Partamos de la certeza de que nuestro cuerpo existe en conversación con los ecosistemas que nos sostienen y que no hay mundo sin el reconocimiento de otros seres. La manera en que nos relacionamos con la naturaleza impacta directamente en la forma en que estamos construyendo la historia de la humanidad y sus futuros posibles. ¿Qué historias queremos escribir? ¿De qué sucesos queremos ser testigos activos? Al trabajo de Gerda Gruber (Bratislava, 1940) lo acompaña la noción del tiempo y las relaciones interespecie a un nivel sutil, el más cercano a la naturaleza, y es en este espacio donde comienza el diálogo con su obra, que es también su mundo y un escenario posible por habitar.
Hay una cuestión profundamente esencial en el trabajo de esta escultora que nos permite forjar una aproximación casi inmediata con sus obras, como si se tratara del encuentro con un conocimiento ancestral que habita en nosotros: la potencia de las semillas, los nidos, el refugio. En correspondencia con estos motivos, la experiencia que envuelve la exposición Entre verde y agua, que actualmente se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, nos invita a atravesar un espacio cuidadosamente acondicionado para recibir las piezas de la artista: tanto los muros como el piso de las salas se han convertido en un contenedor de tonos grises que escapan de la sensación a veces frívola del cubo blanco de los museos. Aquí la temperatura es otra, aquí el ritmo pausado de los procesos de transformación en la naturaleza se extiende desde las obras hasta nuestros cuerpos, empezando por la sensación de nuestros pasos que cruzan la sala con una ligera elevación –han colocado un piso nuevo que se levanta sutilmente en algunos puntos–. Hay un brevísimo poema de Juan Acha en el que he pensado ahora que recreo en mi memoria esa sensación: “Los pájaros no pesan / no pisan / solo pasan.” Así se siente entrar en estas salas: pasos ligeros, recorridos pausados.
A la consciencia de nuestros pasos cruzando el espacio con ligereza le sigue la aparición de las obras de mediano y gran formato dispuestas en el suelo: en esta muestra no hay pedestales para las esculturas, sino que la apuesta de la curadora Daniela Pérez y de la artista, quien participó activamente en la curaduría y montaje de la exposición, fue mantener las obras a ras de piso: “mis esculturas pertenecen a la tierra”, ha dicho Gruber. Curiosamente, este vínculo que establecemos con sus obras nos hace aterrizarnos también: de alguna manera sentimos, como visitantes y testigos de su trabajo, la responsabilidad colectiva de andar con cuidado por la sala dada la distribución de la obra y, al mismo tiempo, porque nos incita a prestar especial atención a la energía que guardan sus piezas. Son estructuras irregulares que sugieren formas orgánicas como una suerte de escarabajo o una almeja, sin ser ni uno ni otra, tan solo sugerencias del mundo natural. Creo que en esta abstracción se encarna la inquietud de la artista por escapar a las convenciones, tanto de significados en lecturas cerradas como de la lógica propia de los materiales: incluso en los elementos más duros como la piedra o ciertas maderas, hay un flujo de energía.
Aunque la escultura en general puede tener una cualidad aparentemente estática, hay una condición distinta en las piezas de Gerda Gruber, quizá por la cercanía con la noción de la naturaleza en donde nada está en quietud: los árboles extienden sus raíces a través del micelio para comunicarse entre ellos, las rocas se modifican con el paso de los años y las semillas dan paso a la vida. En sala se lee una frase de la artista en la que demuestra esta fascinación por la potencia de cambio que atraviesa la exposición: “Me asombra ese momento iniciático de una semilla ya preparada para estallar […], el poder de las semillas es un poder resguardado por muchísimos velos y que no siempre es visible.” En concordancia con este interés, Gruber ha desarrollado una investigación titulada Catálogo de semillas en la que ha recolectado, cuidado y clasificado semillas de la región peninsular del sureste de México pues existen estudios de la nasa que prevén que Yucatán –sitio en el que la artista vive desde finales de los años ochenta– quede sumergido con el alza de la marea en algunas décadas y la intención de este proyecto es crear una cápsula del tiempo para apostar por el porvenir. Al finalizar la exposición en el Marco, se enterrará una de las esculturas que guarda semillas en su interior.
En otra de las salas de esta exposición se hace énfasis en la espacialidad de la naturaleza con una colección de estructuras colgantes inspiradas en distintas semillas y capullos. Como si se tratara de insistir en la potencia vital de su trabajo, estas esculturas suspendidas tienen un movimiento ligero, pero constante en sala; entrar a este espacio y percibir el balanceo es como si estuviéramos mirando la copa de un árbol en el exterior, atentos al vaivén que causa el contacto con el viento. Algunos de los tejidos de esta sala toman referencia inicial y se inspiran en las semillas del árbol jabín y otros parten de algunos nidos de aves, refugios donde la vida comienza. La observación de Gruber del entorno natural y los espacios de conservación de vida le ha permitido realizar nudos donde anidan sus propias piezas, entablando una conversación sensible y curiosa con los modos de ser de la vida animal y natural.
A lo largo del recorrido por las salas descubrimos que la muestra no está organizada por orden cronológico, sino por los vínculos matéricos y discursivos de la artista, a quien le interesa trabajar con diversos materiales y saltar de uno a otro, pues, en este proceso abierto, encuentra fragmentos dispersos de sí misma en su entorno. La exposición está compuesta por ciento trece esculturas y treinta dibujos y es la primera revisión dedicada a los cincuenta años de trayectoria de la artista en México, con piezas que van de mediados de los años setenta hasta la actualidad, entre las que destacan aquellas realizadas con distintas maderas, pues es como si el conjunto de su obra fuera una suerte de bosque de distintos árboles como el zapote, el ramón, la guaya, el tamarindo y el algarrobo. También ha trabajado con barro, bronce, porcelana y cristal, así como con algodón, bambú y, más recientemente, fieltro, un material asociado a la protección y al cobijo.
Dos piezas que Gruber realizó este año y que han llamado mi atención son Sin título y Libro-fragmento; en ellas, la artista ha generado un encuentro entre la materia y la palabra, aprovechando la plataforma de la poesía y la abstracción para seguir trabajando con la naturaleza y sus procesos cíclicos y de transformación. En ambas obras hay frases escritas que insisten en la concepción de la artista como parte de la naturaleza: “yo me siento árbol”, se lee en una; “la semilla que adentro tiene un árbol eterno”, remata otra. Creo que estas piezas encarnan las posibilidades de la poesía en la naturaleza para sostener el deseo de vida que, de una u otra manera, atraviesa toda la exposición: la energía regenerativa de lo natural también vive en la palabra escrita, en sus múltiples maneras de crear significados sensibles.
Hay exposiciones que trascienden en nuestro imaginario por el impacto visual de las piezas; otras, por la curaduría o el montaje; algunas, incluso, por una o dos piezas que nos conmueven de manera particular. Creo que en esta exposición hay algo tan esencial sucediendo que nos permite apropiarnos de ella sin protagonismos y eso hace que se quede en nuestra memoria corporal y anímica, aun fuera de sala. La sensación del andar ligero permanece, acompañado de la responsabilidad compartida de cuidar la vida. Pienso que, si el trabajo de Gerda Gruber nos permite seguir procurando estos encuentros-semillas, se trata de una forma muy afortunada de mantener una conversación constante entre la artista, su obra y el mundo natural del que también somos parte. ~