Carta desde Madrid. Algo que ya no es verdadero

Sobre todo en febrero yo me despierto todos los días buscando motivos para no ser una amargada. Y los encuentro, claro.
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Todos los años, cuando llega febrero, vuelvo a ver el vídeo de Kevin Killeen, un reportero local de St. Louis que, en 2016, dando las noticias, suelta un mensaje tan existencialista como gracioso (porque todo lo existencialista tiene inevitablemente un reverso gracioso) describiendo lo que para él es febrero. Aparece en diferentes puntos de la ciudad, cubiertos por la niebla, el frío y la lluvia, y mientras tanto, desmintiendo a T. S. Eliot, empieza a decir: “Febrero es el peor mes, pero es también el mes más honesto. Es un mes que no muestra la vida mejor de lo que realmente es. Quiero decir, mirad alrededor: es como si todos estos edificios de aquí no tuvieran ninguna luz, es como si algo fantástico hubiera ocurrido en ellos pero se hubiera desvanecido hace mucho tiempo, y así es exactamente febrero.” Después, coge de la basura un paraguas verde con flores rosas, roto por todas partes, y continúa: “Este paraguas es una caída desesperada de algo que ya no es verdadero.” Y sigue así durante unos tres minutos, diciéndonos todo tipo de cosas descorazonadoras y cínicas sin cambiar de expresión facial ni una sola vez. Porque sí, hay muchos días en los que febrero es como un recordatorio de que todos vamos a morir. 

Hace unas semanas tuve que escribir un artículo sobre la vivienda, ese tema omnipresente sobre el que no paramos de hablar sin hacer nada realmente. Paseé por un Madrid oscuro e invernal, tratando de recoger imágenes que volcar luego en mi texto, y bajando despacio la calle Mesón de Paredes, desde Tirso de Molina a la Plaza Nelson Mandela, un recorrido más bien corto, contabilicé ocho cafeterías de café de especialidad llenas de angloparlantes. El mero hecho de verme a mí misma haciéndolo ya me aburrió soberanamente, y me sentí igual que Kevin Killeen, rodeada de decadencia con olor a canela y avena. 

A falta de ideas para mi artículo, decidí volver a ver el brillante documental de 2001 En construcción, de José Luis Guerín, y me alivió comprobar que veinticinco años antes él ya había transmitido lo mismo que yo quería transmitir, y al mismo tiempo me horrorizó darme cuenta de lo imparable que es esta rueda de la destrucción de los barrios, y que aunque se pueda captar la belleza de una conversación entre dos obreros de una construcción de un bloque de pisos del viejo barrio chino de Barcelona, aunque podamos conmovernos con unos niños que utilizan las obras como tobogán, la realidad es trágica y hay que luchar por no estar enfadada todo el tiempo, por no querer pegar patadas a los patinetes, y escupir a los turistas, y no vandalizar los airbnbs, y marcharme sin pagar de todos los lugares en los que me cobran 4.50€ la cerveza. Especialmente en febrero, claro. Sobre todo en febrero yo me despierto todos los días buscando motivos para no ser una amargada. Y los encuentro, claro. De algún modo que no comprendo del todo me las apaño para no pasarme las horas insultando y destruyendo todo lo que hay a mi alrededor. Aunque de vez en cuando me pregunto: “¿Pero no se supone que eso es precisamente lo que tendríamos que estar haciendo: protestar destruir, robar, y vandalizar?” 

Vivo con tres amigas, y las cuatro tenemos treinta años y pareja. Lo que quiere decir que muchas mañanas nos despertamos aquí ocho mujeres a la vez, en esta casa de noventa metros cuadrados en la que nos preparamos tostadas y parecemos gallinas que tratan sin éxito no chocarse las unas con las otras, y yo pienso: “Todo esto es divertido pero no tiene ningún sentido.” 

Pero, como venía diciendo, no todo es terrible: la semana pasada fui a ver La tarta del presidente y me fasciné con la fotografía de Hasan Hadi, y visité el Museo Geominero de Madrid y sentí que necesitaba poseer todas esas piedras, y fui a la presentación de El pensamiento erótico y, a diferencia de tantas presentaciones soporíferas, esta fue maravillosa, y Molly Nilsson dio un concierto en la Mon y, aunque la sala tenía una acústica espantosa, cantó aquello de “In your next life, you’re gonna be an ugly girl…”, y yo canté también y me puse contenta y me pregunté: “¿Seré una chica fea en mi próxima vida?” 


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