Nuestra defensa de Venezuela

Año con año, Letras Libres documentó la destrucción de Venezuela a manos del chavismo, al tiempo que dio voz a quienes heroicamente luchaban contra un régimen corrupto y cruel. A pesar de que el futuro del país sigue siendo incierto, este recuento de su historia reciente permite devolver el protagonismo a quienes deben conducir ese cambio: los propios venezolanos.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

No nací en una ribera del Arauca vibrador y, sin embargo, me siento venezolano. Tuve un amigo caraqueño, el fino escritor y filósofo Alejandro Rossi, que me narraba las hazañas de su bisabuelo, el legendario general José Antonio Páez, héroe de la independencia conocido como el “gran lancero”. Por la amistad de Alejandro habría yo defendido al país natal de su madre, pero hubo otras razones para empeñarme en esa batalla. Y esas razones no han sido otras que la defensa de la democracia y la libertad que soñé desde joven para mi propio país, y que con la llegada del comandante Chávez al poder en 1999 vi claramente amenazadas en aquella nación, y en Iberoamérica toda.

Letras Libres, la revista que fundé en enero de 1999, nació con esa vocación. Un mes más tarde, Hugo Chávez asumió la presidencia de Venezuela. Por un lado, una revista literaria que aspiraba a seguir la misión crítica de la revista Vuelta, que Octavio Paz había fundado y dirigido hasta su muerte en abril de 1998. Por otro, un nuevo régimen que prometía la redención al pueblo venezolano pero que, por su propia naturaleza y por sus precedentes históricos, estaba destinado a infligir a ese mismo pueblo la mayor decepción y el mayor dolor de toda su historia. Letras Libres y el chavismo: nacimientos paralelos, vocaciones opuestas.

Desde el primer número seguimos con particular atención las noticias de Venezuela. En los días previos al triunfo de Chávez, Rossi había advertido:

Es increíble que la legalidad republicana haya permitido que se presentara como candidato. El teniente coronel favorece la boina roja –esos signos típicos de los grupos de choque–, gusta de las amenazas, nada veladas, a la estructura democrática de Venezuela, y balbucea un brumoso programa populista de justicia social.

Los problemas de Venezuela –es verdad– son graves […] Pero nada justifica arriesgar la democracia, condición necesaria de cualquier solución. El comandante Chávez es el resultado –grotesco, desde luego– de situaciones y tentaciones latentes en toda Hispanoamérica. Es, pues, una buena oportunidad para reflexionar y sacar conclusiones. Todos.1

La reflexión no se dio. El insensato optimismo de fin de siglo borró las nubes en el horizonte. Yo mismo padecí ese espejismo. Por aquel tiempo, escribí dos ensayos biográficos sobre el Che Guevara y Eva Perón, a partir de las biografías que acababan de publicarse. Parecían ya personajes remotos, dignos de aparecer en las playeras de los jóvenes o en las obras de Broadway, como aquella famosa Evita en la que ambos bailaban tango. Pero pronto entendí que el comandante Chávez no era un actor de la política sino un político con notables dotes histriónicas que tomaba absolutamente en serio el legado retórico del populismo argentino y el aura mítica del Che Guevara. Pero algo más ocurrió, una premonición. En una cena oficial en México a fines del año 2000, vi conversar animadamente al presidente Chávez con el hombre que fue su inspiración, su padre intelectual, político, moral. Ese hombre que en su país era “como el todo”, y a quien Chávez veneraba justamente por eso, por ser “como el todo”, sería el autor de la obra macabra que se escenificaría muy pronto en Venezuela y que ha durado en escena veinticinco años: Fidel Castro.

No se hablaba de populismo en aquellos primeros años del siglo XXI. La perplejidad del ataque a las Torres Gemelas atrajo la atención del mundo. Y, sin embargo, lenta y fatalmente, el populismo que creíamos sepultado como una excentricidad argentina comenzó a renacer en Venezuela, con nuevos ropajes de radicalismo. Y poco a poco, la conciencia liberal en la región comenzó a calibrar el peligro. En 2003 fui invitado a Cartagena a un congreso convocado por la Fundación para la Libertad, de Mario Vargas Llosa. Allí conocí a Américo Martín. Hablamos largamente. Había sido el guerrillero venezolano favorito de Fidel Castro. Había participado en la invasión guerrillera a Venezuela desde Cuba. El Che Guevara, en sus últimos años, lo consideraba la esperanza del continente. Este idealista intachable, que había sufrido una espantosa enfermedad en sus andanzas de guerrillero, había comprendido desde fines de los sesenta y principio de los setenta que la mejor vía –mejor dicho, la única vía– para Venezuela era la democracia en libertad. Y no estaba solo en esa temprana convicción. Lo acompañaban muchos otros legendarios guerrilleros venezolanos, entre otros, señaladamente, el gran intelectual Teodoro Petkoff. A partir de ese momento, Américo y yo comenzamos a tratarnos como hermanos. Me tenía al tanto de Venezuela. Gracias a él comencé a entender que Hugo Chávez representaba algo muy distinto a un caudillo tradicional: una extraña cruza de marxista trasnochado, fascista de libreto, militar autoritario, ideólogo delirante y venerador de héroes (comenzando por él mismo). Todo eso, pero también un nuevo tipo de líder carismático adorado por el pueblo.

La desconcertante aparición de liderazgos similares en Europa, aunque provocada por otros factores de índole étnica, religiosa y nacionalista muy distintos a los de América Latina, despertó también por ese tiempo el interés del mundo académico. Hacia 2004, el historiador de Princeton Jan-Werner Müller convocó a un congreso sobre populismo. Estudioso del fascismo y el nazismo, Müller entendía mejor que nadie el parentesco filial del populismo con esos dos movimientos que, junto al comunismo, devastaron al siglo XX. Ahí escuché –no sin sentir náuseas– a algunos “expertos” latinoamericanos defender el caso venezolano y boliviano como una nueva forma de democracia, no la vieja democracia griega, ni tampoco sus variantes occidentales y europeas, todas decadentes, sino la “verdadera democracia”, la “democracia participativa”. No era difícil recordar que también en la Europa secuestrada por la Unión Soviética las repúblicas que no eran repúblicas se apellidaban democráticas sin serlo.

¿Cómo explicar la aparición de ese nuevo y avasallante régimen unipersonal en Venezuela? ¿De dónde extraía su legitimidad? ¿Cuál era su naturaleza? En ese congreso quise responder a estas preguntas. Había populismos de izquierda y populismos de derecha, pero todos actuaban al conjuro de la palabra mágica: “pueblo”. Populista puro había sido el general Juan Domingo Perón, testigo del ascenso del fascismo italiano y admirador de Mussolini al grado de querer “erigirle un monumento en cada esquina”. Populista posmoderno era Hugo Chávez, quien rendía culto religioso a Castro al grado de buscar convertir a Venezuela en una colonia experimental del “nuevo socialismo”. Los extremos se tocaban, cara y cruz de un mismo fenómeno político cuyo análisis, por tanto, no podía intentarse por la vía de su contenido ideológico sino de su funcionamiento práctico.

*

Para desmontar ese mecanismo, basado en la Política de Aristóteles, la sociología política de Max Weber y el precedente peronista y fascista, desarrollé un “Decálogo del populismo latinoamericano” aplicado explícitamente a la Venezuela chavista:

I. El populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo.

II. El populista no solo usa y abusa de la palabra: se apodera de ella. La palabra es el vehículo específico de su carisma.

III. El populismo fabrica la verdad.

IV. El populista utiliza de modo discrecional los fondos públicos.

V. El populista reparte directamente la riqueza.

VI. El populista alienta el odio de clases.

VII. El populista moviliza permanentemente a los grupos sociales.

VIII. El populismo fustiga por sistema al “enemigo exterior”.

IX. El populismo desprecia el orden legal.

X. El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal.2

La conclusión me parecía clara: el populismo alimentaba la engañosa ilusión de un radiante futuro… que postergaba siempre. El populismo enmascaraba los desastres que él mismo provocaba, reprimía el examen objetivo de sus actos, doblegaba a la crítica, expropiaba y adulteraba la verdad, adormecía, corrompía y degradaba el espíritu público. Desde los griegos hasta el siglo XXI, pasando por el aterrador siglo XX, el designio del populismo –como el de la antigua demagogia– era subvertir la democracia.

Año con año, Letras Libres siguió puntualmente los hechos de Venezuela: el asalto a Petróleos de Venezuela (PDVSA), la admirable empresa pública que en el pasado se había manejado con criterios de productividad internacional; el despido de toda su planta profesional; las protestas públicas; el fallido golpe de Estado. En julio de 2005 publicamos en la portada una caricatura de Chávez con un tolete de beisbol bateando una pelota de trapo desgajada: Palos a la democracia. Los colaboradores invitados, casi todos venezolanos (el historiador Elías Pino Iturrieta, el biógrafo Alberto Barrera Tyszka, el novelista Ibsen Martínez, el intelectual Moisés Naím, entre otros), cubrían los principales aspectos de la preocupante realidad de su país. Completaban el elenco los poetas Eugenio Montejo y Rafael Cadenas.

El número era también un llamado de alerta al votante mexicano. Y es que por esas fechas apuntaba ya en el horizonte la candidatura de Andrés Manuel López Obrador, político coetáneo de Chávez que, sin ser militar, tenía evidentes similitudes con el comandante. Consciente de esos paralelos, en junio de 2006 –un mes antes de las elecciones– publiqué en Letras Libres un ensayo titulado “El mesías tropical” en el cual trazaba el perturbador perfil biográfico del personaje, criticaba su programa populista y hacía ver los riesgos altísimos que podría traer consigo su arribo a la presidencia. Días más tarde, en unas elecciones tremendamente disputadas y polémicas, aquel candidato iluminado estuvo a poco más de 240,000 votos (menos del 0.6% del total) de llegar a la presidencia. Pasada la contienda electoral, a sabiendas de que la sombra del populismo y su líder seguirían pendiendo sobre México, sentí la necesidad de aprender de la experiencia ajena.

*

A finales de 2007 viajé por primera vez a Venezuela para ver de cerca el fenómeno chavista. No me movía una curiosidad académica o una fugaz misión periodística: me movía una preocupación muy honda sobre el futuro de América Latina. Estaba convencido de que Venezuela se encaminaba hacia una dictadura parecida a la cubana. ¿No había profetizado Hugo Chávez, en su discurso de 1999 en la Universidad de La Habana, que Venezuela se encaminaría al mismo “mar de la felicidad” en que navegaba Cuba?

Fruto de ese y otros viajes, y del estudio de una bibliografía histórica y política variada, en noviembre del año siguiente publiqué El poder y el delirio. Es un libro que mediante diversos acercamientos (reportaje, biografía, historia, entrevista, crónica, análisis y filosofía política) somete aquel “Decálogo del populismo” a la prueba de la realidad. Fue escrito en el cenit del chavismo. En aquella época que hoy parece prehistórica, el precio del petróleo se mantenía en niveles estratosféricos, tanto que Alí Rodríguez Araque, ministro de Hacienda de Chávez, me dijo seriamente que el barril de petróleo llegaría a 250 dólares, lo cual aseguraba la construcción de la utopía “comunal” en Venezuela. Y para garantizar que el barco venezolano navegara hacia aquel “mar de la felicidad” representado por Cuba, el comandante Chávez (un nuevo Bolívar, un Bolívar reencarnado, un Bolívar histriónico, un Bolívar socialista, un Bolívar redentor) aparecía cada domingo por largas horas en la televisión, gobernando “en vivo” desde la pantalla, con una energía y salud desbordantes.

Dediqué aquel libro a Alejandro Rossi –ya muy enfermo para entonces– con unas páginas extraídas del diario de Martí recordando el cortejo fúnebre del general Páez en Nueva York. Lo releo ahora con una extraña nostalgia. Me asombra que me hayan recibido muchos funcionarios de alto nivel en el régimen chavista. Hablé con historiadores, empresarios, escritores, políticos de oposición, líderes sindicales, estudiantes, periodistas, antiguos guerrilleros y líderes de la izquierda. Caminé por los barrios pobres de Caracas. Conviví con líderes populares. Lo hice con respeto porque era consciente de que un sector amplísimo del pueblo venezolano veía encarnada en Chávez la esperanza de una redención social. Elogié la vocación de algunos programas sociales, pero expresé dudas abismales sobre su productividad a largo plazo y sobre todo dejé claro el enorme peligro de la concentración de poder en una persona. Toda la amarga experiencia del siglo XX la desaconsejaba.

Justamente por esa concentración de poder en el comandante, un interés principal fue interpretar su biografía: contaba con algunos libros muy valiosos, pero, sobre todo, con sus propias declaraciones y discursos. Era un lector obsesivo de Bolívar, pero un lector torcido, prejuiciado, enteramente anacrónico. Entre los críticos del régimen encontré preocupación, pesadumbre, pero en ese tiempo todavía no desesperación. Mientras duraba la fiesta del petróleo duró el delirio del poder. La fiesta parecía interminable. Todos los proyectos, hasta los más alucinados, parecían al alcance de la mano: ferrocarriles que llegaran hasta la Patagonia, salud y educación a cargo de médicos y maestros cubanos. En una palabra: el sueño de Lenin, Mao, Castro, hecho realidad en la tierra de Bolívar, que no era el Bolívar republicano sino el precursor del “socialismo del siglo XXI”, la prefiguración de Hugo Chávez.

Pero la realidad llegó al reino de la fantasía. La crisis financiera internacional y la crisis de salud de Chávez impusieron a Venezuela un escenario inesperado. Algún día, quizá, si las fuentes internas de Cuba llegan a abrirse, sabremos la verdadera historia de la enfermedad y muerte de Hugo Chávez, pero más importante será conocer la verdadera historia de la conquista de Venezuela por parte de Cuba. Ese había sido el designio de Fidel Castro desde 1959, cuando visitó al entonces presidente Rómulo Betancourt y este le negó todo derecho preferencial al petróleo venezolano. Pero Fidel Castro nunca renunció a ese proyecto. Tras el abandono de la Unión Soviética, después de varios años de penuria extrema (que, sin embargo, no se comparan con los actuales) Castro encontró a su presa perfecta. Con psicología maquiavélica, hechizó al comandante con sus elogios. Quizá íntimamente lo despreciaba. En todo caso, establecido el dominio cubano (de cuyos antecedentes, desarrollo e instrumentación di cuenta en aquel libro), al morir Chávez se abrió el capítulo aterrador que ha vivido desde entonces Venezuela. Chávez, por supuesto, no es ajeno a él: comparte la responsabilidad con la caterva de maleantes que dejó en el poder.

*

Letras Libres continuó su seguimiento venezolanoYa desde 2008, en noviembre, habíamos publicado un segundo número dedicado a Venezuela, con una portada de Chávez sentado en su trono imperial pisando con su bota militar derecha un barril de petróleo. Luis XIV de los llanos: atuendo regio, corona de laureles dorados, la mano derecha sosteniendo un cetro rematado por un espejo que lo refleja a él mismo. Y nunca quitamos la lupa. El régimen venezolano no era una anomalía latinoamericana. Podía convertirse en la norma que hundiría definitivamente a nuestros países.

Tras el duelo que siguió a la muerte de Chávez (5 de marzo de 2013) y las turbias elecciones que llevaron al poder al vociferante Nicolás Maduro (su imposible “clon”, su mala caricatura, su heredero elegido), siguieron meses de desconcierto. Mientras el precio del petróleo fluctuaba, el gobierno endurecía el control político. Siguiendo la demolición chavista, terminó por cerrar prácticamente todos los canales independientes de televisión, acalló a buena parte de la radio, compró por interpósitas personas diarios influyentes y buscó ahogar (mediante la persecución judicial, la intimidación física o la prohibición de importar papel) a las pocas publicaciones periódicas libres que subsistirían heroicamente por un tiempo, hasta terminar literalmente ahorcadas: me refiero en especial a El Nacional, el prestigiado y antiguo periódico dirigido por Miguel Henrique Otero.

Los primeros en reaccionar fueron los estudiantes. La mayoría no tenía memoria de otro régimen que no fuese el chavista, y no quería envejecer con él. Comenzaron a marchar, arriesgando la vida. No buscaban revertir la atención social a los pobres. Criticaban la ineptitud económica del régimen y –sobre todo– el ocultamiento de la gigantesca corrupción. Les dolía infinitamente la creciente emigración de venezolanos, el éxodo forzado e injusto, la condena del exilio y la ausencia, verdadera desgarradura del alma nacional. Sabían que Chávez había acaparado uno a uno todos los poderes (legislativo, judicial, fiscal, electoral) y enmascarado, con el velo de su discurso, el dispendio sin precedente (más de 800,000 millones de dólares, hasta 2013) que durante sus sucesivos mandatos había ingresado a las arcas de pdvsa. Sabían que los niveles de inflación en Venezuela eran los más altos del continente, que la deuda pública se había vuelto tan inmanejable como la creciente y crónica escasez de alimentos básicos, electricidad, medicinas, cemento y otros insumos primarios (todo ello como resultado de las masivas expropiaciones a las empresas privadas y la caída brutal de la inversión). Y sabían, en fin, que la criminalidad en su país era ya de las más altas del continente. Sus manifestaciones pacíficas se enfrentaron a las balas del régimen. Centenares de jóvenes sufrieron persecución, vejámenes y cárcel. Decenas murieron.

“No hay límites para el deterioro”, había escrito Mario Vargas Llosa en Historia de Mayta, refiriéndose al Perú de los años ochenta. La frase se ajustaba aún más –se ajusta aún– a Venezuela. La caída en el precio del barril de petróleo era solo un factor, pero la ineptitud, la corrupción y el delirio de destrucción incidían aún más en la penuria nacional. La escasez de medicinas y equipo médico era alarmante. La principal angustia del venezolano era abastecerse de alimentos. Los anaqueles estaban vacíos. Las colas en los supermercados eran largas y tortuosas. El ejército apresaba a quien se atreviese a sustraer un pollo. Inventando cada día una nueva teoría de la conspiración, el gobierno de Maduro insistía en que se trataba de una “guerra económica de la derecha”.

A veces la única salida de la tragedia es el humor. Tras una infructuosa “gira mundial” por Rusia, China, Irán y algunos países árabes, en busca de apoyos económicos, Maduro declaró en enero de 2015: “Dios proveerá.” El humorista Laureano Márquez en una carta pública firmada por “Dios” respondió diciéndole: “Yo ya proveí” tierras fértiles, llanos ganaderos, selvas para cultivar cacao y café, ríos caudalosos y navegables, playas turísticas y mucho más: “En el subsuelo les puse las reservas petroleras más grandes del planeta. Tienen también oro, aluminio, bauxita, diamantes […] Les acabo de enviar quince años de la bonanza petrolera más grande que ha conocido la historia de la humanidad.” Al propio “Dios” de Márquez le parecía incomprensible que los chavistas hubiesen convertido Venezuela en una ruina. Por eso rubricó su carta de modo terminante: “Lo siento, hijo, tengo que decirte que tu petición a las finanzas celestiales también ha fracasado.”

En esos años, el drama venezolano había parecido una cuestión de macroeconomía. Pero la crisis no se reflejaba solo en frías estadísticas (por más alarmantes que fueran) sino en imágenes estremecedoras de los pobres en Venezuela, que no podían consultarse en el país, únicamente en las redes sociales. Y algo mucho más soterrado: las torturas y los asesinatos en las cárceles del régimen.

La historia se repite, pensé entonces. Con la sola excepción de Haití, ningún país iberoamericano, ni siquiera México, había sufrido una devastación similar a la de Venezuela en las guerras de independencia. No obstante, habían sido tropas populares venezolanas las que contribuyeron decisivamente a la liberación de la actual Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. En el camino, Venezuela había perdido una cuarta parte de la población y casi toda su riqueza. Venezuela –con una de las mayores reservas petroleras del mundo– estaba en camino de reeditar la historia de hacía dos siglos. Pero nadie acudía en su auxilio.

*

Letras Libres acompañó de lejos, modestamente, aquel viacrucis.3 Muy poco puede hacer una revista literaria para incidir en la realidad. Tampoco un libro o un escritor tienen mayor poder. Sin embargo, sin mayor mérito, movidos por un imperativo político y moral, porfiamos. Sabíamos que quienes corrían los riesgos estaban en Venezuela.

En agosto de 2014 volvimos a dedicarle un número al país de Bolívar, con una portada que reproducía los colores de la bandera: Venezuela alerta. Incluía una entrevista con María Corina Machado en la que la líder, que ya había interpelado a Chávez cara a cara, prendía una señal de alarma: “Venezuela se encamina a un proceso de destrucción acelerado.” Su profecía se cumpliría puntualmente. Me impresionó el coraje cívico de esta mujer. Había sido citada por el ministerio público de Venezuela para declarar sobre cargos que se le imputaban, desde luego de manera falsa. Y Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, la había privado de sus derechos como diputada. Pero cualquiera que leyese esa entrevista tenía claro que María Corina Machado era indomable.4

2017 fue un año dramático. Con ocasión de las marchas multitudinarias en las calles de Venezuela y la brutal represión que las acalló, intentamos hacer un balance integral (social, económico, político) de casi dos decenios de tragedia venezolana. Mi ensayo se tituló, precisamente, “La destrucción de Venezuela” (Letras Libres, marzo de 2018).5 No podía dejar de ser una visión sombría. ¿Había salida? A lo largo de la historia venezolana, llena de guerras civiles y tiranías, los militares habían intervenido para introducir cambios radicales. Ocurrió en 1945, cuando por primera vez Venezuela conoció un régimen plenamente constitucional. Pero fue derrocado en 1948 y lo siguió la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En 1958, un nuevo movimiento militar dio paso al famoso Pacto de Puntofijo presidido por Rómulo Betancourt, admirable demócrata. Siguió la etapa del bipartidismo (1959-1999), que a la distancia tenía claramente más aciertos que errores, pero cuyo orden se había derrumbado –en una suerte de suicidio– para dar paso a la República Bolivariana que ya en 2018 estaba en quiebra total, sin jamás reconocerlo. ¿Era posible un movimiento militar que restaurara la democracia? Esa salida se veía ya tan improbable como la reforma interna del régimen. El mundo seguía alzando los hombros. Venezuela, como siempre, estaba sola.

En 2017, el gran documentalista venezolano Carlos Oteyza y yo concebimos la idea de producir juntos un documental sobre el populismo. Lo llegamos a hacer, y lo llamamos El pueblo soy yo. No era un ataque al régimen, ni una cinta de propaganda: era un análisis puntual sobre el modo en que Chávez había amasado el poder absoluto prometiendo el reino de los cielos, que terminó por convertirse en un infierno en la tierra. El documental fue exhibido en algunas salas de Europa, casi de manera subrepticia. Alguna vez llegará a conocerse.

El año siguiente fue uno muy triste y difícil para Venezuela y para nosotros, sus amigos. Me enteré súbitamente de que había muerto Teodoro Petkoff. Entablamos una genuina amistad. Aquel gran dirigente de la izquierda democrática venezolana sufría una depresión profunda. No salía de su cuarto. Ibsen Martínez, colaborador suyo y gran amigo, me dijo que apenas hablaba. Su semanario Tal Cual –valiente, provocador, lúcido– había dejado de circular en la versión impresa y, aunque mantenía su edición web, desde hacía muchos años era el blanco de la represión bajo la forma de acosos violentos y demandas judiciales. En 2015, Teodoro había tenido la osadía de señalar los nexos de Diosdado Cabello con el narcotráfico. El todopoderoso militar, número dos en la jerarquía de aquel régimen, lo demandó penalmente bajo el cargo de “difamación”. Siguieron otros juicios con “agravantes”. Previsiblemente, el poder judicial –servil, como todos los otros poderes, excepto la casi exangüe Asamblea Nacional– lo condenó a una cruel prisión domiciliaria que él encaró, como todo en la vida, con estoicismo: “Continúo con mi editorial. Los juicios no me afectan en absoluto”, declaró por entonces. Sentía “el deber de resistir”.

Cuatro años después murió Américo Martín. Fue colaborador asiduo de Letras Libres, pero la epidemia del covid logró lo que el infortunio de la política nunca pudo: terminó por derrotarlo. Todavía conservo las grabaciones que me dejaba en su inolvidable voz: “Fuerza, hermano.” Atesoro los libros de aquellos dos viejos guerrilleros convertidos a la democracia. Nada tienen que ver con el populismo que ha usurpado, adulterado y prostituido, ya para siempre, la antigua y noble tradición del socialismo europeo a la que mis dos amigos pertenecían.

Así, víctimas de la tristeza más que del tiempo, fueron cayendo y callando mis amigos venezolanos. Aquellos que había conocido en 2007 y 2008: Simón Alberto Consalvi y Manuel Caballero. Me consolaba saber que seguían en pie tres eminentes colegas: Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta e Inés Quintero.6 Y me admiraba el pundonor de Miguel Henrique Otero y de Antonieta, su valerosa mujer. Había que seguir luchando.

A partir de 2018 también, Letras Libres sufrió el acoso directo del poder en México. No tuvimos tregua. Y, sin embargo, no por eso dejamos de atender la tragedia venezolana. Por mi parte, olvidar a Venezuela era –para usar la imagen bíblica– como olvidar mi brazo izquierdo. Había empeñado muchos años y mucho amor por ese país. Había hecho amigos entrañables. Admiraba su literatura y su arte. Y me dolía en el alma –me duele ahora, aún más– su espantosa destrucción a manos de una camarilla de delincuentes ligados al narcotráfico y cuya única obsesión es mantener el poder cueste lo que cueste. Exactamente como en Cuba, esa “isla de pesadumbre” (como la llamó Alejandro Rossi) que desde hacía mucho tiempo había colonizado –vampirizado– a Venezuela.

Todo ello dolía, pero había una luz incandescente: la estoica bravura de su pueblo. El bravo pueblo venezolano, protagonista de su himno nacional. Y de pronto, ese pueblo encontró una líder a su altura histórica: María Corina Machado.

*

“Algo extraordinario está ocurriendo en Venezuela”, escribí poco antes de las elecciones del 28 de julio de 2024. Había tenido el privilegio de comunicarme con María Corina Machado, aquella líder que había desafiado con argumentos y cara a cara a Chávez, que había resistido el hostigamiento político, jurídico y aun físico del infame régimen. Me transmitió la emoción indescriptible de sus recorridos por su país.

Yo llevaba décadas de no sentir una exaltación similar. La viví vicariamente. Recordé los años ochenta, cuando comenzamos a construir la esperanza democrática en México. “Tú no te imaginas –me dijo– el entusiasmo de la gente. En todos los pueblos por los que paso, la gente me pide que logre reunificar a la familia venezolana: las madres quieren volver a ver a sus hijos, los abuelos conocer a sus nietos. Anhelan un alivio a la miseria, a la represión y la inseguridad, pero quieren vivir sobre todo en libertad. Desean el abrazo de un venezolano con otro venezolano. Sueñan con la reconciliación nacional.”

“Esto no lo para nadie”, repetía en sus mítines, transmitiendo ante todo un admirable valor personal. Impedida a salir de su país, con sus tres hijos exiliados en el extranjero, con el recuerdo de la empresa de su padre expropiada por Chávez, el programa de esta ingeniera industrial con convicciones liberales era importante, pero lo era más su temple y su ejemplo: encarnaba la esperanza.

El evidente atropello del que había sido objeto Machado –en aquel momento de 56 años– al invalidarse su candidatura presidencial no hizo sino fortalecer su legitimidad y popularidad. Marchaba junto a Edmundo González (diplomático y académico de 74 años, candidato de oposición que el régimen no pudo vetar). Todas las encuestas creíbles los favorecían. Llegado el día, a pesar de todos los subterfugios imaginables, Maduro y su camarilla perdieron en las urnas. Previsiblemente, no aceptaron su derrota; esto a pesar de que, con una sagacidad extraordinaria, el equipo formado por González y María Corina había logrado capturar imágenes del 85% de las actas en las que se demostraba de manera palmaria el triunfo irrefutable de los opositores. Siguieron (y han seguido) tiempos de angustia para los triunfadores y sus seguidores. Represión, asesinato, captura, torturas. A pesar del repudio internacional, el gobierno redobló su insania destructiva. Y María Corina Machado se refugió en la clandestinidad.

Tras un año de no ver a nadie ni abrazar a nadie, un año de actividad incesante inspirada por esos rostros conmovidos y esas manos anhelantes que encontró en los llanos, caminos, plazas y ciudades de su país, en una operación de altísimo riesgo que los futuros libros de historia en una Venezuela libre consignarán y los niños admirarán generación tras generación, María Corina Machado salió de la clandestinidad para recibir la gloria universal del Premio Nobel de la Paz.

Todo ocurrió hace unos días. Escribo este texto en vísperas de la Navidad de 2025. El futuro sigue siendo incierto. Dolorosamente incierto. Sé que nunca ha estado más cerca la liberación de Venezuela, pero no estoy seguro de que ocurra pronto, tal como lo requiere el sufrido y bravo pueblo venezolano que hoy vive bajo la inmunda bota del tirano. Pero de una cosa estoy seguro: encabezado por la más grande heroína de nuestro tiempo, el día de la liberación advendrá.

*

Posdata, 3 de enero de 2026. El año nuevo trajo consigo noticias importantes para Venezuela, pero no su liberación. No quiero manchar esta brevísima posdata con el nombre del dictador que purgará sus pecados en esta y otras vidas. Tampoco con el de los truhanes que siguen disfrutando de un poder incierto, quizá temporal, pero a quienes también, con certeza, espera un castigo que seguramente imaginan y temen. La historia, lo sabemos, no suele ser el escenario de la justicia, pero a veces lo es. Yo creo que la justicia alcanzará a Venezuela. ¡Vaya que la merece! Bastará con que recobre la libertad y la democracia. Bastará con que los presos políticos salgan de la cárcel. Bastará con que los archivos empiecen a abrirse y salga a la luz la dimensión del horror de estos veinticinco años. Bastará con que las familias vuelvan a abrazarse.

He vislumbrado ese día. La reconstrucción de Venezuela –cuando llegue– asombrará al mundo. Y veo a María Corina Machado recorriendo el país, asumiendo una labor filosófica y política, en la más noble conjunción de ambas palabras: con espíritu comprensivo, sin la inquina y la venganza que siempre movió a sus persecutores, podrá mirar hacia el futuro para trazar junto con el pueblo venezolano, en un marco de generosidad, prudencia y concordia, el rumbo de los siguientes lustros.

Letras Libres estará ahí para contarlo. ~


  1.  El Universal, Ciudad de México,29 de noviembre de 1998.
    ↩︎
  2. Disponible en enriquekrauze.com.mx, puede leerse en este link.
    ↩︎
  3.  A lo largo de esos años publiqué en varios periódicos (en particular El País y The New York Times) mi seguimiento de Venezuela.
    ↩︎
  4.  Entrevista de Albinson Linares disponible en este link.
    ↩︎
  5. Apareció simultáneamente en The New York Review of Books con el título de “Hell of a fiesta”, disponible en este link.
    ↩︎
  6.  A su generosidad debo el honor de pertenecer a la Academia Nacional de la Historia de Venezuela. ↩︎


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: