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Carta desde Ciudad de México: Blues de la gentrificación

Las ciudades, escribió Calvino, se forman y se desvanecen continuamente. A veces por necesidad, a veces en nombre del turismo.
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En 2025, 60.5 millones de turistas visitaron la Ciudad de México. Muchos de ellos pasaron por la colonia Condesa o por su vecina la Roma, porque hay restaurantes y bares de renombre, hoteles y alojamientos temporales, calles arboladas y arquitectura instagrameable.

Muchos no se limitaron a pasar por ahí: desde la pandemia de covid-19, la zona se ha llenado de los llamados “nómadas digitales”, que encontraron en el trabajo a distancia, el tipo de cambio favorable y las escasas restricciones sanitarias una combinación perfecta para ejercer el wanderlust. Como ha pasado en otras ciudades del planeta, los dueños de casas y departamentos vieron en esta demanda una oportunidad de negocio (30% de las viviendas en renta en la Ciudad de México están destinadas a alojamientos de corta estancia) y los alquileres en la Roma-Condesa y otras áreas céntricas subieron. Hubo negocios que cerraron y mucha gente tuvo que moverse. En julio del año pasado, varias marchas contra la gentrificación recorrieron las calles de la Condesa. El gobierno local prometió tomar medidas y hasta la fecha todo sigue igual.

Una víctima reciente de la gentrificación fue la Fonda Garufa, que a inicios de enero cerró su sucursal en la Condesa. La Garufa es un restaurante argentino famoso por su rosca de Reyes, que tuvo un lugar importante en la historia de la colonia. A principios de los años 90, la Condesa era un rumbo de clase media, que había perdido habitantes y atractivo luego del sismo de 1985. Tenía sus tiendas de abarrotes, zapaterías, vulcanizadoras y unos pocos lugares para comer que llevaban mucho tiempo y, en algunos casos, siguen ahí: el Sep’s, la cantina Xel-Ha, la Nevería Roxy. La Garufa, abierto en 1992, fue el primero de una nueva ola de restaurantes que pusieron mesas en las aceras, acid jazz en sus bocinas y exposiciones de foto y pintura en sus muros. Atrajeron a la colonia a artistas, escritores, bohemios bien vestidos y jóvenes de otras colonias que queríamos ver cómo era aquello. Empezó a convertirse, en palabras de Sergio González Rodríguez, en “un sitio que muchos optimistas comenzaban a asociar con la imagen del Soho neoyorquino”.

Muchos de los dueños y empleados de los restaurantes eran vecinos de la Condesa y vieron en todo aquello un cambio positivo, un movimiento cultural, una reinvención urbana que también pintaba para ser un buen negocio. Otros vecinos lo vieron como una amenaza a su tranquilidad y a los valores de sus propiedades. En los primeros años, la disputa se centró en las banquetas, que poco a poco eran ocupadas por las mesas de los restaurantes. Guillermo Osorno escribió una buena crónica sobre aquellos años, recomendable para quien quiera enterarse de los pormenores. En ella, dice que “fue el inicio de una batalla por dos conceptos de ciudad, cuyo resultado definió los fenómenos que vivimos ahora”, entre ellos, claro, la gentrificación.

Desde luego, la batalla no ha terminado y ha tenido consecuencias mixtas. Como temían los vecinos que no querían cambios, la Condesa, y luego la Roma, se llenaron de restaurantes, bares, oficinas, ruido, airbnbs, crimen y tráfico. Al mismo tiempo, se convirtieron en colonias donde la gente deseaba vivir, lo cual, supongo, benefició al menos a los propietarios de inmuebles. Los restauranteros lograron convertir al barrio en un lugar de moda, un referente gastronónico y cultural, aunque la mayoría terminaran siendo desplazados por las rentas altas y la clientela cambiante. En el camino, aquella Condesa de finales los 90 e inicios de los dos miles dejó de existir.

Muchas lecciones se pueden extraer de esta historia, aquí muy resumida. Los barrios exitosos acaban por devorarse a sí mismos. El negocio inmobiliario es voraz. La vivienda es inaccesible para mucha gente, y los airbnbs complican el problema. El cosmopolitismo vive horas bajas. Pero este no es un texto sobre gentrificación.

En su Ciudades invisibles, ese catálogo de ciudades inventadas, Italo Calvino habla de Maurilia, donde “se invita al viajero a visitar la ciudad y al mismo tiempo a observar viejas tarjetas postales que la representan como era”.

Las ciudades cambian. Una casa de los años 40, enredaderas en la fachada y molduras art decó, es demolida. En su lugar alguien pone un edificio idéntico a todos los de la cuadra: concreto expuesto, pérgolas de madera de teka en las azoteas. Lo llaman densificación –que se supone benéfica, porque concentra mayor población en zonas donde hay más servicios– y también especulación inmobiliaria.

Es inevitable ponerse nostálgico ante estos procesos. Sigue Calvino diciendo que quien conoce Maurilia, “para no decepcionar a los habitantes […] elogia la ciudad de las postales y la prefiere a la presente […], reconociendo que la magnificencia y prosperidad de Maurilia convertida en metrópoli, comparada con la vieja Maurilia provinciana, no compensan cierta gracia perdida”.

Hace poco fui a la Covadonga, una cantina en la colonia Roma que se puso de moda hacia 2007. Recientemente sus propietarios decidieron remozarla. Pintaron las paredes, pusieron luces muy potentes y cambiaron unos murales de mosaico con postales de La Habana bastante feos, pero que llevaban varios años, por cuadros de aspecto más contemporáneo, que no son menos feos. No es una transformación radical, y da gusto saber que, antes que cerrar o convertirse en otra taquería Dua Lipa, la Covadonga decidió renovarse. A la vez, me es inevitable pensar que, sin esa atmósfera decadente que acompaña a las cantinas que se respetan, con sus pisos nuevos y su resplandor de LED, será más atractiva para el turismo que, en este año mundialista, se espera que se multiplique. Y eventualmente desaparecerá.

Las ciudades cambian por la mala planeación, la injusticia, la corrupción o los desastres naturales, y también por necesidades o buenas intenciones. Evidentemente, Italo Calvino no debe ser tomado como referente al diseñar políticas de vivienda. Pero vale la pena reconocer, con él, la existencia de “ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente”. Puede uno, por cortesía, aferrarse a las tarjetas postales que las muestran como fueron. Pero solo por un tiempo. ~

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es editor digital de Letras Libres.


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