La nieve, el viejo y el ganso

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El lunes 5 de enero que llegué a Nueva York no se sentía frío intenso; era perfectamente soportable con el suéter y la chamarra de gamuza que me traía del comedido clima mexicano. Pero a lo largo de la semana poco a poco el frío fue recrudeciendo, y el 14 caló de veras hasta extremos polares.

El 15 que salí en tren hacia el norte, hacia Massachusetts, fue brumoso y frío, pese a que caía una nevada ligera. El viaje fue por completo extraordinario por el paisaje que iba desarrollándose al avance del tren, ennoblecido por la nieve, por el manto blanco que todo lo acicala: los cementerios ondulados, por ejemplo, lápidas uniformes y estrictas, asomando militares, o el laguito congelado liso como espejo, o el color profundo del río casi helado entre la nieve pachona, gris verdoso Alejandro Luna, oscuro, fluyendo entre el detenido gong de la nieve.

Y pensar que este traje de rey francés, esta grandeza de atavío, no es más que agua. Agua, pero congelada. Un estado hace toda la diferencia. Un estado es mucho. ¿A lo mejor nosotros los humanos no somos más que eso, un estado? Un breve momento de equilibrio y luego, pum, vas para abajo: el equilibrio siempre precario no puede mantenerse, y pum.

Empiece por donde empiece acabo pensando en la viejez, como decía mi suegra. Desde que me caí y me lastimé el brazo izquierdo a la altura del hombro mi sensación de incapacidad se ha disparado, y con ella la amenaza de decrepitud se cierne sobre mí. Muy inoportunamente ahora que estoy al comienzo de esta nueva aventura.

Cuando estés viejo te llevarán adonde no quieras.

Esta horripilante amenaza figura en el capítulo 21 del Evangelio de Juan; yace en el fondo del apetito de atesorar bienes materiales, insaciable en tanta gente. El temor (def. miedo de hechos que se prevén, Barcia), que crece fácilmente a pavor (def. temor idealizado por la fantasía, ídem), de perder toda autonomía al alcanzar la edad provecta, y quedar por ejemplo encerrado en un asilo o tiranizado por algún pariente o cuidador. Y se combate esta posibilidad con otra fantasía: si se tiene mucho dinero nada de esto puede suceder.

Son fantasías, no sabemos nada del futuro y es imposible preverlo, ¿pero, bueno, qué en esta vida no es fantasía?

El viernes 30 Guita decidió comer un huevo, pero de ganso, grande, poderoso. Interrogó que si quería probarlo. Respondí de inmediato, y con cierto horror, que no, que de ningún modo. ¿Por qué? Porque me gustan muchísimo los gansos: son erguidos, elegantes, ladran, vuelan maravillosamente largas distancias, su gris es refinadísimo.

¿Y por qué sí comes huevos de pollo? Bueno, el pobre pollo es confuso, atado al polvo, no puede compararse a un ganso. Comer ganso, como le hice saber a Guita, es casi antropofagia.

Llevo ya unos días en la isla de Cambridge, donde se asienta, enorme, la Universidad de Harvard donde voy trabajar un semestre como profesor invitado. Hace más frío aquí que en Nueva York, que ni qué, pero hay mejores librerías, monstruos increíbles, y la vida intelectual es variada e incesante. Por ejemplo, está esa gran experta en Shakespeare de la que ni siquiera tenía noticia y que es maestra aquí en Harvard. Explica en uno de sus libros, digamos, el chiasmus en el Bardo. El chiasmus es una figura retórica que consiste en repetir las palabras de una frase, pero invirtiendo el orden de los términos. El más famoso es el de Kennedy en su toma de posesión como presidente, muy recordada ahora con la locura por Obama: “No te preguntes qué puede hacer Estados Unidos por ti, sino qué puedes hacer tú por Estados Unidos.” Shakespeare, maestro retórico como no hay otro, juega muchas veces con estos chiasmus: “He malgastado mi tiempo, y mi tiempo me ha malgastado a mí”, que figura en alguno de los Enriques.

Ya me dieron mi cubículo, está impecable, en el cuarto piso del Boylston Hall y empiezo a sentirme muy bien aquí, entre la nieve. A ver cómo me va en las clases. ~

 

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