Agência Brasil Fotografias, CC BY 2.0 , via Wikimedia Commons

Tokio 2020: Citius, altius, fortius

Históricamente, los atletas han encontrado formas, legítimas y no tanto, de romper los límites del cuerpo. Hoy, consumidas por el gigantismo olímpico, algunas alzan la voz para poner un alto a la explotación y la desmedida exposición.
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Más rápido, más alto, más fuerte. El lema del Comité Olímpico Internacional parece una invitación a la supremacía. Más que los demás. No mejor que los demás. ¿Cuál es el límite de lo superlativo? ¿Y cuáles son los caminos legítimos, morales y éticos para llegar a lo más sin estropear el carácter lúdico, honorable y espiritual del deporte? La sentencia, vista de cerca, puede ser peligrosa para el respeto a las reglas, al oponente y al resultado de los duelos deportivos. Más. Más. Más. ¿Hasta dónde?

La trampa ha estado ligada al deporte desde los Juegos Olímpicos antiguos. La modernidad trajo nuevos métodos para incumplir con el reglamento con tal de obtener un triunfo en las máximas pruebas de la humanidad. El fin justifica los medios. En las últimas ediciones olímpicas se han agregado nuevos ingredientes a la olla de presión que atenta contra el viejo espíritu atlético de “lo importante no es ganar, sino competir”. Hay una gran diferencia entre las viejas anomalías y las actuales: la publicidad inmediata.

La sociedad “conectada” viraliza, en minutos, los acontecimientos deportivos, sean estos honorables, admirables o conmovedores; deshonestos, viles o deleznables. La prontitud, convertida en herramienta moral, ha puesto a prueba la honorabilidad del hecho olímpico. La burla, el escarnio y la desaprobación no corresponden con los ideales loables que la especie ha depositado en las disciplinas deportivas. Sin embargo, suceden y conviven con ellas. Aunque en esta tóxica relación esté en riesgo el valor mismo del juego, de la sana competencia. Puede decirse que en la desmesura rivaliza y delinea el mismo límite, pero eso es una inexactitud. Más no es mejor.

Los griegos, que todo lo computaron, dejaron testimonio del primer caso de corrupción en los Juegos de la 98 Olimpiada. Cuenta Conrado Durántez, en Las olimpiadas griegas, que el tesalio Eupolo, “ávido de conseguir la corona olímpica en el pugilato, sobornó con dinero a sus contrarios a fin de que no representaran serios obstáculos en la obtención de su ansiada victoria”. Agetor de Arcadia y Prytanis de Cizico cedieron ante la oferta. Hasta Phormión de Halicarnaso, que ya había sido campeón olímpico, se dejó seducir por el corruptor. Pausanias la considera como la primera falta conocida hasta entonces. Tanto el tentador como los secuaces fueron descubiertos y condenados al pago de una multa. Con ese dinero –dice Durántez– el Senado Olímpico mandó hacer cuatro estatuillas en las que se inscribieron versos donde se ensalzaba el valor y la virtud, y hacían advertencias a otros eventuales infractores. Desde luego que el aviso de sanción no se cumplió. La lista de sanciones llegó hasta el año 93 de la era cristiana cuando, en la Olimpiada 218, el boxeador egipcio Apolonio fue acusado de falsedad de testimonio.

En 1896 regresaron los juegos. Al poco tiempo, la trampa. En la maratón de San Luis 1904, Thomas Hicks reestrenó la pregunta: ¿cuál es el límite? Recibió varias dosis de estricnina y ron durante el recorrido. El dopaje, la máscara más común de la trampa, presentó sus credenciales. Amplió el horizonte de el límite y hasta ahora permanece.

Después de la Primera Guerra Mundial, el dopaje encontró un compañero de viaje: el Estado. No fue la actual Rusia de Putin la primera jerarquía política acusada de usar a sus atletas como propaganda en las pistas olímpicas. Es, acaso, la más reciente. Primero la Alemania nazi, luego la de la República Democrática. La Rusia de Stalin y la democracia estadounidense encontraron sus formas de sistematizar el uso de sustancias ilegales en las competencias deportivas internas y, luego, en las mundiales. En el caso de Estados Unidos los escándalos no terminan en el béisbol y el futbol americano profesionales de estos días.

No se tiene la certeza de cuál fue el primer atleta de la República Democrática Alemana que fue utilizado como cobaya en la lucha por el dopaje sistemático. Los historiadores apuntan a la lanzadora de bala Margitta Gummel, a quien el 28 de julio de 1968 se le suministró Turinabol. Gummel, de 27 años, mejoró su marca dos metros en menos de once semanas. Desde luego, ganó la medalla de oro menos de tres meses después en los Juegos Olímpicos de México 68. Cuando cayó el Muro de Berlín, en 1989, los documentos secretos revelaron que, en efecto, cientos de atletas –la mayoría mujeres– habían sido víctimas de los laboratorios “especiales” del régimen de la RDA. También se supo que esos métodos fueron transmitidos a China, Cuba y otros países del Este.

Pero en el Oeste también soplaba viento.

En Seúl 88 se develó el primer caso global de la trampa del sobrelímite. El canadiense Ben Johnson ganó la medalla de oro –con récord mundial incluido– en la prueba más vista del olimpismo moderno, los 100 metros planos. Cientos de millones de espectadores lo vieron cruzar la meta con cómoda ventaja sobre su gran rival, el estadounidense Carl Lewis. Por si fuera poca la afrenta, levantó la mano derecha como señal de contundente triunfo. Horas después, dio positivo por consumo de esteroides.

Después de la muerte del danés Knud Jensen en la ruta del ciclismo en los Juegos Olímpicos de Roma 1960, el Comité Olímpico Internacional creó su Comisión Médica para reprimir el dopaje en el deporte. Desde 1968 –edición en la que se realizaron las primeras pruebas–, la lista de atletas sancionados rebasa los ciento cincuenta.   

Pero el rebase del límite no se circunscribe al uso de sustancias nocivas. La explosión del deporte en la era del entretenimiento provocó que el récord se convirtiera en señal de supremacía. El deporte olímpico imitó al profesional. Nacieron los –por llamarlos de alguna manera– CEO en pants. Llegaron los abrumadores calendarios y los torneos continentales organizados por las federaciones internacionales; los multimillonarios patrocinadores y los grandes públicos creados por la televisión. Los atletas fueron consumidos por el consumo a gran escala. A la par de las estrellas del cine o la música, se volvieron marcas globales, con ganancias insospechadas por sus antecesores. El llamado gigantismo olímpico, compañero de viaje del libre mercado, convirtió al deporte en una próspera industria aceitada por el desgaste físico y mental de los atletas. Más rápido. Más alto. Más fuerte.

La pandemia de covid-19 pinchó la burbuja atlética.

En Tokio 2020, la materia prima de la era posindustrial del deporte, los deportistas, revientan. Abrumados por la expansión de las redes sociales, en las que juegan a hacer público lo privado, los astros se funden. Un año de distorsión altera sus estados de ánimo. ¿Cuál es el límite?  La respuesta no se encuentra en la psicología o fisiología de los competidores, sino en la industria misma: la sobreexplotación y la sobreexposición están llegando a un abismo. No está lejos el momento en el que las grandes estrellas profesionales nieguen su inscripción en el programa olímpico porque el nacionalismo no vale un tratamiento psiquiátrico de por vida, del que, quizá, no haya camino de regreso.

Si en los 90 la expansión permitió que los deportistas de paga pudieran subirse al podio de los dioses, es muy probable que en esta segunda década del siglo XXI se experimente un efecto contrario: la liquidez del olivo no paga una vida, menos cuando esa vida necesita del cuerpo para pagar la abundancia.   

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