Pensar los negocios desde el opti-pesimismo

Solemos asociar el pesimismo con la derrota. Pero aprender a esperar lo peor puede ser una de las mejores formas de construir algo mejor.
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En México solemos asociar el pesimismo con derrota. Decir que algo puede salir mal se interpreta como falta de compromiso, ausencia de visión o, peor aún, como una coartada para no actuar. En el mundo empresarial, esta aversión cultural al pesimismo ha tenido consecuencias visibles: planes estratégicos construidos sobre supuestos frágiles, cronogramas irreales, inversiones que ignoran riesgos evidentes y narrativas de éxito que se derrumban al primer choque con la realidad.

Sin embargo, el país que se perfila hacia 2026 no admite ya ese tipo de ingenuidad. La desaceleración económica, la incertidumbre regulatoria, los problemas de seguridad, la relación compleja con Estados Unidos y la revisión del T-MEC configuran un entorno donde la pregunta no es si algo saldrá mal, sino qué saldrá mal, cuándo y con qué impacto. En este contexto, el pesimismo deja de ser un vicio y se convierte en una herramienta de pensamiento.

Una de las formulaciones más interesantes y recientes de esta idea proviene, paradójicamente, de un ámbito ajeno a los negocios tradicionales: la industria de los videojuegos. En el libro The game development strategy guide: Crafting modern video games that thrive, la estratega de diseño Cheryl Platz propone un marco conceptual que denomina opti-pesimismo: una combinación deliberada de optimismo y pesimismo aplicada a distintos niveles de toma de decisiones. Aunque el libro está dirigido a diseñadores y desarrolladores de videojuegos, su utilidad para pensar los negocios –y en particular los negocios en México– es sorprendentemente directa.

Más allá del optimismo ingenuo y del pesimismo paralizante

Durante años, el discurso empresarial en México ha oscilado entre dos extremos igualmente problemáticos. Por un lado, el optimismo aspiracional: planes de crecimiento que suponen estabilidad política, reglas claras, infraestructura suficiente y una ejecución impecable. Por otro, el pesimismo defensivo: congelar decisiones, posponer inversiones, “esperar a ver qué pasa” hasta que el entorno se aclare. Algo que rara vez ocurre.

El “opti-pesimismo” ofrece una tercera vía. No se trata de ser medio optimista o medio pesimista, sino de ser pesimista donde corresponde y optimista donde es indispensable. En el modelo de Platz, el pesimismo cumple una función operativa: anticipa fallas, identifica cuellos de botella, obliga a diseñar planes de contingencia. El optimismo, en cambio, cumple una función estratégica: justifica la ambición, sostiene la visión de largo plazo y da sentido al esfuerzo colectivo.

Esta distinción es crucial para el México actual. Hemos colocado el optimismo en el lugar equivocado –la operación cotidiana– y el pesimismo en el lugar donde más daño hace: la estrategia.

Pesimismo operativo: asumir que algo va a fallar

Uno de los aportes centrales del opti-pesimismo es normalizar la idea de que los proyectos no fracasan por mala suerte, sino por riesgos previsibles que se ignoran. En la industria de los videojuegos, esto se traduce en anticipar retrasos técnicos, sobrecostos, problemas de adopción o cambios abruptos en el mercado. En México, las analogías sobran.

Aplicado a los negocios, el pesimismo operativo implica, entre otras cosas:

  • Asumir fricción regulatoria, no claridad normativa. Las empresas que modelan retrasos, interpretaciones discrecionales y cambios de criterio regulatorio toman mejores decisiones que aquellas que planean con base en el “deber ser”.
  • Diseñar cadenas de suministro para la interrupción, no solo para la eficiencia. El entusiasmo por el nearshoring debe convivir con diagnósticos realistas sobre energía, logística, seguridad y capital humano.
  • Presupuestar el bajo desempeño, no la ejecución heroica. Supuestos conservadores sobre productividad, adopción tecnológica o crecimiento protegen a las organizaciones de crisis internas cuando la realidad no cumple las expectativas.

Este pesimismo no es cinismo. Es una forma de respeto por la complejidad del entorno mexicano. Reduce la sorpresa, mejora la resiliencia y genera algo escaso en muchas organizaciones: confianza interna basada en realismo, no en consignas.

Optimismo estratégico: preservar la ambición

El error sería quedarse ahí. Un exceso de pesimismo, incluso bien intencionado, conduce a la inmovilidad. Por eso el modelo de Platz insiste en que el optimismo debe preservarse –y protegerse– en el nivel estratégico.

Para México, debemos seguir creyendo que el futuro puede ser mejor que el presente, aun cuando el camino esté lleno de obstáculos. Significa apostar por tres cosas. Primero, la transformación regional asociada al nearshoring, aunque los beneficios sean desiguales y más lentos de lo prometido. Segundo, la inversión en tecnología, datos e inteligencia artificial, incluso cuando los retornos de corto plazo no sean evidentes. Tercero, la formación de talento y capacidades institucionales, aun en contextos de alta rotación y presión de costos.

    Este optimismo no es negación del riesgo; es una afirmación de sentido. Sin él, las empresas no innovan, no atraen talento y no construyen legitimidad social. En un país donde la incertidumbre es estructural, renunciar a la ambición equivale a aceptar el estancamiento como destino.

    Equipos balanceados en un país polarizado

    Otro aspecto del “opti-pesimismo” especialmente relevante para México es su énfasis en los equipos. Platz subraya que las organizaciones más exitosas no son las que eliminan el conflicto interno, sino las que lo estructuran. El opti-pesimismo requiere voces optimistas y pesimistas conviviendo en la toma de decisiones.

    En muchas empresas mexicanas se premia al visionario o al bombero, pero no al diálogo entre ambos. El resultado es conocido: estrategias audaces que fracasan en la ejecución o ejecuciones impecables al servicio de objetivos mediocres.

    En un país polarizado –política, social y económicamente– esta capacidad de deliberación interna es una ventaja competitiva. Equipos opti-pesimistas discuten con rigor, detectan fallas sin matar ideas y avanzan sin negar la realidad. No confunden lealtad con silencio ni entusiasmo con ceguera.

    Ética, responsabilidad y previsión

    Quizá el aporte más profundo del opti-pesimismo para el contexto mexicano sea ético. El pesimismo bien entendido obliga a formular preguntas incómodas desde el inicio: ¿Quién paga el costo si esto falla? ¿Qué externalidades negativas puede generar este proyecto? ¿Qué pasa si el mercado, el Estado o la tecnología se comportan peor de lo esperado?

    En un país marcado por desigualdades, debilidad institucional y desconfianza social, estas preguntas no son accesorias. Son parte de la responsabilidad empresarial. Anticipar daños potenciales no es frenar el crecimiento; es evitar que el crecimiento destruya valor público y legitimidad social.

    El peligro del pesimismo crónico: cuando la desconfianza se vuelve un freno sistémico

    Conviene hacer aquí una distinción fundamental. Existe una forma de pesimismo –difusa, persistente, socialmente extendida– que no mejora la toma de decisiones, sino que deforma las expectativas colectivas y termina convirtiéndose en un obstáculo para el crecimiento económico y la estabilidad política. Ese es el tipo de pesimismo que hoy preocupa a economistas y analistas a nivel global.

    Un reciente ensayo de la revista The Economist plantea que el pesimismo se ha convertido en uno de los principales problemas económicos del mundo desarrollado. No como reacción coyuntural a una crisis específica, sino como un estado de ánimo duradero que condiciona el comportamiento de hogares, empresas y gobiernos. Cuando las expectativas se oscurecen de forma persistente, las economías empiezan a funcionar distinto: se invierte menos, se innova menos y se posponen decisiones clave.

    El primer efecto es lo que los economistas llaman un shock de incertidumbre. Cuando el futuro se percibe como adverso, aumenta el valor de esperar. Las empresas retrasan inversiones, las familias ahorran de manera defensiva y el dinamismo del mercado laboral se reduce. No es que falten oportunidades; es que nadie quiere asumir el riesgo de equivocarse. En este punto, el pesimismo deja de ser una herramienta de análisis y se transforma en parálisis.

    Un segundo efecto es más profundo y más peligroso: el paso del pesimismo al pensamiento de suma cero. Cuando se instala la idea de que “el sistema está amañado”, el crecimiento deja de verse como creación de valor compartido y se interpreta como un juego donde lo que uno gana, otro necesariamente lo pierde. Esta lógica alimenta el rechazo al comercio, a la inversión, a la tecnología —incluida la inteligencia artificial— y empuja a sociedades enteras hacia economías defensivas y cerradas.

    El tercer efecto es político. Cuando los ciudadanos creen que el futuro será peor, su tolerancia al sacrificio desaparece. Las reformas estructurales se vuelven políticamente inviables, la disciplina fiscal se erosiona y los gobiernos son premiados por prometer protección inmediata, no sostenibilidad de largo plazo. El resultado es un círculo vicioso: el pesimismo alimenta políticas que, a su vez, debilitan instituciones y reducen el crecimiento, reforzando el pesimismo inicial.

    Herramienta de madurez

    En un país como México, el reto no es eliminar el pesimismo, sino evitar que se vuelva sistémico y aprender a usarlo como una herramienta de madurez, no como una coartada para la resignación. No necesitamos más discursos catastrofistas, pero tampoco más optimismo vacío. Paradójicamente, aprender a esperar lo peor puede ser una de las mejores formas de construir algo mejor. ~


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