¿Una alegoría premonitoria?

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Cuando el jurado del Premio Rómulo Gallegos 2003, reunido en Caracas a fines de junio pasado, decidió premiar El desbarrancadero del colombiano Fernando Vallejo, lo hizo —según sostuvo en el fallo— porque se trataba de “una novela profundamente literaria y conmovedora” donde “la violencia cotidiana, la crisis de la familia y la enfermedad alcanzan una inédita renovación de las letras en la lengua española”. Ninguno de sus miembros sospechaba en ese momento que su elección pudiera ser premonitoria y la novela leída en clave de metafórica alegoría venezolana.
     El desbarrancadero ya no es sólo una descarnada crónica sobre una familia desquiciada y su irremediable delicuescencia en un Medellín tan violento como caótico, narrada con voz jadeante por Fernando Vallejo: el “desbarrancamiento” es real. Lo padece el propio Premio Rómulo Gallegos, inmerso en los vaivenes de la conflictiva situación política interna venezolana, sacudido por contradicciones y desmentidos. Las imprecaciones que estremecen las páginas de la novela pueden sonar ahora como oráculos agoreros sobre un premio que ha sido emblemático en América Latina.

Más allá de la provocación, la misericordia
Creado en 1964 por el entonces presidente de Venezuela Raúl Leoni, con la finalidad de perpetuar la obra de Rómulo Gallegos y estimular la creación novelesca en lengua española, el premio ha ratificado a lo largo de casi cuatro décadas su prestigio, basado en la seriedad y la independencia de sus jurados, premiando a autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Mempo Giardinelli, Javier Marías, Roberto Bolaño y Enrique Vila-Matas.
     Con estos precedentes, Marcela Serrano (Chile), Christopher Domínguez (México), Víctor Bravo (Venezuela), el propio Vila-Matas (España) y el que firma esta crónica, Fernando Aínsa (Uruguay), aceptaron ser jurados de la xiii edición. Durante seis meses estuvieron trabajando, leyendo, descartando y seleccionando entre 246 novelas provenientes de veintiún países (Argentina con 49 y México con 32, liderando; Colombia con 28 y España con 27). Todo un récord de participación y representatividad. Entre los concursantes había dos premios Alfaguara —Elena Poniatowska y Tomás Eloy Martínez—, reconocidos autores españoles como Almudena Grandes y Antonio Muñoz Molina, y los cubanos Antón Arrufat, Leonardo Padura y Avilio Estévez.
     Con una preselección de cuarenta novelas decidida en intercambio de correos electrónicos, los cinco miembros del jurado viajaron a Caracas la última semana de junio. Instalados en un confortable hotel del centro de la capital, convertido en fortaleza por razones de la inseguridad reinante fuera de sus rejas, debían elegir a diez finalistas y decidir luego el premio. Si lo primero obligó a largas sesiones de trabajo, lo segundo fue fácil. Porque, cuando se llegó a una lista de finalistas, donde figuraban los españoles Javier Cercas y Belén Gopegui y el uruguayo, premiado en España, Hugo Burel, ya era evidente que El desbarrancadero de Fernando Vallejo emergía como la novela favorita. Lo seguían en las preferencias Varamo del argentino César Aira y Lodo del mexicano Guillermo Fadanelli, una novela tan angustiosa como desconcertante, la que sería la gran revelación para muchos de nosotros.
     En El desbarrancadero estaba lo mejor de Fernando Vallejo, un autor ya reconocido por la impactante La virgen de los sicarios y por sus provocativos desplantes. Pero había más. De la despiadada demolición de ese hogar tradicional de Medellín, desmedulado e ingobernado por una prolífica madre a la que sus hijos llaman “la loca”, surgía —más allá de la injuria y la blasfemia— un aterido amor fraternal entre el protagonista, Fernando —cuyo monólogo confesional sobrecoge por su intensidad—, y su hermano Darío, condenado por el sida y a cuya muerte se asiste tan descorazonado como inerme.
     Por sobre la desesperanza, más allá del desasosiego, la recapitulación estremecida de esa voz zigzagueante —entre los recuerdos de una memoria tan fraccionada como recurrente— se transforma en un himno al amor fraternal. Con un estilo entrecortado y digresivo, reiterativo pero ahondando en puntos de vista que sugieren una visión caleidoscópica, Vallejo rescata del “desbarrancadero” colombiano del que la familia Rondón es paradigma, olvidadas virtudes: la piedad y la misericordia. Sus irritadas blasfemias apenas disimulan una ternura lacerada por la injusticia, la enfermedad y la muerte.

Entre Kafka y Ubu Rey
Apenas anunciado el fallo en una ceremonia celebrada en los salones del cerlag (Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos), empezaron a circular rumores: la financiación del Premio 2003 y la de los honorarios del jurado estaba en entredicho. Dependía, al parecer, de la firma del propio presidente Hugo Chávez y de un complejo trámite burocrático de adjudicación de divisas que no había sido previsto. Se pedía paciencia y discreción en nombre de una lógica que oscilaba entre vericuetos kafkianos y dictámenes del rey Ubu.
     El secreto del polichinela no tardó en difundirse. El diario El Nacional editorializó pocos días después: “Con una palabra basta para describir lo que sucede con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos; esa palabra es, simplemente: vergüenza. No hay otra. Sucede que las malandanzas, irresponsabilidades, incapacidades, sumisiones, amoldamientos, conformismos o complicidades de los responsables de este triste affaire pueden no sentirse afectados porque sus rostros se ocultan tras las bambalinas del régimen, pero no hay manera de escapar del rubor que todos podemos sentir como venezolanos por tanto bochorno.”
     Roberto Hernández Montoya, director del celarg, salió al paso explicando que no pesaba ninguna amenaza de desaparición del premio, y que los rumores obedecían al “clima de tensión que existe en el país; que el gobierno de la revolución bolivariana jamás ha considerado la desaparición del Rómulo Gallegos y que está garantizada la continuidad de este galardón”. La culpa era —a su juicio— de sectores intelectuales contrarios al gobierno del presidente Hugo Chávez, apuntando “a este galardón literario para alimentar aún más la polarización política, social y cultural que divide a Venezuela”.
     “Inquietante la figura de Hernández Montoya —reaccionó por su parte Enrique Vila-Matas en el diario El País—. Mi impresión subjetiva de este intelectual era la de alguien perfectamente indiferente a la suerte del premio y a la suerte del jurado internacional”, afirmó Vila-Matas. “Un jurado que poco a poco fue descubriendo —aunque nadie se lo comunicaba— que no llegaban las firmas de las autoridades y que seguramente no nos pagarían nunca los honorarios. Estupor, indignación. Y una fuerte inquietud ante la continuidad del Rómulo Gallegos.”

La polémica estaba servida
Por su lado, ajeno al escándalo, Fernando Vallejo declaraba en México que donaría “los cien mil dólares a los perros abandonados en las calles de Caracas”. Con su habitual estilo provocador, aseguraba no comprender por qué se lo premiaba, ya que la literatura no le interesaba más y había decidido dejar de escribir después de la publicación de La rambla paralela (2003).
     El 3 de agosto recibió en Caracas el certificado del premio, aunque se le anunció sorpresivamente que se le aplicarían las reducciones fiscales vigentes en “la República bolivariana”. Los discursos cruzados en la ceremonia —entre vituperios al Papa y elogios a la “revolución en marcha”— merecerían figurar en una próxima novela de Vallejo, si decide romper su promesa de no escribir más.
     En pleno “desbarrancadero” real, transcurridos dos meses largos del fallo, y aunque los rumores aseguran ahora que el presidente Chávez “ya ha firmado” la autorización financiera, los papeles del Premio Rómulo Gallegos 2003 siguen en algún rincón de una dependencia burocrática y nadie ha cobrado. Entretanto, en las calles de Caracas se enfrentan las manifestaciones, apasionadas y ululantes, a favor y en contra del régimen.
     Vallejo tenía razón: su novela es una alegoría, no sólo de Colombia, sino de una realidad que desborda sus fronteras. Solo faltaría tener en cuenta un poco de la piedad y la misericordia que sus páginas sugieren. El jurado no lo sabía, pero tal vez lo intuyó cuando decidió premiarla. ~

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