Quentin Tarantino y los caprichos del autor

“Kill Bill: The whole bloody affair” muestra lo que ocurre en el paso de un joven director que necesitó límites para alcanzar su mejor forma al autor consagrado que ya no los reconoce.
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Esta reseña iba a comenzar con el nostálgico recuento de una anécdota de adolescencia. Cuando Kill Bill: Vol. 1 (2003) se estrenó yo tenía 14 años y aspiraba a ser cinéfilo. Por supuesto, había visto Pulp fiction (1994) y estaba muy interesado en ver la nueva película de aquel director, Quentin Tarantino. Una buena tarde, caminé solo al cine a cuatro cuadras de mi casa y compré un boleto para Kill Bill: Vol. 1. A nadie en la taquilla le importó que entrara a ver una película clasificación C; a mí me cambió la vida. Su montaje, al mismo tiempo frenético y preciso; su raudal de influencias tomadas de todas partes; su voluntad inquebrantable por remezclar el cine entero: todo eso me cautivó.

Kill Bill me mostró lo que significaba ser un autor cinematográfico –o al menos una forma de serlo–, tener un estilo y tomar decisiones consistentes para sostenerlo. Me enseñó a distinguir esas marcas autorales ya presentes en Pulp fiction y Reservoir dogs (1991) y que aquí aparecían de forma explosiva. Tarantino no fue, ni de lejos, todo lo que definió mi idea del cine, pero formó parte esencial de esa educación.

Iba a comenzar este texto con esa anécdota para hablar del papel ya imborrable de Tarantino como figura canónica y de su estatura como autor. No obstante, ese inicio correspondía a un texto que estaba siendo escrito antes de que yo viera Kill Bill: The whole bloody affair, la versión que reúne los dos volúmenes en una sola película, como Tarantino siempre lo había querido y que, estaba seguro, redondearía el amor por la obra de ese director. Afortunada y desafortunadamente, la realidad se empeña en sortear nuestras expectativas: después de verla, creo que Kill Bill: The whole bloody affair es también un excelente argumento para no darle la razón ni cumplirle todos los caprichos a los autores, sin importar su estatura.

En el caso de Kill Bill, la anécdota de los caprichos es de sobra conocida. Va más o menos así: Uma Thurman y Quentin Tarantino tuvieron la idea central de una novia con vestido de boda que, katana en mano, busca venganza contra el jefe de un escuadrón de asesinos que trató de matarla. Tarantino escribió el guion; Thurman no participó activamente en la escritura, pero su colaboración fue crucial, sobre todo después del nacimiento de su hija Maya, que permitió que el personaje de La Novia se revistiera de la complejidad de la maternidad de Thurman.

El guion era una extravaganza que elevaba a la enésima potencia el autorismo tarantiniano, cimentado en el remix y en el copiar y pegar. La película recibió la luz verde de Miramax –el estudio fundado por el infame productor y agresor sexual convicto Harvey Weinstein y su hermano Bob–, pero cuando se terminó de filmar el resultado fue una épica gargantuesca, cercana a las cinco horas de duración. Weinstein, conocido por su tendencia a reducir la duración de las películas, fue tajante: si Tarantino quería mantener todas las escenas, entonces Kill Bill no era una película, sino dos. El director cedió y Sally Menke, su editora de cabecera, resolvió la petición y cortó dos películas con precisión de katana: Kill Bill: Vol. 1 y Vol. 2 (2004).

Lo demás es historia. El primer volumen sextuplicó su presupuesto, mientras que el segundo lo quintuplicó; juntas ingresaron más de 300 millones de dólares a la taquilla. La carrera de Tarantino se terminó de ir a la estratósfera.

Pero la piedrita en el zapato se quedó ahí. Al año siguiente del estreno de Kill Bill: Vol. 1, Tarantino presentó Kill Bill: The whole bloody affair, la versión que reunía ambas películas, y la proyectó en Cannes. El corte completo se convirtió en una especie de Santo Grial cinéfilo que solo unos pocos privilegiados habían podido ver en 2011, en el New Beverly Cinema, el antiguo cine angelino rescatado por Tarantino y en 2025, en el Vista Theatre, el otro antiguo cine angelino rescatado por Tarantino. Poco después, se anunció que Kill Bill: The whole bloody affair sería estrenada a nivel mundial. Así que hace unos días estuve ahí, como hace veinte años, sentado en la butaca del cine, esperando ver el más reciente estreno de Quentin Tarantino.

Para hablar de la película conviene comenzar con sus virtudes, que no son escasas. En el momento de su estreno, Tarantino venía de dirigir tres películas relativamente pequeñas. Vol. 1 representó un notable salto técnico: de un cine más conversacional a uno dominado por setpieces complejas, sofisticadas secuencias de acción y un fastuoso diseño de producción. Se enfrentó, pues, a un reto en el que otros directores bien podrían haber perdido su carrera. Y su éxito no estuvo fincado solo en el despliegue técnico, sino en una capacidad que ya había asomado pero que aquí alcanzó niveles inéditos: la de crear un cine nuevo a partir de retazos, fragmentos y homenajes de películas anteriores. La seña de su autoría.

En Vol. 1 esa plasticidad alcanza niveles de museo. Esto incluye la secuencia animada del origen de O-Ren Ishii –Lucy Liu, probablemente en el mejor papel de su carrera–, la batalla de los 88 Locos y, por supuesto, el enfrentamiento final con O-Ren. Piezas deslumbrantes, que se cuentan entre los momentos más finos de la filmografía tarantiniana. The whole bloody affair hace poco para cambiar eso, y lo poco que hace parece ir en detrimento de lo logrado en su forma original.

El capítulo animado de O-Ren Ishii, por ejemplo, incluye una secuencia extra, tan excesiva que destaca por inverosímil incluso en una película que ya opera en el exceso. Por su parte, la versión a color de la pelea contra los 88 Locos le arrebata a la película dos de los mejores cortes de edición de Sally Menke: aquel momento en que la imagen se va a blanco y negro para luego regresar al color. Ahora, la sobredosis de color hace que la secuencia se sienta menos significativa, sin el acento del blanco y negro. Es verdad que el hecho de que la secuencia no tuviera color se debió a la censura de la clasificación, pero la solución es un rasgo que enriquece a la película. La censura es reprobable pero las formas que encuentran los creadores para sortearla son a veces muy ricas.

La última diferencia de esta primera parte es la más notoria. La película original –lo recordarán quienes ya la vieron y se enterarán quienes no– terminaba con un cliffhanger en el que Bill –el gran David Carradine– revelaba a Sophie Fatale –Julie Dreyfus– que B.B., la hija de La Novia, seguía con vida. Ese corte aquí desaparece: The whole bloody affair se reserva la sorpresa hasta el final. Acto seguido, el espectador es enviado a un intermedio más que bienvenido, toda vez que para entonces ya llevamos más de dos horas frente a la pantalla.

El intermedio funciona como un nostálgico umbral hacia el desenlace. Pero esta segunda mitad carece de la tensión de la segunda parte original del proyecto, donde la revelación generaba una expectativa que, en su momento, se prolongó durante seis meses, entre el final de esa película y el estreno del desenlace.

En esta versión se trata de una sorpresa que funciona más como motor de asombro que de tensión. La comparación con el lanzamiento en dos volúmenes es inevitable. En aquellos, el hecho de que el espectador supiera que B.B. seguía viva activaba una variante de la célebre y tensa “bomba de Hitchcock”: la audiencia sabe que el explosivo está bajo la mesa de los comensales y puede explotar en cualquier momento, aunque ellos lo ignoren. Ese efecto está ausente en The whole bloody affair. La conversación final con Bill sucede ahora tan cercana a la revelación que se diluye la noción, antes evidente, de que está tratando de manipular a La Novia. Para cuando la película termina, y aún cuando su desenlace conserva mucha de su potencia original, sobre todo gracias a la actuación de Thurman, su dramaturgia ha surtido ya un efecto atenuante.

Esto podría ser perdonado de no ser porque lo peor está por venir. Después de los créditos de The whole bloody affair se encuentra The lost chapter: Yuki’s revenge, un cortometraje dirigido por Tarantino y realizado con Unreal Engine, el motor gráfico desarrollado por Epic Games, creadores del videojuego Fortnite. Anunciado como un capítulo perdido de un borrador del guion, presenta a Yuki, la hermana de Gogo, la guardaespaldas de O-Ren Ishii, rastreando a La Novia para vengarse. Y es terrible: una caricatura vulgar del estilo tarantinesco, filmada con la apariencia de Fortnite, cameos incluidos, y rematada con un código para desbloquear una skin. Un comercial, vaya.

Es probable que, con el tiempo, el corto de Fortnite se convierta en una nota al pie de Kill Bill. A final de cuentas, The whole bloody affair sigue siendo un espectáculo que vale la entrada, y si nunca se ha visto Kill Bill, es una oportunidad imperdible para presenciar al más grande ladrón de la historia del cine en acción. Pero la obra de un director es tan suya en las buenas como en las malas: tan Tarantino es el cineasta que hace veinte años se quejaba de que las películas de Hollywood no se atrevían a mostrar sangre como el autor consagrado que, para el relanzamiento de su ópera gore, decidió endosarle el comercial de un videojuego donde los personajes sangran luces digitales. En esa contradicción –entre el joven director que necesitó límites para alcanzar su mejor forma y el autor consagrado que ya no los reconoce– se cifra algo esencial de la obra de Tarantino. ~


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