Ministros de 20 economías –incluidos Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido, Japón, Australia y México– se reunirán en Washington esta semana para avanzar hacia una alianza estratégica sobre minerales críticos, con el fin de reducir la dependencia de China y fortalecer cadenas de suministro clave para la seguridad económica y nacional.
Entre los temas centrales están la creación de reservas estratégicas, el impulso a inversiones conjuntas y el debate sobre si Estados Unidos debería garantizar un precio mínimo para minerales y tierras raras, una propuesta que ya genera tensiones entre aliados.
El giro estadounidense: del mercado al Estado
Hace apenas una semana, el gobierno del presidente Trump anunció planes para invertir 1.6 mil millones de dólares en la empresa USA Rare Earth, la mayor apuesta pública hasta ahora para asegurar el suministro doméstico de minerales críticos frente a la competencia estratégica con China. La operación incluye una participación accionaria del gobierno, financiamiento en deuda y capital privado adicional, con el objetivo de fortalecer cadenas clave para la seguridad nacional y la industria de semiconductores, bajo el marco de la CHIPS and Science Act.
México entra en la conversación
El jueves pasado, la presidenta Sheinbaum abordó el tema de los minerales críticos y las tierras raras en su conferencia matutina. Confirmó que ya forma parte del diálogo bilateral entre los gobiernos de México y Estados Unidos, un dato relevante en el contexto de la revisión del TMEC y de la reconfiguración industrial de América del Norte.
Deng Xiaoping y la intuición del poder
Conviene recordar que en 1992, durante su célebre “gira del sur”, Deng Xiaoping visitó una región minera de China y dejó una frase que pasó casi inadvertida fuera del país: “Medio Oriente tiene petróleo; China tiene tierras raras”. En ese momento, el mundo celebraba el fin de la Guerra Fría y abrazaba la promesa de una globalización guiada por mercados eficientes y cadenas de suministro supuestamente neutrales.
Tres décadas después, aquella frase suena menos como un slogan y más como una advertencia estratégica. Deng no hablaba de geología, sino de poder. Entendía que en una economía basada en la electrónica, la miniaturización y la tecnología avanzada, el control de los insumos críticos importaría tanto como el control del petróleo en el siglo XX.
Mientras muchas empresas occidentales optimizaban costos y externalizaban riesgos, China invirtió con paciencia en capacidades industriales, conocimiento técnico y escala. La lección es clara: los recursos estratégicos recompensan a quienes piensan en generaciones, no en trimestres.
De tema técnico a eje del nuevo orden económico
Durante años, las tierras raras fueron un asunto para especialistas. Hoy son otra cosa: se han convertido en uno de los puntos de fricción más reveladores del nuevo orden económico global, donde confluyen geopolítica, política industrial, seguridad nacional y estrategia empresarial.
No se trata de minerales escasos por naturaleza. Las tierras raras –17 elementos químicos indispensables para imanes, baterías, semiconductores y sistemas avanzados– existen en múltiples regiones del planeta. Lo excepcional es la concentración de su cadena de valor: China controla cerca del 60% de la extracción, alrededor del 90% del refinado y más del 90% de la producción de imanes. Ese es el verdadero cuello de botella tecnológico.
Una hegemonía construida, no accidental
La dominancia china no es producto del azar ni de una ventaja geológica fortuita. Es el resultado de una estrategia de Estado sostenida durante seis décadas. A diferencia de Occidente, que trató a las tierras raras como un insumo más del mercado global, China las integró desde temprano a su estrategia científica, industrial y militar.
Así, el verdadero punto de inflexión no fue la mina, sino el laboratorio. El desarrollo de métodos baratos y escalables para separar y refinar tierras raras redujo costos, expulsó competidores y permitió capturar la curva de aprendizaje, aun aceptando costos ambientales que otros países no estuvieron dispuestos a asumir.
El error occidental: abandonar el midstream
Occidente fue pionero en aplicaciones clave –como los imanes de alta potencia–, pero muchas empresas salieron del negocio demasiado pronto. El caso de Magnequench, la subsidiaria de General Motors vendida en los noventa y trasladada a China en el 2000, ilustra cómo se perdió no solo producción, sino conocimiento, talento y experiencia.
La lección es clara: la mina importa, pero el imán manda. El poder real está en la manufactura intermedia.
Cuando el recurso se convierte en arma geopolítica
China también aprendió a usar esta ventaja como instrumento de política exterior. El embargo informal a Japón en 2010 marcó un antes y un después. Desde entonces, las tierras raras dejaron de ser solo un negocio y pasaron a ser un activo estratégico explícito.
En 2019, Xi Jinping las declaró formalmente “recurso estratégico”. En 2025, nuevos controles de exportación –incluyendo disprosio y otros elementos críticos– golpearon directamente a cadenas de suministro de semiconductores, defensa e inteligencia artificial, con efectos comparables al embargo petrolero de los años setenta, pero de mayor alcance tecnológico.
El regreso del Estado y el fin de la ingenuidad
La reacción de Estados Unidos marca un cambio de época. Washington ha decidido intervenir directamente en la cadena de valor: préstamos, capital, garantías de precio y participación accionaria. No busca autosuficiencia inmediata, sino resiliencia estratégica.
Este giro confirma una verdad incómoda: los mercados, por sí solos, no garantizan seguridad económica. La eficiencia sin redundancia es frágil.
Implicaciones empresariales: del supply chain al boardroom
Para las empresas, el mensaje es claro. Las tierras raras ya no son un tema operativo, sino un asunto que debe ser analizado por los consejos de administración. La gestión del riesgo geopolítico, la integración vertical, las alianzas estratégicas y la innovación tecnológica pasan al centro de la estrategia corporativa.
Reciclaje: la mina que ya existe
En paralelo, emerge la “mina urbana”. Hoy se recicla menos del 1% de las tierras raras contenidas en tecnología desechada. El reciclaje no es una bala de plata, pero sí una pieza clave de la resiliencia: aporta velocidad, flexibilidad y menor impacto ambiental.
México: hacer la pregunta correcta
En este debate, México suele aparecer con la pregunta equivocada: si tiene o no tierras raras. La pregunta estratégica es otra: ¿qué papel puede jugar México en la reconfiguración de las cadenas de valor de América del Norte bajo el TMEC?
México ya es una plataforma manufacturera avanzada en sectores intensivos en tierras raras. El valor económico no se genera en la mina, sino en la integración de sistemas complejos.
Si el cuello de botella es el imán, el TMEC debe pensarse como un ecosistema: Estados Unidos reconstruye capacidades críticas, Canadá aporta recursos y conocimiento, y México puede capturar valor en manufactura, componentes, logística, reciclaje y escalamiento industrial.
El activo decisivo: instituciones
Nada de esto ocurrirá sin certidumbre institucional. Las inversiones en cadenas críticas requieren reglas claras, reguladores técnicos y respeto a contratos. En proyectos que maduran en décadas, la estabilidad jurídica pesa tanto como la proximidad geográfica.
Las tierras raras revelan una verdad central del mundo que viene: la economía ya no puede separarse de la geopolítica. Para las empresas, el reto es pasar de la eficiencia a la resiliencia. Para los gobiernos, aceptar el regreso de la política industrial. Para México, la oportunidad está en insertarse inteligentemente en la cadena regional del TMEC.
El recurso verdaderamente escaso no son las tierras raras. Es la confianza institucional y estratégica. Y en un mundo donde el poder económico se redefine a través de insumos críticos, esa será la ventaja más difícil –y más valiosa– de construir. ~