Voy en un taxi de camino al aeropuerto de Barajas para coger un avión a Bilbao y, parada en uno de esos frecuentes pequeños atascos que te hacen sudar y temer siempre por tu vuelo, recuerdo con horror que llevo una navaja en el bolso. El horror nace de que es una navaja a la que le tengo mucho cariño, porque me la regaló una persona muy querida que la compró en Albacete, y con mucha pena me doy cuenta de que no hay ningún modo de que pueda colarla en el control de seguridad. Hago un esfuerzo por desplegar mi imaginación y pensar en todas las posibilidades. ¿Podría tal vez esconderla en algún baño y recogerla después? ¿En alguna alcantarilla? Pero entonces miro al taxista y encuentro la solución. Le pregunto: “Oye, ¿puedo pedirte un favor?” Como lo digo con voz un poco de pito y voy vestida de una manera que hace creer que tengo mucho más dinero del que tengo, el taxista intuye que voy a pedirle algo que no le va a hacer ninguna gracia, alguno de esos caprichos estúpidos de los clientes.
Entonces, teatralizando un poco, empiezo diciéndole: “Verás, llevo una navaja en el bolso”. Y capto su atención al instante. Le propongo dársela y que él la deje en su bar o cafetería de confianza, y cuando yo vuelva a Madrid iré a recogerla adonde la haya dejado, a Villaverde Bajo o Lucero o Aranjuez o donde haga falta. A él, la propuesta, y mi manera de hacerla, en un tono entre apurado, excéntrico y risueño que sé muy bien cuándo y cómo utilizar, le divierte muchísimo, y me dice que apunte su teléfono y le diga cuándo voy a volver. Él vendrá a recogerme y me devolverá la navaja. De modo que así lo hacemos. Al día siguiente, yo vuelvo a Madrid y el taxista, llamado Juan Pablo, está esperándome a la hora acordada, me devuelve la navaja y me lleva a casa.
Estas son el tipo de historias que me ocurren todo el tiempo y que al contarlas entre cervezas siempre animan el ambiente. Vivo en una vorágine disparatada de coincidencias y encuentros surrealistas, y he tenido que luchar mucho por no convertirme en una chifladita manic pixie dream girl tocada por la magia de un hada loca. He luchado contra ello y sé que he fracasado un poco en el intento, pero no pasa nada. Desde entonces, veo todos los días los estados de WhatsApp de Juan Pablo Taxista (así lo apunté), y siempre sube frases como de El club de la lucha a las que yo les hago una captura de pantalla.
Frases con tipografías terribles que dicen cosas como: “Estamos ante una generación de gente emocionalmente débil, donde todo debe ser suavizado, porque todo es ofensivo… Incluida la verdad”, o “Si no esperas nada de nadie, nunca estarás decepcionado”. Esta última, la pone firmada por Sylvia Plath, y cuando busco en Google si Sylvia había dicho, de hecho, eso, aparece que sí: es una frase de La campana de cristal.
Con mi preciada navaja de nuevo en el bolso, me paseo por un Madrid primaveral que me hace estornudar. Un sábado por la tarde, consigo a última hora una entrada en cuarta fila para ver la obra Bérénice de Romeo Castellucci, interpretada por Isabelle Huppert. Voy sola, dispuesta a conmoverme con ese monólogo de desamor. Sentada en el asiento, antes de empezar, evoco mis años de carrera, cuando estudié las obras de Jean Racine y se me quedó grabado un verso en particular que decía: “Y que el día amanezca y que el día agonice / que no volverá a ver más nunca Tito / a Berenice”.
Se apagan las luces, aparece Huppert en el escenario, se pone a sollozar con la voz distorsionada y pienso: “De todas las cosas que tengo en la vida, lo que más tengo es suerte”. Detrás de ella, en momentos puntuales de la función, aparecen una serie de hombres a los que nunca se les ve del todo, y que se mueven como soldados o fantasmas. Casi al final, estos hombres se desnudan y se ponen en fila, y de pronto reconozco a mi amigo Fredi. Me río por dentro pensando: “¿Qué demonios hace Fredi ahí, desnudo junto a Isabelle Huppert?”. Fredi, Alfredo Noval, es un actor fantástico, y por eso está ahí, claro, desnudo junto a Isabelle Huppert, pero yo no tenía ni idea de que actuaba en Bérénice.
A la salida lo espero, lo felicito, nos abrazamos y vuelvo a mi barrio. Mis amigas están en una terraza, gritando, riéndose y golpeando la mesa con el puño. Me siento. Hago lo mismo. Ese es mi sitio. Justo antes de dormir, después de un día perfecto, la última frase que leo, en Mi nombre es Aram de William Saroyan, una frase con la que después creo que sueño, es: “El espacio aéreo de esta tierra solo conocía la presencia de halcones, águilas y auras. Era una zona de soledad, vacío, verdad y dignidad. Era la naturaleza en su manifestación más soberbia, seca, solitaria y hermosa”.