La máquina del amor

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No hay un creador con mayor poder económico y cultural, adobado con prestigio humanista, que Steven Spielberg. Cuando anunció que heredaba el proyecto póstumo de Stanley Kubrick, la adaptación del cuentito de Brian Aldiss "Los superjuguetes duran todo el verano" (1969), rebautizado Inteligencia Artificial, sonó a la lógica natural de la pos-posmodernidad, donde la muerte del autor ya no supone la de la obra: aunque la tortuosa evolución del estilo y los temas de Spielberg no tienen ninguna relación con la fría deshumanización de Kubrick, le sobran herramientas para aludir al maestro de la desesperanza sin traicionarse. El creador de un tipo de cine fantástico infantil que fue imitado hasta el cansancio durante los ochenta sabe que la cinefilia todo lo puede, que a estas alturas del análisis cinematográfico se puede ser Kubrick sin dejar de ser Spielberg, que, de cara al Hollywood del nuevo siglo, recibir ese cetro póstumo, ascender al trono vacío del cineasta de culto, es una adquisición para quien compró el trineo Rosebud y el Oscar de Bette Davis.
     Y aunque en los créditos aparece Kubrick como productor, hasta ahí llegó el maestro, fuera de algunos guiños musicales de John Williams a los temas de 2001: Una odisea en el espacio. Spielberg escribió un guión nuevo con resultados que en varios sentidos son monstruosos: en un futuro en que los casquetes polares se derritieron, inundando ciudades y hasta países enteros, David (Haley Joel Osment) es la máxima creación de la empresa de los robots conocidos como Mecha, un niño programado para sentir amor por sus dueños. Lo adquieren los Swinton (Frances O'Connor y Sam Robards) para compensar que su hijo real (Jake Thomas) se encuentra en estado vegetativo. Pero éste se recupera y ahora quien sobra es David: su falsa-única madre lo abandona en el bosque; él asume que su falta es no ser un niño verdadero, e inspirado en Pinocho emprende la búsqueda del Hada Azul que lo haga real para recuperar el amor materno. Lo que sigue es una versión apocalíptica de El mago de Oz guiado por el androide sexual Gigoló Joe (Jude Law): David-Dorothy enfrenta la persecución y casi ejecución de un grupo de antirrobots fundamentalistas, y consultará al holograma Doctor Know (Robin Williams) para saber dónde está su Hada. Todo conduce al
     vacío del eterno retorno: su padre es su inventor, el profesor Hobby (William Hurt); no es único en su especie gracias a la producción en serie, su humanidad es tan imposible como el suicidio que intenta al enfrentar la impotencia de su misión. Jamás Spielberg enfrentó material más atípico, y su maestría asoma y desaparece en cada episodio, concentrado en un solo tema: qué le pasaría a un robot amoroso enfrentado a la paradoja del desamor. Osment es la elección natural para un papel que parece creado para él, pero tiene su mayor razón de ser en el momento mágico en que Mamá Swinton activa su programa afectivo y el robotito cambia su expresión de una alegría hueca al amor más intenso canalizado a su madre. Spielberg puro. Su contrapunto, el abandono en el bosque, opera con una fuerza inversamente proporcional. A partir de ahí, todo es cuesta abajo. El propio Osment termina siendo una encarnación del melodrama infantil tan pesada como Margaret O'Brien y Chachita
     cuando entraban a la fase gimoteante.
     La imaginería spilbergiana parece no tener límite: la luna ya no es el marco para que vuele ET, sino un globo aerostático de los caza robots; la ciudad del placer es una feria de la promiscuidad como pasaje necesario para llegar a la revelación; el hogar es una Nueva York cubierta por las aguas donde encontrará a su Hada por la vía más dolorosa, y todavía falta el remate, dos mil años después. Y sin embargo, es su relato más lineal y básico desde Hook (1990), con resultados semejantes. Para ser la maravilla cibernética del futuro, David tiene menos funciones que un Furbi. Olvídense del arcaico HAL 9000 y sus temores. David tiene una obsesión, ser real y que lo quiera una mami que desde el minuto veinte de la película ya no cuenta con nuestra simpatía. David no tiene un problema sentimental, sino una fijación patológica sin matices que Spielberg no se atreve a evaluar o enriquecer, confiado en que la tierna imagen de David y su osito de peluche enfrentando al mundo adulto bastan para sostener durante más de dos horas una idea que sólo tiene una incógnita: ¿cómo se las ingeniará el guionista para cumplirle a David?
     Es fácil adivinar qué interesó a Kubrick y a Spielberg en la misma historia. En el primero, volver al laberinto metafísico donde el individuo, en este caso David, se pierde sin remedio; el mismo laberinto que podía tener la forma de las carreteras norteamericanas de Lolita o del laberinto mismo en el hotel de El resplandor, que son apenas concreciones de una odisea interior que lleva, por lo general, a la nada. Es también fácil imaginar en qué momento David asumiría la mirada enloquecida hacia la cámara que dirigía el astronauta (Keir Dullea) en su viaje más allá del universo (2001) o el cadete (Vincent D'Onofrio) a punto del suicidio en el campo de entrenamiento (Cara de guerra). A Spielberg le fascinó el oscuro destino de un inocente; sus niños nunca han sido simples y han sido, incluso, anuncios del horror (el campesinito que anuncia la muerte de los acarreados a Auschwitz en La lista de Schindler), pero David es muchas cosas tristes desde el primer momento, lo que lleva al dilema del narrador: una voz (Ben Kingsley) cuenta la historia de David. ¿Quién la cuenta y desde dónde? Como La guerra de las galaxias, todo ocurre en un futuro que pasó hace muchos años, cuando había humanos en la Tierra. Kubrick afirmaba el futuro de la humanidad con la llegada del Superhombre, el feto que contemplaba su nuevo hogar en la última toma de 2001; Spielberg afirma que todo futuro será un recuerdo reciclado en la información almacenada en el disco duro de un robotito, un destino al que Spielberg simplemente no quiere llevar a su personaje. Cuando lo hace, parece que hubiera preferido terminar aquello media hora antes. El espectador también. –

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