Carta desde Lima: Fuegos artificiales y otros 

En todos estos años hemos logrado, exitosamente, reprimir nuestra capacidad de clamar al cielo.
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El viento protagoniza un misterioso espectáculo colándose en las ventanas, minutos antes de la medianoche del Año Nuevo. Una función que pasa desapercibida el resto del tiempo, pero no cuando estás atento a la última página del calendario. Mi hermana ha abierto la ventana de manera que nada entorpezca nuestra visión.

Desde el sexto piso del edificio donde vive, se aprecia el perfil de gran parte de una Lima que empieza a encender sus fuegos de artificio. El viento sopla e infla la cortina de algodón blanco, flameando dentro de la sala, formando una composición distinta de pliegues. Es un movimiento hermoso y elocuente, como si en su última noche el Año Viejo se colocara el más regio de sus vestidos. Y mientras baila su despedida, la pirotecnia corta la noche infligiéndole heridas rojas, azules y blancas. Allá abajo, los autos detenidos entre los edificios de monótona arquitectura participan disparando sus alarmas.

Luego de estrecharse en abrazos, la familia que celebra aprecia la noche enmarcada por esa ventana compartiendo una mirada feliz y asombrada, como de niños que luchan por comprender por qué esta noche es tan especial, por qué creemos en los ciclos, quién nos ha convencido de que debemos trozar la vida en doce meses para encontrarle sentido. De pronto, mi cuñado señala un gran estallido sobre una azotea frente a nosotros. En un principio, celebramos ese espectáculo de vívidos fuegos naranjas. Segundos después, ya más atentos, descubrimos que las llamas no son artificiales: es un fuego muy real producido por un explosivo que, tras elevarse al cielo, cayó aún encendido sobre el material inflamable que solemos olvidar en nuestros techos.

Así, el año comienza con un drama. El paisaje se divide entre los que abajo encienden cohetes y los que arriba apagan incendios. El nuevo tiempo comienza oliendo a pólvora y cenizas. Hace instantes nos habíamos abrazado deseándonos los mejores futuros, pero nuestro presente devora el edificio frente a nosotros, como advirtiéndonos que en esta calle no tiene sentido desear felicidad a los demás, que todo es parte de un rito infinito que intercala nacimiento y final.

Hemos convertido a la muerte en un espectáculo: protagonista del cine y la televisión, titular de noticias sobre jóvenes delincuentes y reporteros que tocan a la puerta de una madre en duelo para preguntarle qué sintió al enterarse del asesinato de su hijo. Sin embargo, a la muerte real, a la destrucción visible, queremos mantenerla lo más lejos posible. Ese fuego frente a nosotros, visto mientras sigue bailando la cortina, nos muestra de manera directa que nuestros buenos deseos no sirven para nada. Que este nuevo año, también, seremos culpables de nuestra propia destrucción.

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Y el fuego también está en la lengua. En lo que queda del óvalo cerca de casa, ahora convertido en un simple cruce de avenidas atravesadas por el Bus Metropolitano, un hombre cruza temprano la avenida una y otra vez. A cada paso, insulta al Gobierno, al alcalde, a su familia. Lo hace a gritos, estirando los brazos como si lanzara piedras invisibles, espantando a todos los que hasta entonces no habían advertido su presencia. Yo cruzo al otro lado de la calle cuando lo veo acercarse, y la señora que lleva al colegio a su hijo, acelerando el paso, le dice al pequeño: ¡Corre, allí viene el loco!

Nunca le había prestado demasiada atención. Tras la rutinaria repetición, lo había considerado como parte del ruido ambiental. Parte de nuestra matinal insania es acostumbrarnos a que un hombre maldiga a Dios y a sus criaturas. Hace algunos días conversaba con un influyente hombre de teatro, quien me hablaba del nuevo papel que interpreta en una comedia actualmente en temporada. Su personaje sobrelleva el síndrome de Tourette, un trastorno caracterizado por múltiples tics físicos y vocales, asociado con la exclamación de palabrotas. No tiene cura. No hay medicamentos. Tampoco paliativos de amplio espectro. Te acompañará toda la vida porque nada puede detener una incontinencia de agravios. El actor me describe cómo investigó en su rol, asistiendo a las terapias de grupo de los pacientes afectados con estos trastornos obsesivo compulsivos. A primera vista, parecían un club social, gente afable y correcta que podrían en cualquier momento ponerse a jugar el bridge. Sin embargo, como quien no puede evitar un estornudo, uno de ellos rompe la tranquilidad de la escena y escupe una injuria en el rostro del compañero al lado. Con ese estallido, se activará una cadena de insultos que, tras alcanzar el clímax del delirio, poco a poco irá perdiendo su potencia. Finalmente, la tranquilidad volverá a imponerse en el consultorio. Los pacientes se ríen de ellos mismos. Felizmente, son incapaces de guardar rencor.

Pienso que en todos estos años hemos logrado, exitosamente, reprimir nuestra capacidad de clamar al cielo. Vivimos tiempos en que manifestar nuestra indignación es considerado una radical impertinencia. Levantar la voz motiva que todos los demás crucen a la calle opuesta, y que al apurar el paso para huir de nuestra ira comenten: corre, allí viene el loco. 

Ahora que vuelvo a ver al hombre furioso escupiendo sus palabrotas desde su reino de la avenida creo entenderlo mejor. Esta vez decido no cruzar la calle para esquivarlo, sino acercarme lo más posible. Y a la distancia más prudente, le digo: “Buenos días”. El hombre me devuelve el saludo, de inmediato me da la espalda y lleva su monólogo a otra parte.


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