Foto: Fabio Ferrari/LaPresse via ZUMA Press

Mbappé cerca de Pelé

En la final de Qatar 2022 se juegan marcas personales. Messi quiere levantar por primera vez la copa de la FIFA; Mbappé quiere repetir el campeonato, como Pelé en 1962.
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El futbol es el deporte más popular, más practicado y más sencillo.

Pero también es aristócrata.

Desde 1930, solo siete selecciones han logrado coronarse en las Copas del Mundo: Uruguay, Italia –la única que no asistió a Qatar–, Brasil, Alemania, Inglaterra, España, Argentina y Francia. En algunas fechas ha habido invitadas inesperadas: Checoslovaquia en 1934 y 1962, Hungría, en 1938 y 1954, Suecia, en 1958, Holanda, en 1974 y 2010, y Croacia, en 2018. Pero la pelota es un ave extraña y siempre, a pesar de las tempestades, encuentra el rumbo a sus siete casas.

En Qatar no habrá estreno. Sin embargo, en el tejido del relato hay noticias: cada partido es nuevo, la historia es pasado mañana. Cuando sea Historia.

El joven Mbappé ya es campeón (2018); el veterano Messi, no. Allí radica la trama. El capitán argentino puede acabar su currículum con diplomas de clubes y sin mérito en la selección, al revés de Mario Kempes, Diego Armando Maradona o Daniel Pasarella, hombres, baluartes y escudos del Río de la Plata que, sin fama comercial, salieron campeones antes que él. En el debate del domingo se dirime el gran astro y la gran República. Once contra uno. Es muy posible que gane el toque. Pero la Comuna sabe que el futbol, además de aristócrata, es daga. Y siempre es cruel.

Al duelo final de Qatar llegan dos alcurnias.

La albiceleste, campeona en 1978 y 1986 (y finalista en 1930, 1990 y 2014), y Francia, titulada en 1998 y 2018 (finalista en 2006). La estadística del balompié –tan propagada por los expertos que hablan para expertos– esconde un discurso que solo se revelará hasta el minuto 90 del crucial enfrentamiento del certamen.

Desde la final de 1950, en la cual Uruguay venció a Brasil 2-1 en el estadio Maracaná, el trabajo de profeta quedó en desuso. Lo que queda en la pluma del deporte más bello es la construcción de hipótesis: lo que puede pasar y, a final de cuentas, nunca sucederá, porque en el deporte la predicción es una boleta del desatino: brujería o tarot.

Pero, como escribiría Vicente Verdú, lo atractivo del juego es lo que sucede entre la ceremonia y el acontecimiento. Se sabe que habrá ritual el domingo 18 de diciembre: imposible adelantar lo que pasará y quién será el culpable de ese último destello: ese quiebre –letal– ante el arco del destino.

La finta lleva a Messi, el imperecedero diez argentino, quien ha ganado todo menos el cetro universal, al igual que Johan Cruyff, Alfredo Di Stéfano o Ferenc Puskas: la oligarquía, tristemente, exige resultados, y sin heráldica todos son iguales. A la lista de no premiados se suman Platini, Zico y Ronaldo, figuras de estatura mayor a quienes el título les quedó grande.

La crónica puede llevar por el otro lado de la cancha: Kylian Mbappé, anotador del cuarto gol ante Croacia en el Mundial de 2018, y la figura más indescifrable de la ofensiva francesa en este torneo. Su talento en el área, en el segundo gol ante la memorable Marruecos, dejó en claro que nada cabe en la comparación con el capitán rival, Messi. El parisino trae su propia onza, su consagración. Ya se sabe que todo depende de él, pintor en medio de la cancha.

Nació en el mismo año en que Francia ganó su primera Copa, con la primera escuadra multicultural de la historia, en la que había menos nativos que extramarítimos. El actual técnico francés, Didier Deschamps, fue parte de la minoría blanca y colonial de aquel once histórico que, sin perder el pañuelo ni la espada, venció a una escuadra brasileña triste y pusilánime.

Mbappé fue campeón a los 20 años; Pelé a los 17 y Maradona a los 26. Messi a los 35 no lo ha sido, a pesar de llevar al Barcelona, entre el cielo y el mar, con seis diplomas en el mismo año de la mano de Guardiola, el técnico del Barça.

Maradona no fue bicampeón.

Pelé sí: a los 21, en Chile 62. Algo más: cuando Pelé fue bicampeón en Chile 62, solo jugó hasta los cuartos de final. Dos grandes figuras lo remplazaron: Amarildo y Garrincha.

Mbappé puede serlo a los 23 (cumple 24, el 20 de diciembre).

Mientras Messi quiere levantar la Copa en el ocaso de su carrera; en el alba, Mbappé puede llegar a la repetición en menos de un lustro.

Mbappé, compañero de Messi en el Paris Saint Germain, puede hacer historia al ganar dos finales seguidas, como no sucedía desde Chile 62, campeonato en el que abundaron Gylar, Santos, Zagallo, Didí, Vavá y Garrincha.

Pero Messi, al otro lado del campo, busca coronarse en su último disparo.

Lo último que vio de Maradona fue la vergüenza: las trampas, la droga y el dopaje. A Messi, la prensa y las barras bravas le echaron la culpa del fracaso argentino en los mundiales del 2006, 2010, 2014 y 2018; le llamaron antiargentino, pechofrío.

Ajeno al ambiente porteño, llevado al Barcelona desde que era pequeño, ha luchado por hacer creer en la bandera es azul y blanca. Renunció a la selección y regresó para “armar” a sus argonautas. Todos menores que él. El Mesías dando clases de práctica aplicada en el máximo torneo. Ninguno es maduro en el ejercicio de la pelota. Messi eligió al técnico, al cuadro y da las órdenes en la cancha.

El cacique Messi elaboró su alineación para la última cena: todos misioneros. Y, en efecto, con el afán de ayudar al míster, logró un esquema a modo: Palacio, Paredes, Álvarez y Molina. Todos, aprendices de su izquierda y de su sueño de superar a Maradona o a Di Stéfano. El problema de Messi es –cosa extraña– que confunde a Maradona con el mejor jugador argentino, porque llevó a once leñas al campeonato del mundo. Di Stéfano no llegó a tanto.

El ego tiene mil maneras de manifestarse, y lo único que une a Messi y a Maradona es el ego. Lionel no quiere irse de Qatar sin mérito alguno, porque la pelota no es de uno, sino de once. Pero si Messi gana, será más campeón que El Diego.

Mbappé no quiere superar a Zidane ni a Platini.

El diez francés tendrá enfrente a un cuadro al que no le importa el relato de la pampa, porque Francia obedece a la lógica de la Revolución: tres toques, libertad, igualdad y fraternidad.

Messi, pese a todo, es el mejor futbolista del mundo. Pasa y atina. Sabe de sus dotes. Nunca está a la altura del silencio. Ruido y furia. Cada vez que toca la pelota –como diría Paz– cae en el centro del mundo. Un toque de Messi compone la geografía indescifrable del gol.

Hay otro ingrediente: Griezmann. Es Talleyrand. El que toca y no se nota. Y es el determinante en la ofensiva de la Revolución. El que mide el tiempo y el espacio. De cerca y de lejos. La política de la pelota.

La referencia del exatlético de Madrid ha jugado su mejor Mundial y ha llevado a la Azul a un congreso inolvidable. No es fácil conducir el tiempo. Y lo hace de maravilla. Conoce los entretelones de la literatura de la pelota y lleva a los extremos. Va, recibe, pasa, indica y detiene. Francia, a diferencia del resto, sabe cuándo actúa.

Argentina espera a que la fortuna pase. Messi es la dictadura de la metáfora. Un poema. Borges diría, estamos entre Baudelaire y Lugones.

Argentina y Francia estrenarán la Historia.  

El balón desconoce el futuro.


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