Sócrates desconfiaba de los libros. El filósofo creía que la transmisión escrita del conocimiento lo hacía rígido y lo fijaba, destruyendo la labor filosófica; el lugar óptimo para esta era la conversación, que obliga a refinar las ideas, a probarlas e incluso a transformarlas. Carlos Bravo Regidor retoma esa antigua tradición socrática en Mar de dudas, aunque paradójicamente lo haga en un libro. Esto es clave porque el volumen celebra las paradojas y la riqueza de las contradicciones fértiles.
El libro se compone de catorce diálogos con pensadores relevantísimos del debate político contemporáneo, todos reunidos bajo el denominador común de oponer su curiosidad intelectual a los dogmas y a las visiones binarias con las que se pretende entender el mundo. Son intelectuales que se niegan a dar respuestas automáticas a preguntas complejas, y que, según se revela en la lectura, tienen un profundo vínculo biográfico con las hipótesis y los temas que estudian. Bravo Regidor, lejos de ser un entrevistador a modo, se erige como un conversador incisivo para sus interlocutores. No les pide que repitan lo que ya escribieron: les pregunta por el origen de sus intuiciones, por sus contradicciones personales y por la aplicación de sus hipótesis en casos nuevos. Los reta, sube a hombros de otros expertos (a veces contrarios a quien entrevista) y les entrega una relectura sobre sus postulados, que ellos generosamente retoman y vuelven a moldear. El resultado es sugerente: se entronizan las dudas.
De hecho, el título –Mar de dudas– es un gran acierto. Podría haber sido otro: “desgaste de certezas”, “errores correctos”, “contornos de incertidumbre”, o incluso la elegante frase de Ivan Krastev, “otro estilo cognitivo”. Todas son frases que aparecen en el libro. Todas expresan el espíritu del volumen: no cerrar, no confirmar. En todo caso, desestabilizar los diagnósticos sobre los fenómenos que nos condujeron al presente: la verdad, la guerra, las izquierdas, las derechas, el populismo, el fascismo, las oposiciones, la desigualdad y el capitalismo, el liberalismo, el conocimiento. ¿Y si todo eso hay que verlo de nuevo, con más y mejores preguntas?
Escojo para esta reseña cinco temas: la complejidad, el populismo, la guerra, la democracia directa y el liberalismo, representados en las entrevistas con Daniel Innerarity, Nadia Urbinati, Margaret MacMillan, David Altman y Francis Fukuyama. Pero no hay que equivocarse: el libro completo es un cofre de pulidos intercambios sobre otros temas de lo más perturbadores: las derechas transgresoras y gays, la fe y la preferencia por la fragilidad, el gusto por los héroes en la izquierda, el fascismo sureño y las protestas como símbolo democrático y a la vez amenaza a la democracia. Nada más para abrir boca.
Bravo Regidor inicia muy atinadamente la inmersión en la complejidad con Daniel Innerarity, pues el escritor explica la necesidad de gestionar, más que la información, nuestra ignorancia. Vaya comienzo. Con todo, el entrevistador recalca que la actitud intelectual de Innerarity es agradablemente descriptiva, huyendo del tono depresivo que a menudo acompaña a la crítica social. Este apartado es una invitación a hacerle frente a la irracionalidad del presente y a permitir la competencia de una pluralidad de visiones, en lugar de aferrarse a una única y rígida tesis.
En el libro, por supuesto, tenía que estar Nadia Urbinati, best seller en los estantes sobre populismo. La conversación con Urbinati es un eje fundamental en el volumen; permite desmontar la noción de populismo para retirarle la etiqueta de “patología” y entenderlo como una forma de representación esencialmente contextual. Su enfoque huye de la idealización de una “buena democracia” inmutable o de un pensamiento limitado y sin contextos.
En su diálogo con Bravo Regidor, Urbinati se posiciona contra el pensamiento que cree en una única medicina intelectual o ideológica que resuelva todos los problemas políticos. Y, por cierto, aquí hay algo que no se encuentra habitualmente en sus artículos académicos y que puede hacer eco en periodistas, en académicos, en intelectuales que temen por su actual irrelevancia: su creencia en la necesidad de un “Pepe Grillo” –una conciencia social– que registre y recuerde a las sociedades por dónde se puede ir, contrastando con el pensamiento simple de los eslóganes o dogmas que tanta fuerza tienen hoy.
La charla con la historiadora Margaret MacMillan es quizás una de las más valientes y desapasionadas del libro. MacMillan tiene una actitud incómoda: habla de la guerra no solo en términos negativos, por la obvia destrucción, sino como un fenómeno complejo que crea oportunidades, transforma sociedades y establece marcadores sociales y políticos que redefinen eras enteras. No es que elogie la guerra, busca diseccionarla con la precisión y la curiosidad de un anatomista. Bravo Regidor, en su rol de interlocutor incisivo, introduce argumentos de otros expertos (a veces contrarios a MacMillan) para retar a la autora a redefinir sus posturas, especialmente en la comparación de conflictos pasados y recientes. El mensaje subyacente de la conversación es claro: en lugar de caer en el moralismo o el cinismo, o de limitarse a conmemorar batallas, es imperativo aprender más sobre la guerra para comprender su dinámica histórica, su capacidad de organización de la violencia y sus efectos en el presente.
Con David Altman el paseo gira en torno a la democracia directa. El punto de partida no es teórico: es la biografía uruguaya del autor radicado en Chile. De un país trae la vida de la dictadura; del otro, el asombro ante la vida política más democrática. Él propone ver el referéndum, los plebiscitos, como una vía para gestionar conflictos y no como herramientas de decisión de una ciudadanía idealizada. El propósito es que, al operar como una amenaza creíble, genere incentivos para aceitar el funcionamiento de los partidos políticos y reencantar a la ciudadanía. El entrevistador escucha, pero también se mete, llevando a Altman a pensar en el Brexit, en los plebiscitos desastrosos de Latinoamérica y en el uso de la democracia directa como instrumento del poder, a lo que el académico responde con elegancia, dudando sin temor y reconstruyendo sus argumentos. En esta conversación, Bravo y Altman van y vienen que da gusto.
Casi al final del libro, la conversación con Francis Fukuyama confronta directamente las certezas de la democracia liberal. Aquí, el autor de El fin de la historia retoma la defensa de sus principios esenciales, pero oponiendo el institucionalismo pragmático al moralismo ingenuo. Para Fukuyama, la modernidad sigue siendo un proceso coherente. Un punto crucial es su argumento de que el liberalismo que él defiende es el que reconoce la vida por encima de la vida buena, el que fue fundamental para terminar con las guerras religiosas del siglo XVIII, además de permitir el intercambio y la pluralidad. En esta entrevista, Bravo Regidor se percibe como un retador constante, que inicia la mayoría de sus preguntas con un pero, un aunque o expresiones similares que obligan a Fukuyama a justificar sus postulados ante las nuevas críticas globales.
Uno de los aspectos más valiosos del libro es la habilidad de Bravo Regidor para anclar en la realidad mexicana un debate intelectual global y aparentemente teórico. A pesar de que los entrevistados y sus temas son, en apariencia, ajenos a la cotidianidad nacional, el autor utiliza consistentemente los cuestionamientos sobre el fascismo, las nuevas derechas o el populismo como herramientas para forzar al lector a autoanalizarse. Sus retos a los pensadores (trayendo a colación la historia de la izquierda en México, la política del presente o la complejidad de nuestros relatos fundacionales) logran que Mar de dudas deje de ser una lectura de política teórica y se convierta en un espejo de nuestros diagnósticos y de nuestros relatos simplistas sobre el poder, la violencia y la democracia en México. Quienes estén dispuestos a hacer mejores preguntas y a desconfiar de los relatos fáciles hallarán una compañía lúcida, honesta y provocadora. O al revés, quienes busquen lucidez ante la incertidumbre encontrarán autores dispuestos a compartir su experiencia con la duda. En el fondo, este es el legado del libro: el regreso del espíritu socrático, con la conversación y la duda, para someter a examen al siglo XXI. ~