Carta desde Santiago: Julio Iglesias y la normalidad

Todos supimos siempre que detrás del galán podía habitar un sexópata y que detrás había un hombre que supo temprano manejar un mito.
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Normalizar debe ser uno de los neologismos más irritantes de una época en que estos no faltan. Implica la idea de que en 2026 tendríamos un criterio mejor y más justo para entender lo que entonces, pobres niños abusados, pobres ignorantes de las maldades del poder, no entendíamos. Inútil es sugerir que en 2026 gobierna un presidente convicto por abuso sexual que espera no se publiquen fotos con menores de edad en la isla de uno de sus amigos pedófilos. Menos útil aún recordar que parte de esas conciencias mejores que ya no normalizan el abuso defienden o prefieren no atacar el régimen de los ayatolás donde se mata a mujeres por sus peinados. Lo cierto es que a raíz de los posibles delitos que Julio Iglesias hubiese cometido en su propia isla, todo tipo de animadoras, modelos, tertulianos explican que habían llegado a “normalizar” una serie de conductas que hoy les parecen no solo anormales sino delictivas, enfermizas, peligrosas o simplemente repugnantes.

Pero ¿fue alguna vez Julio Iglesias normal? Su hábito de besar a casi cualquier mujer que se le pasara por delante nunca fue normal, ni común, ni banal porque nunca Julio Iglesias fue común, normal y banal. Siempre bronceado, siempre feliz, siempre en posición de conquista, hasta su forma de cantar exprimiendo el micrófono para luego alejarlo, acariciarlo, olvidarlo fue cualquier cosa menos normal. Como tampoco era normal la ausencia de su voz, una voz que era espectacular justamente por su falta de espectacularidad, los ojos cerrados, la cabeza echada para atrás, sin forzar ni un poco las cuerdas vocales, anterior al gemido, como si simplemente se revolcara en el recuerdo de las hembras espectrales y muy morenas que sus dedos seguían recorriendo en el aire en todo momento. Julio Iglesias siempre fue un monstruo pero nunca fue un demonio. En Chile llegó a comienzos de los setenta como una especie de reverso franquista de Joan Manuel Serrat. Pinochet lo agasajó sin disimulo y el cantante prometió llamar Chile a un hijo suyo. No volvió en muchos años, ni llamó Chile a ningún hijo suyo, pero cuando lo hizo su relación con la dictadura ya le había sido totalmente perdonada porque él mismo la presentaba como un juego sin fronteras, una consecuencia no tan feliz de su incapacidad de dejar de seducir, de dejar de cantar y de ser el hombre que amaba a las mujeres y que las mujeres tampoco pueden dejar de amar.

No es que no hubiera dolor en su vida y en sus canciones, la mayor parte de ellas escritas por Manuel Alejandro, un hombre común con pasiones comunes que en voz de Julio se reencarnaban en pasiones únicas, fuera del tiempo y el espacio. Pienso en “Hey”, que habla con suave rencor a la que lo dejó con un cinismo que muestra mejor el corazón que quiere esconder. Pienso en la vez que confesó que se le olvidó vivir, que es quizás lo que mejor lo describe, un hombre que es uno solo con su personaje que a la vez es una sola cosa con sus canciones, apasionadas pero nunca febriles, enamoradas pero nunca del todo entregadas, los ojos cerrados, la música suave, la corbata de caballero pero el pelo suficientemente largo para sugerir una oculta bohemia. No joven como Bowie o Jagger, no viejo como Sinatra o Dean Martin, solo el sueño de mediana edad que la señora en su casa sueña y que él mismo va soñando delante de ti.

Recuerdo cómo en París los exiliados chilenos comprábamos sus discos solo para reír de su infame acento en francés. Un acento que justamente se parecía al nuestro pero que nos parecía doblemente ridículo en esta especie de muñeco franquista. Pensábamos, equivocadamente, que los franceses también compraban sus discos para reírse de su idioma, pero no contábamos con esa parte de sueño que encarnaba a la perfección la silla de mimbre con forma de pluma de pavo real, la famosa silla Emanuelle, en que se sentó en la portada de su álbum más icónico El amor, de 1975. Bastaba eso y susurrar “Vous les femmes” en un francés de contrabando para que estas “femmes” cayeran bajo el encanto suburbano de ese hombre que encarnaba mejor que nadie no solo el galán latino, sino la idea de latinidad, los restos del imperio romano, la sólida pasión del Mediterráneo entero, desde Algeciras a Estambul pasando por Ciudad de México y Buenos Aires. Algo que de manera paralela encarnaba en el mundo de la cultura el boom latinoamericano con su propio Julio Iglesias, Mario Vargas Llosa, que terminaría emparentado por esos azares nada azarosos del sexo y el matrimonio.

Nadie normalizó nunca a Julio Iglesias, todos supimos siempre que detrás del galán podía habitar un sexópata y que detrás de ese galán y de ese sexópata había un hombre que supo temprano manejar un mito, ese mismo: el imperio latino, la idea de algo llamado así, lo latino. Había en eso, por cierto, un componente político, o geopolítico no menor y Julio Iglesias supo jugar también ese juego. Infinitos son los incidentes diplomáticos en que Julio Iglesias jugó un papel no siempre secundario. Sus declaraciones, mezcla de ingenuidad con locura, a veces demuestran también la enorme sensatez de quien supo que le tocaba además ser la voz de un sur global que suele solo hablar desde la queja y el enojo. Él no, claro. En Estados Unidos, como en Francia su falta de idioma, y su escaso poder vocal de más que escaso rango emocional, conquistó porque nunca se negó a ser hasta el final lo que parecía. Un galán, claro, un truhán también. Un truhán y un señor, un señor porque es un truhán, un truhán para ser un mejor señor. Un mal marido, un padre ausente, que le canta sin demasiado problema a toda suerte de narcos, sicarios o presidentes de sindicatos mexicanos. Un hombre que no tiene escrúpulos porque tampoco siente culpa, porque todo eso mismo lo canta, el hombre que se va, que huye, que no puede quedarse pero que lleva consigo heridas que no confiesa, tropiezos que nadie ve. Dolor y amor de los que debe sobreponerse para seguir en la carretera.

Mientras estuvo en esa carretera, mientras sirvió el propósito de ser el latino que vende casi tantos discos como Michael Jackson y canta de igual a igual con Sinatra o Pavarotti, su monstruosidad le fue perdonada. A nadie le pareció normal que se jactara de hacer el amor tres veces al día porque todos vieron la sonrisa con que lo dijo. Una sonrisa que dejaba en claro que esta era una más de sus mentiras, o de sus exageraciones infantiles. Una sonrisa que nos incluía en su juego. Viejo, decadente, encerrado en su isla, sabemos que está fuera de juego y podemos permitirnos destrozar su legado o lo que sea que haya dejado tras de sí. Importa poco que las acusaciones que pesan sobre él sean ciertas o no, Pablo Iglesias puede vengarse de la infamia de llevar el mismo apellido del español más famoso del mundo y tirar al tacho de la basura el cantante y el ídolo, el símbolo y lo que simboliza, olvidando que su forma de vivir en el suburbio en que vive es también herencia de Julio Iglesias y que parte del poder e influencia que ha alcanzado en Latinoamérica se debe a la reconquista de América suave, dulce y gentil que Julio emprendió casi solo.

Lo que se ha ido normalizando en estos años es justamente la crueldad y su cinismo. Lo que se ha normalizado es la sensación de que lo que ya no es útil ya no merece ni respeto, ni memoria, que todo es lo que yo necesito hoy. Y nadie necesita a Julio Iglesias. Si las acusaciones son ciertas es hoy por hoy un anciano decrépito y lujurioso que explota sin piedad a jóvenes dominicanas. Uno de tantos que hacen lo mismo y dirigen el mundo. Uno de tantos a los que se les perdona todo eso porque dirigen el mundo. 

En 2026 Julio Iglesias no dirige nada y conviene entonces descubrir que nunca lo quisimos, lo necesitamos, que nunca lo escuchamos, que nunca lo besamos ni menos soñamos que nos besara. Eso sobre todo, porque de todos los besos que dio, lo que no perdonamos no son los robados, sino los que nos dejó debiendo.


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