A finales del año pasado asistí a uno de esos episodios ligeramente delirantes que solo pueden ocurrir en una feria del libro: la presentación, en Bakú –capital de Azerbaiyán–, de un poemario de Jorge Rodríguez. Me refiero, claro está, al Jorge Rodríguez que preside la Asamblea Nacional de Venezuela, no al poeta puertorriqueño del mismo nombre. Desde hace años, Rodríguez acumula un poder visible dentro del chavismo, de modo que no sorprende que el embajador venezolano quisiera congraciarse con quien se perfila, junto con su hermana Delcy, como el próximo hombre fuerte del país. Hace ya medio siglo Edecio de la Riva sostuvo en su clásico Elogio de la adulancia (1980) que el arte más desarrollado de los venezolanos era “jalar mecate”: sobar la chaqueta, hacer la pelota, chupar las medias, pasar el cepillo o cualquiera de esas expresiones con que latinoamericanos y españoles nos burlamos de quienes buscan afanosamente ganarse el favor de un superior.
En esa lógica cortesana, no resulta extraño que Christopher Martínez Berroterán hiciera traducir al azerí Río quemado, el libro en el que Rodríguez evoca la memoria de su padre, el guerrillero Jorge Antonio Rodríguez, muerto en 1976 bajo custodia de la DISIP de Rafael Caldera. Lo que sí deja perplejo es constatar –una vez más, y con cierto cansancio– que la libido literaria puede ser más avasalladora y más subyugante que la libido sexual.
El azerí es una lengua hablada por unos diez millones de personas. Su prestigio literario en el mundo occidental es, siendo generosos, casi nulo, y tampoco constituye un horizonte de mercado para un autor latinoamericano, por más modesto que sea. ¿Por qué, entonces, alguien se empeñaría en ser traducido a ese idioma? Más allá de la vanidad –que siempre ronda estos gestos–, cuesta encontrar una motivación racional. Desde cualquier perspectiva práctica, parece una de esas lujurias sin propósito que despierta el simple hecho de ver el propio nombre impreso en otro alfabeto: un capricho íntimo elevado a la pompa de la justa literaria o el boato diplomático.
Rodríguez también ha escrito cuentos y una novela policiaca, El mar que me regalas (2023), publicada en Colombia por el FCE de México y que vale la pena mencionar por razones digamos coyunturales. Empieza con un hombre que duerme en su casa de Caracas cuando, de pronto,
una masa inmensa, con una máscara de lucha libre mexicana y una pistola en la mano, se abalanzó sobre él con la fuerza de una ola gigante y le metió una patada de karate en el plexo solar. Paul solo pudo emitir unos cortos bufidos, como si hiciera gárgaras, mientras la mole le gritaba: “Cállate, colabora o te quiebro aquí mismo”.
Antes de especular con que la realidad imita al arte, convendría recordar que la relación entre el poder absoluto y la escritura es una de esas rarezas humanas que iluminan más de lo que oscurecen. Resulta casi enternecedor –y a la vez profundamente inquietante– que hombres capaces de decidir la vida o la muerte de millones sientan la necesidad de someterse al juicio incierto de la literatura. En sus gabinetes controlan cada gesto, cada silencio, cada decreto; en la página, en cambio, cualquier lector futuro podría reírse de ellos. Y aun así porfían. ¿Por qué? ¿Qué empuja a ciertos líderes autoritarios a incursionar en un territorio donde, paradójicamente, tienen menos dominio que en la realidad que gobiernan?
El fenómeno es vasto y atraviesa ideologías, regiones y épocas. Podría recopilarse un centón –terrible y fascinante– con los textos de esos hombres que gobernaban con mano de hierro y, al caer la tarde, se entregaban a lo que en otros tiempos se llamaba el solaz del guerrero. Stalin, por ejemplo, fue antes que nada un joven poeta romántico en Georgia: publicó versos sobre la naturaleza y la identidad nacional que durante décadas se leyeron en las escuelas, aunque prefería ocultar ese pasado, como si la poesía no armonizara con la imagen de hombre despiadado que luego lo haría temible.
Mao Zedong, en cambio, abrazó sin pudor su vena literaria. Cultivó la poesía clásica china, evocó en sus textos el alto estilo de las dinastías Tang y Song y convirtió sus versos en parte del ceremonial político: el poeta guerrero, una imagen diseñada para humanizarlo sin menguar su aura casi sobrehumana. Todavía hoy, en muchas casas de América Latina, se conserva su venerado Libro Rojo junto a Mao y la Revolución china, el libro de Jerome Ch’ên, en cuyas páginas finales más de un joven airado del continente creyó descubrir –para su íntimo regocijo– el arrebatado estro del Gran Timonel.
Saddam Hussein llevó esta tendencia un paso más allá y se volvió novelista en los últimos años de su dictadura. Zabiba y el rey es quizá su intento más ambicioso: una alegoría sentimental donde él se representa como un monarca sabio y la nación iraquí adopta la forma de la bella Zabiba. (Ah, asunto exquisito: el tirano como autor de novelas rosas de propaganda). Muamar el Gadafi también quiso dejar su huella literaria con El pueblo, la ciudad y otros relatos, una colección que mezcla un existencialismo de saldo con admoniciones contra la modernidad urbana; una prolongación narrativa del Libro Verde, aunque con un barniz esteticista. Y aún más extremo fue el caso de Saparmurat Niyazov: su Ruhnama –a la vez catecismo, autobiografía y poema épico– se convirtió en lectura obligatoria incluso para obtener la licencia de conducir. Una Biblia estatal escrita por el propio profeta-presidente.
A esta galería habría que añadir, sin forzar su lugar, a Daniel Ortega. Su relación con la literatura es distinta de la de Mao o Stalin, pero resulta igualmente reveladora sobre cómo el poder absoluto interactúa con la cultura en un país de profunda tradición poética como Nicaragua. Ortega no es, estrictamente hablando, un autor prolífico, pero su trayectoria literaria tiene dos momentos que merecen atención. Durante los siete años que pasó en prisión bajo la dictadura de Somoza, escribió una poesía ajena a la lírica idealista de otros revolucionarios latinoamericanos. Sus versos de entonces –poemas como “En la prisión” o “Pasá el chuzo”– son crudos, escatológicos, cargados de resentimiento. Describen la tortura, el aislamiento y la degradación física con una franqueza que, según dicen las malas lenguas, su esposa Rosario Murillo ha intentado hacer desaparecer de la memoria pública, pues muestran un lado sombrío que no encaja con la imagen oficial del “Comandante de la Paz”.
La otra etapa es menos íntima y más instrumental. Nicaragua es, por excelencia, tierra de poetas –Darío, Cuadra, Coronel Urtecho–, y Ortega supo apropiarse de esa tradición durante los años ochenta. Bajo su primer gobierno proliferaron talleres de poesía en cuarteles, fincas y cooperativas: una suerte de pedagogía estética de la revolución. Ortega no participaba en ellos como creador, sino como autoridad simbólica, como el patrono que definía qué era poesía revolucionaria y qué no. La literatura se convertía así en emblema de identidad estatal y, al mismo tiempo, en un dispositivo de control cultural.
Nada de esto es casual. El impulso literario de los autócratas responde a mecanismos psicológicos y políticos muy precisos. Por un lado, está el deseo de, como se dice ahora, “controlar la narrativa”. El dictador domina el presente mediante la fuerza, pero la literatura promete algo todavía más preciado: dominar la memoria. El poema o la novela funcionan como monumentos de papel. En ellos el dirigente fija su versión del mundo y de sí mismo, se erige en arquitecto intelectual de la nación y aspira a ser recordado no solo como administrador brutal, sino como maître à penser.
A este impulso se suma un narcisismo que no admite fronteras. El tirano está convencido de que, si es el mejor estratega y el mejor político, también debe ser –por la lógica expansiva de su propia grandiosidad– el mejor poeta, el mejor filósofo, el mejor narrador. Escribir se convierte en la prueba final de su superioridad moral e intelectual, la coronación simbólica de su omnipotencia.
Pero hay algo más inquietante aún: para los tiranos la literatura no es más que un instrumento de control político. En los regímenes autoritarios, los textos del líder adquieren carácter sagrado. Leerlos no es un placer ni una elección, sino un deber cívico. De ese modo el poder coloniza la imaginación; ya no gobierna solo los cuerpos, sino también las mentes. En el Foro de Yenán sobre arte y literatura de 1942, Mao observó que “El arte no nace del cielo como el rocío de la mañana; llega, más bien, por invitación del Comité”. A quienes lo escuchaban les pareció un apunte gracioso y gentil, de ningún modo –¡cómo se les ocurre!– la confirmación de que la libertad de imprenta equivalía a escribir según el gusto del gobierno.
Lo más llamativo, sin embargo, se revela en la forma. Que la literatura de los dictadores sea mediocre no es fruto del azar: es una falla de origen. La gran literatura prospera en la ambigüedad, en la duda, en el almacén de sombras del alma. El autócrata detesta precisamente esos claroscuros. Necesita que todo sea definitivo, luminoso, rotundo. La duda es una amenaza política y, por extensión, una amenaza estética. Por eso sus novelas y poemas prefieren la simpleza edificante, la línea recta donde nada escapa al control y todo tiene una solución previsible. No hay personajes complejos, sino alegorías obvias. No hay conflictos auténticos, sino moralejas. Lo que para un escritor genuino es territorio de exploración, para el tirano es apenas una plataforma adicional para la propaganda.
Se dirá que Jorge Rodríguez intentó evitar esos males incursionando en la novela negra, género mal avenido con las dicotomías fáciles. Vana ilusión. Como ha recordado Leonardo Padura, en Cuba –la patria espiritual de Rodríguez– tanto la novela negra como el género policíaco fueron durante décadas instrumentos ideales para reforzar el mito del enemigo interno y exaltar al detective leal al Estado: una literatura del orden público más que de la ambigüedad moral. En El mar que me regalas, Rodríguez sitúa su ficción “en esa Venezuela del pasado, tan reconocible como imaginaria, comandada por un dictador débil y crepuscular, sacado de otro tiempo”. Resulta realmente insólito que ni él ni los lectores que se asoman a sus páginas adviertan las coincidencias –la exactitud– con el presente que ahora habitamos. ~