Foro: Andrea Domeniconi / SOPA Images via ZUMA Press Wire

Irán y la lucha contra el vacío (parte 2)

Aunque las protestas en Irán parecen haber disminuido, volverán a surgir con todo y el aparato de represión. Ninguna de las razones de la rabia pueden resolverse sin un cambio al sistema entero.
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El humo todavía impide una mirada completa sobre Irán. Su forma es la impuesta por el bloqueo de comunicaciones. Durante días, imágenes y voces apenas alcanzaron a salir por medio de señal satelital. Testimonios entrecortados a manera de prueba de vida, si acaso suficientes para dar respiro a diásporas con familia en el país de origen. También de muertes y ausencias. Algunas imágenes de la represión escaparon al silencio ordenado por el régimen. Aún no hay vías regulares y estables para estar en contacto. El lunes, un funcionario avisó que el internet regresará gradualmente para el fin de semana. En el mismo anuncio también dijo que el bloqueo continuará.

Fuera de Irán, una disputa alrededor del número de asesinados por la dictadura intenta aclarar lo atroz, casi como si dos mil muertos fuesen más admisibles que cinco o doce mil. Es claro que la brutalidad se jerarquiza a partir del saldo, pero suponer que semejante salvajismo puede tener mejor cara es ocio de la indiferencia que quiere matizar lo inmatizable. Declaraciones oficiales responsabilizan de su muerte a quienes protestaron. Les acusan de amenaza nacional y convierten en enemigos para justificar sus disparos.

Los canales digitales de propaganda no interrumpieron su oficio. Su destinatario son grupos y medios de comunicación en la región. Me asomo a uno de ellos. Lo hago cada tanto para medir, por oposición, a partir de su énfasis e insistencia en ciertos relatos, la dimensión de las situaciones en Irán contrarias al gobierno. Rara vez falla. Son predecibles hasta el aburrimiento. Supongo, también se dirigen a las afinidades del gobierno iraní y sus aparatos. En esta ocasión, el tercer día de bloqueo mostraron imágenes espectaculares de mercados con frutas y vida normal en las avenidas, donde sé que los comercios cerraron y la normalidad son vehículos militares desplegados para controlar la desesperación y el hartazgo.

La escenificación de una cotidianidad aceptable quiere, con torpeza, ser un ejercicio más del ketman que modela la estructura mental del poder iraní. Se trata de un recurso retórico perfeccionado en el persa que busca disimular la verdad con partes de esta –a la versión paralela en el árabe se le conoce como taqiyya–. Una especie de entrega a la posverdad o realidad análoga contemporáneas, que se ven desde hace tiempo y tienen a sus grandes exponentes en Washington y otras democracias en deterioro.

Algo de ello hay en la dualidad del funcionario alrededor del regreso de las comunicaciones. En el ketman se cambian los códigos de una interlocución. Quien lo usa cree que no miente, aunque lo haga a vista del conjunto. No niega los elementos, solo modifica la lógica para referirse a los sujetos. Así, los asesinados dejan de ser iraníes en protesta y pasan a ser terroristas, agentes externos o enemigos de la sociedad. La aceptación oficial de los primeros miles de cuerpos era cinismo y estrategia para el miedo, bajo los modos del ketman.

Siempre he pensado que, para intentar comprender las lógicas políticas medio orientales, pero en especial las de los personajes producto de la revolución de 1979 en Irán, es imprescindible entender este instrumento que busca mantener el control sobre el discurso. Pero hasta el ketman tiene límites. Si Jamenei y su círculo siguen esta ruta de razonamiento, lo hacen en un mundo muy distinto al que existió cuando les había funcionado para depositar en él algunas de sus nociones de supervivencia. Los llamados a la defensa ideológica de la República Islámica hacen poco eco en una sociedad, donde la brecha generacional importa, secularizada en respuesta a la imposición religiosa. El componente político atrás de un discurso contrario a Occidente tampoco encuentra el receptor que pueden imaginar las palabras de Jamenei y los suyos, o no lo hace como él cree y quiere.

Paradójicamente, mientras Occidente es víctima de un ketman propio bajo la conducción de un Washington seguro y con convencidos de sus ilusiones, el país que tiene historia en su empleo resiste a su curso local.

Difícilmente discutible es que estas protestas son las más grandes en mucho tiempo. Llegaron a provincias y zonas lejos de las ciudades principales. Los testimonios de represión fuera de Teherán dan idea de su dispersión. A diferencia del Movimiento Verde o las manifestaciones desde 2009 hasta 2022, donde eran identificables grupos específicos, ya sean mujeres o jóvenes, esta vez abarcaron todos los sectores de la población.

La violencia apagó su momento inicial, una vez más. Pero la frecuencia en las olas de protesta, menos distantes unas de otras, da avisos que, con todo y el aparato de represión, volverán a salir. Ni una sola de las razones de la rabia y la angustia pueden resolverse a estas alturas sin un cambio al sistema entero.

Si antes las exigencias eran por reformas, desde 2009 crecen los llamados en las protestas que cantan “Muerte al dictador” y consignas similares. No son nuevas, sino más frecuentes. También aumentaron de forma notoria las consignas a favor de Reza Pahlavi, el hijo en el exilio del sha depuesto en 1979. Por transformarse en una figura recurrente, al interior y fuera de Irán, el rigor obliga a observarlo.

Mi antipatía hacia él proviene de su distancia al movimiento Mujer, Vida y Libertad, su poco interés en derechos humanos, de la falta de una estructura jerárquica que le acompañe para plantear opciones de gobierno, así como de la ferocidad y violencia de sus seguidores contra los opositores no monarquistas (asunto que ha mostrado le tiene sin cuidado). Ninguna de mis molestias importará si él aprende algo de las protestas que, aunque mermadas, aún no claudican. Lo primero que podría hacer es alejarse de las ideas de intervención estadounidense. De Tel Aviv a Riad surgieron rechazos a la posibilidad, cada uno por sus razones. Los riesgos no entran al terreno de lo manejable.

Pensar excesivamente en el instante es una cualidad muy propia de Occidente, más hoy. En Medio Oriente y sus cercanías es indispensable hacerlo en miras a los años siguientes. Una intervención, cualquiera de las varias posibles, tiende a quedar en un ahora demasiado estrecho. Eso, por definición, no lleva a la democracia.

En Siria, Assad tuvo a Jamenei para ejercer toda la fuerza contra la calle. El ayatola no tiene a nadie externo para ir “full Assad” de manera sostenida. Ni siquiera a Moscú, y China parece limitarse a la compra de combustible barato o entregarle suministros de infraestructura. Esto le hace dependiente de la solidez de sus filas. Ni las protestas o la respuesta contra ellas ocasionaron deserciones relevantes. El sistema se cuida a sí mismo. No solo al Líder Supremo. Niveles intermedios de la cadena aún no constituyen parte integral de la red de complicidades, por lo que las oposiciones podrían acercase a ellas. Falta construir ese camino, si es que lo buscan. Este es uno de los varios aprendizajes que la oposición a la dictadura iraní puede plantearse. ~


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