber. Sólo un ignorante de los vicios o un abstemio jurado cree que hay borracho al que haya que forzarlo a beber. Dice Chávez a Alcaraz, ese 2 de junio de 1978, a dos meses de esfumarse: "Al contrario, traté, hasta donde pude, de apartarlo de la bebida. Y debo decir que aunque sí… tomaba, cuando tenía que ser solista lo hacía en forma más moderada". Recomiendo como fuente fidedigna los testimonios elocuentes y conmovedores del compositor Eduardo Hernández Moncada (1899-1995) —el autor de la deliciosa Costeña para piano—, amigo íntimo de Revueltas y dilecto colaborador de Chávez:
      

Me gustaría rectificar una versión falsa que por ignorancia o mala intención se propagó en cierto momento acerca de que Carlos Chávez, por envidia, lo empujaba al vicio. Esta suposición es verdaderamente absurda, puesto que fue Carlos quien lo trajo, lo llevó a la Sinfónica como subdirector, lo impulsó a la composición y cuando llegó a la jefatura del entonces Departamento de Bellas Artes lo nombró director del Conservatorio. Me consta cómo consternaba a Carlos la conducta de Silvestre. Es verdad que hubo entre ellos diferencias de criterio, sobre todo en la manera de efectuar los ensayos y de tratar a los músicos. Mientras Carlos era de una rigidez que llegaba a ser molesta, Silvestre le daba a la Orquesta un cierto grado de comodidad, dejando para la hora de la ejecución un margen de expectación. (Eduardo Contreras Soto, Eduardo Hernández Moncada. Ensayo biográfico, catálogo de obras y antología de textos, CENIDIM, México, 1993.)
      
     "Cuando Carlos dirige, siento la Orquesta como almidonada", le dijo Silvestre a Hernández Moncada. Chávez se torció de por vida el hombro del brazo derecho por la energía rígida de su batuta; Revueltas era un león que incendiaba a la orquesta.
     No sé si fue Eduardo Mata el primero en proponer la dualidad apolíneo-dionisiaco para definir a Chávez y Revueltas, pero me parece muy acertada. Como compositores son ambos sólidos y rigurosos, pero Chávez es marmóreo y Revueltas elástico y volcánico; Chávez es un geómetra, un constructor de densas arquitecturas sonoras, y Revueltas es un impetuoso, contundente cultor de la libertad formal. En este sentido, no me parece un azar la preferencia de Chávez por las formas clásicas de gran envergadura y elaborados desarrollos como la sinfonía, el concierto, la sonata o la cantata, y la contrastante predilección de Revueltas por formas más libres como el poema sinfónico o las canciones. Revueltas me parece el genio puro, el catártico empedernido de obras maestras como el Homenaje a García Lorca, Sensemayá, Redes, Planos, Janitzio, Itinerarios, los cuatro cuartetos de cuerdas, los ciclos vocales, que apenas ahora llaman poderosamente la atención en todo el mundo. Pero a las obstinadas acusaciones de "aridez" y "feísmo" contra la obra de Chávez basta oponer la belleza dramática de la Sinfonía india, el noble esplendor de la Sinfonía Antígona y La hija de Cólguide, la imaginación y la brillantez de Toccata y Tambuco para percusiones, el poderío expresivo del Concierto para piano y orquesta o del Concierto para cuatro cornos y orquesta, las apasionantes exploraciones de su vasta obra para piano solo.
     Tan cierto me parece que en algunos de sus magníficos Preludios para piano, como en tantas obras suyas, Chávez nunca rehuyó un indigenismo, un mexicanismo muy finos y auténticos, como que Revueltas no "escribía para el pueblo": en sus obras jamás hay citas folclóricas sino giros admirables que evocan el espíritu popular, y obras como Planos o como los cuartetos número 1 y número 3 son de una elevada abstracción, depurada de cualquier clase de resabio nacionalista.
     La espléndida generosidad de Chávez era extrañamente pareja a su egocentrismo y si bien hizo mucho por el estímulo y la difusión de los compositores mexicanos anteriores, contemporáneos y posteriores a él, nada promovió tanto como su obra dentro y fuera de México —especialmente en los Estados Unidos. (Eso sí: en su taller de composición jamás analizó una obra suya, según me confía Mario Lavista.) No creo que Chávez haya hecho mucho por el rescate y la difusión de la obra de Revueltas tras su muerte prematura y siempre he tenido la curiosidad de saber si alguna vez habrá mostrado sus partituras a Stravinski —con quien, desde luego, tiene Revueltas más afinidades que Chávez: el pulso rítmico como motor fundamental, el uso obstinado de los ostinati y la síncopa, la exuberancia del color instrumental, el sentido del humor.
     Pero Garland se equivoca cuando escribe que "en 1935 la amistad de Chávez y Revueltas termina abruptamente por una discusión". Evidentemente, el asunto es mucho más complejo y los episodios, múltiples. Primero: el choque de sus temperamentos personales y estéticos y, en lo laboral, de las exigencias de Chávez y la indisciplina de Revueltas. Segundo: la orquestilla de vida efímera que Estanislao Mejía fundó para hacerle la competencia a Chávez y en cuyo podio colocó a Revueltas. Tercero: el pequeño incidente de la novia robada: Paul Strand encarga la música de la película Pescados, llamada finalmente Redes, a Chávez y acabará siendo Revueltas el autor de la música —Chávez nunca compuso para cine, lo cual le produjo cierta amargura. Cuarto: el empeño mezquino y pertinaz de terceros para que terminara la amistad de Chávez y Revueltas.
     Ahora dejemos a Carlos Chávez, a punto de morir, narrar su último encuentro con Silvestre Revueltas y recobrar para siempre su amistad, al lado de una labor conjunta de la que nació el México musical moderno:
      
Fue la última vez que nos vimos. En el lugar más embarazoso que pueda imaginarse: en el baño. Fue el día del estreno de La madrugada del panadero de Rodolfo [Halffter] (9 de enero de 1940). Yo salía y él entraba. Era en el Teatro Fábregas. Estaba tomado, caminaba bamboleándose. Cuando me vio abrió los brazos y me dio un abrazo. Me dijo: "¡Me he portado como un cabrón contigo! Soy un hijo de la chingada. Pero te quiero mucho. Te voy a buscar. Vamos a vernos". Lo abracé conmovido y créame que no le tenía ningún rencor: en mí nunca hubo hacia él sino ríos de cariño. –

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