Puro glamour XII. El gag eres tú

Un evento importante al que acudir bien vestida, que el móvil se caiga al váter y llegar tarde a un desayuno: nuevas aventuras de Puro glamour.
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El evento era en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y yo llegué con casi tres horas de tiempo. Al salir de la estación, la luz de Madrid y el azul del cielo me dio un poco de melancolía al pensar que ya no era mi ciudad. Luego un ciclista me insultó por no cruzar más rápido y vi a un señor discutir con otro por el portero automático y se me pasó un poco. Crucé varias veces el paseo del Prado, primero quería ir pegada al Prado, luego pensé en subir por Atocha, luego pensé –equivocadamente– que quizá en esa especie de todo a cien de la acera del McDonalds tenían desodorante. Llevaba el ordenador, la cámara de fotos, el cepillo de dientes y un cambio en mi mochila bandolera. Mi compañero de trabajo siempre me dice que la mochila es horrible cuando yo presumo de su resistencia y capacidad. Es verdad que es, digamos, brutalista. Está hecha con lona de camión, y las asas son del mismo material que los cinturones de seguridad de coche. Él siempre me dice que es feísima y yo le digo que lo que tiene es envidia. Mi compañera de trabajo y yo nos habíamos cruzado mensajes toda la semana sobre qué ropa ponernos: vestido o no, tacones, botas, etc. Me arrepentí de haber vendido mis botines negros, habrían sido perfectos para esto. Llevaba en cambio unas botas un poco más bastas, pero cómodas. Con ellas podía acelerar el paso al cruzar los semáforos a punto de ponerse rojos, dar saltitos como si quisiera en realidad llegar más alto, no más pronto. En la puerta del Caixaforum había gente arremolinada: eran los padres que esperaban que sus hijos salieran del colegio que hay en la esquina. Al final compré el desodorante en un chino frente al congreso de los diputados, como me había mareado un poco en el tren me compré una chocolatina que me recordó un poco a cuando era estudiante y no me daba tiempo de comer porque se me solapaban las clases. 

La sala era bastante grande, nos daba un poco de vértigo que no se llenara, pero me entretuve mirando la luz que entraba por las ventanas y así se me pasó el susto. Dejamos ejemplares del último número de la revista en las sillas, fui simpática con los técnicos –no conseguía que el cartel se proyectara como él quería, le parecía que podía quedar mejor y se esforzaba mucho–. Llegaron mis compañeros de la revista: mi compañera y yo íbamos vestidas bastante igual, aunque sus botas eran mucho más finas, no tenían ese toque entre militar y basto de las mías, estaban mucho más limpias y parecían más nuevas. Nuestro compañero había elegido unas deportivas de las que, por supuesto, nos burlamos. Quizá nos reíamos un poco de él porque en realidad nos sentíamos tontas habiéndonos preocupado tanto por nuestro atuendo. Da igual, sois escritores, dijo el editor, y sonó muy liberador, la verdad. 

Llegaron los chicos que iban a grabar el evento. Me los imaginaba haciendo skate o videoclips, tenían un rollo como de Los rompecorazones, esa serie que fue un sumideros de mis mañanas de fin de semana en mi adolescencia, que no dediqué a leer ni a ser mejor persona. 

Estaba pensando no eso exactamente pero casi: qué hacía yo allí hablando con exministras, gente listísima y preparada, que da clase de historia del pensamiento o política internacional, se interesaban por mí como si yo tuviera algo que decir mientras intentaba disimular mi ignorancia con cierta simpatía. Me sentí muy aliviada cuando una me preguntó si había agua: tenía una misión que me sentía capaz de cumplir. No había más botellines de agua. Del grifo, dijo mi exministra. Busco un vaso. Con la mano, dijo. Yo prefiero un vaso si tienes. Y volví con una copa. Las acompañé al baño y allí me puse tan nerviosa que lancé mi teléfono móvil al vater. Lo saqué y lo sequé y la pantalla se fue borrando poco a poco, aún veía los mensajes que me entraban, los correos que llegaban, pero no podía desbloquear el teléfono. Lo primero que se pierde es el táctil. Salí del baño y pedí reunión con mis compañeros: no tengo teléfono, no tengo datos para enviar las fotos ni la crónica. Mi compañera me dejó que escribiera a mi novio para avisarle. Respondió con más ja ja de los que caben en dos líneas. Al menos no estaban en mayúsculas. 

Sin móvil me sentía liberada, tanto que dejé mi mochila en una de las mesas de la azotea, donde se celebraba el cóctel, y fui de grupo en grupo parándome aquí y allí, en parte buscando, en parte huyendo. En la mesa de los jóvenes volvimos a bromear sobre las zapatillas de mi compañero. En la mesa de los medianos dije que las luces de Cibeles eran una horterada. De camino iba interceptando copas de vino, y me enteré del nombre de uno de los camareros –eso siempre facilita que te pongan una copa más y además impresiona a los demás–. Once waitress, always waitress; le dije a mi compinche cuando conseguí esa última copa que nuestro camarero había negado a todos los demás. 

Mi mochila brutalista seguía en su banqueta con el ordenador, la cámara de fotos, mi cepillo de dientes, mis gafas y mi teléfono roto. Mi compañera se acordó de que tenía un teléfono que no usaba, me lo podía prestar para que no estuviera incomunicada. Me escurrí un poco de su ofrecimiento porque quería disfrutar un poco de mi desconexión impuesta. Quizá el teléfono no se me había caído de nerviosismo, quizá en realidad me estaba liberando y quería estar tranquila sin mensajes. Luego me acordé de que tenía el billete de vuelta en el teléfono y que quizá si necesitaba el teléfono que me ofrecía mi compañera. Además, eso abría una nueva misión: ella iba hasta su casa y me enviaba el teléfono en un taxi. Avisaría a otra de nosotras, le daría su contacto al taxista para que la llamara cuando llegara. La fiesta ya estaba acabando. Un rato después, bajamos a la calle. Mirábamos a un lado de la calle y mirábamos la pantalla de mi amiga a la que mi otra amiga había enviado una foto con el número de matrícula del taxista, que sin embargo, llegó caminando. Dio el nombre de la amiga que estaba conmigo, le dio la bolsa con el teléfono y me dijo que mejor le pagara en efectivo. Me pidió 20 euros y yo me alegré de haber sacado dinero en el cajero unas horas antes. 

Encender el teléfono fue fácil. No hay nada comparado a la promesa de felicidad que ofrece un iPhone listo para ti. Alguien había augurado que mi tarjeta SIM habría quedado ilegible, pero se equivocó: en unos segundos, toda mi vida estaba dentro de ese teléfono prestado y de nuevo al alcance de mis dedos. Avisé a mi amiga, le di las gracias y me di cuenta de que no quería ir donde estaba yendo y me di la vuelta. 

Dormí en la litera de abajo, en la cama de mis sobrinos. Las estrellas que brillan en la oscuridad bailaban frente a mí poco antes de que me levantara para ir a vomitar. Un rato después iba en un taxi en dirección al Café Comercial, donde había quedado para desayunar. Al pasar por la plaza de Colón y ver el edificio del enchufe sin el enchufe, me acordé de una amiga. Pensé en mandarle un audio pero me dio vergüenza: esperé a estar ya de vuelta en Zaragoza, caminando por el Paseo de la Independencia para decirle que me había acordado de ella. 

Unas semanas después en un libro de Annie Ernaux leo esto: “¿Vivo de manera diferente porque escribo? Sí, pienso que sí, incluso en lo más profundo de mi dolor. Pero no siempre: ese es el drama”. Soy la otra cara. Y resuena en mi cabeza un comentario que me hizo Sergio Algora sobre un cuento mío que leyó en 2007: “El gag eres tú”. 

*La última foto que se hizo con el teléfono que poco después cayó al váter. Las circunstancias en las que se cayó no han sido aclaradas.

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