Esto no es un ensayo general, señores. Esto es la vida — Oscar Wilde Notó el gendarme de la Cuarta Calle de la Paz que en una accesoria se efectuaba un baile a puerta cerrada, y para pedir la licencia fue a llamar a la puerta. Salió a abrirle un afeminado vestido de mujer, con la falda recogida, la cara y los labios llenos de afeite y muy dulce y melindroso de habla. Con esa vista, que hasta al cansado guardián le revolvió el estómago, se introdujo éste a la accesoria, sospechando lo que aquello sería y se encontró con cuarenta y dos parejas de canallas de éstos, vestidos los unos de hombres y los otros de mujer que bailaban y se solazaban en aquel antro…. El Popular. Diario independiente de la mañana, 21 de noviembre de 1901. A Robert McKee Irwin A José Quiroga Los antecedentes: el Ninfo entre las doncellas En la literatura del siglo XIX, un tratamiento inesperado de la homosexualidad lo proporciona Chucho el Ninfo (1871), uno de los episodios novelados de La linterna mágica, la serie costumbrista de José Tomás de Cuéllar “Facundo”. Como novela, Chucho el Ninfo es aterradoramente mala, desorganizada hasta el fastidio y la incomprensión,y colmada de sermones y divagaciones. Lo interesante es su protagonista, un gay evidente, descrito con encono, burla… y cuidado de no ofender a los lectores, que no admitirían el reconocimiento impreso de las aberraciones (“sí, ya sé de esas cosas, pero si las leo me entero y eso no lo podría soportar”). El determinismo del relato obliga al personaje, desde muy niño, a ostentar sus preferencias: “Chucho… estaba muy contento entre las niñas: bienestar a que quedó aficionado perpetuamente.” Elena, su madre, viuda prematura, es un sueño parafreudiano: devota del hijo (que la golpea), chantajista sentimental, “un terrón de amores… casi tan consentidora y tolerante como la patria”, obediente al capricho de su hijo hasta la ignominia (le paga a la madre de un niño para que éste se deje golpear por Chucho). Los mimos de Elena vuelven a su hijo “más barato cada día”, es decir, más femenino y feminoide. La descripción del gay es clarísima, pero sin notificar con detalle la existencia de la sodomía. Por eso Cuéllar se abstiene de la palabra fatal (maricón), para no etiquetar al personaje que va acentuando su afeminamiento, su dandismo y su habla, presumiblemente la de los homosexuales de la época, inmersos en el cultivo de la apariencia y del sonido “refinadito”. Sin las palabras que los impresores no aceptarían, el “vicio nefando” se despliega. En el momento más atrevido de la novela, Cuéllar menciona a “la raza ninfea”, la especie de los ninfos o “mujerucos”. Y aun esto con disfraces. En uno de los capítulos finales, al ser retado a duelo, Chucho adquiere sorpresivamente la energía viril. “Le faltaba a Chucho este toque característico de la raza ninfea, y holgábase en su interior de la ocasión que le proporcionaba desmentir su fama de afeminado.” No es todavía la hora de la acusación de sodomía, conducta que el … Sigue leyendo Los 41 y la gran redada
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