Lejos del mito 

La trama de ‘Revolución’, de Hugo Gonçalves, se desenvuelve sobre un tiempo oscuro y reciente de Portugal que había quedado orillado por el mito fundacional de la democracia portuguesa.
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Revolución, la novela de Hugo Gonçalves publicada en Portugal en 2023, cuenta la historia de una familia a través de tres hermanos que se quieren, pero que son muy distintos por carácter y por su orientación política antagónica (sobre todo en el caso de las hermanas). La obra ha sido calificada de tragicomedia y la denominación tiene sentido porque hay situaciones que mueven a la risa, ridículas, y hay también un final trágico al que todos parecen abocados desde el principio. De alguna manera, al ser la historia de una familia y su descomposición en un tiempo incierto, Gonçalves se vincula a la tradición de la gran novela portuguesa decimonónica y uno no puede por menos de pensar en Os Maias del gran José Maria Eça de Queirós. Como ocurre cuando somos testigos de historias familiares, la novela atrapa y nos lleva hasta su final sin soltarnos, aunque en algún momento tengamos la sensación de estar siguiendo un serial televisivo.

La obra tiene una estructura muy clara, pero que uno ha de seguir sobre la marcha porque no se nos proporciona un índice. Las tres primeras partes retratan a cada uno de los protagonistas. La titulada “Yo soy Espartaco”, a María Luisa Storm, la hermana mayor, una fanática de extrema izquierda; la segunda, “Obras inacabadas de un joven enamorado”, a Frederico, un joven débil y dubitativo incapaz de encontrar su lugar en el mundo cuando pierde la conexión con sus padres. Entonces, la vida que conocía se sumerge en la incertidumbre y se ve arrastrado por circunstancias que no es capaz de enfrentar. Por último, la tercera parte, titulada “En el centro está la virtud”, nos presenta a Pureza –el nombre no es casual–, la hermana entre los dos anteriores, que algunos verán como una salazarista por su reacción contra su hermana mayor o por la pasiones políticas de su marido, activista de la reacción. Sin embargo, a mí me parece que encarna en realidad a un pueblo portugués moderado, mayoritario, que sufrió los excesos de quienes buscaban llevarlo a donde no quería, a la fuerza, imponiendo en el nombre del pueblo una violencia que acabó por despertar la violencia contraria, la violencia de la contrarrevolución. Ya nos decía Unamuno, al hablar de Portugal, que hemos de cuidarnos de la ira de los mansos. Estas tres partes ocupan la mitad del libro.

A continuación, viene la sección “Proceso Revolucionario en Curso”, 156 páginas dedicadas al contexto que produce el drama familiar. El acrónimo PREC, que remite al nombre del capítulo, es como se denominó al momento revolucionario portugués que va desde el 11 de marzo de 1975 al 25 de noviembre de 1975, diecinueve meses de historia portuguesa jalonados por dos golpes de Estado de militares de distinto signo. Por cierto, si a nosotros nos parece mucho el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, los portugueses perdieron la cuenta de los intentos de golpe en el bienio 1974-1975. Esta parte nos sumerge en el tema que da título al libro, es decir, esta segunda revolución y cómo afecta a la vida de una familia. Aquí no hay duda de que el lector portugués se sentirá interpelado, porque se habla de una revolución fea, llena de fanatismo y violencia, que estuvo a punto de llevar al país a una guerra civil. Un tema en buena medida tabú en su historia nacional y que por ello se ha orillado, por lo que todavía guarda demasiados enigmas. Es un gran mérito de Gonçalves que haga de esta cuestión un tema literario, porque la oscuridad de ese tiempo necesita de alguna luz. Más difícil resulta imaginar qué consecuencias sacará el lector español al atravesar en su lectura el contexto revolucionario en el que se proyecta el drama de la familia Storm. Por cierto, tampoco es casual el nombre elegido para la familia, por lo menos a mí me ha hecho pensar en The gathering storm de Churchill. 

Los españoles, cuando oyen hablar de revolución y Portugal piensan en el golpe de Estado del 25 de abril de 1974, conocido como la “Revolución de los claveles”, del que tienen una imagen rosada que se ha ido afirmando a medida que los partidos extremistas españoles han ido desacreditando nuestra propia Transición política. Resulta divertido a la par que dramático oír a estos representantes de la nueva política que no conocieron ni la transición portuguesa ni la española elogiar el momento fundacional de la democracia lusa sin más criterio que saber que no fue como la española. Al parecer, están convencidos de que en Portugal todo cambió para mejor; y de que en España tuvimos una transición gatopardesca, donde todo cambió para seguir igual. Bueno, hay que decirles que las cosas fueron más complicadas y que muchos portugueses, si no todos, habrían querido una transición a la española.

En la visión idealizada o mítica, el 25 de abril de 1974 fue un día de fiesta, que empezó con una canción de José “Zeca” Afonso, “Grândola, vila morena”, cierto que algo militarista, de pies arrastrados de desfile, pero también de populista canto alentejano, donde se nos dice que el pueblo es el que ordena y manda; que luego vino el reparto de claveles entre la tropa, de manera que lo que empezó en algarada militar se civilizó y se hizo incruento y fraternal;  después el pueblo se convierte en protagonista pacífico de lo que empezó como un golpe militar, se manda a Marcello Caetano al exilio en Brasil; y finalmente se libera a los presos políticos entrada la noche. En suma, que una dictadura iniciada el 28 de mayo de 1926 es derrocada por un acto heroico de los soldados del pueblo que de esta manera rompen, por completo y sin contrapartidas, con el antiguo régimen en un único día. Ruptura sin negociación; lo nuevo frente a lo viejo; los buenos militares revolucionarios frente a los políticos. Algunos en España suspiran por no haber tenido algo parecido, pero una cosa son las películas y otra la realidad.

La película Capitanes de abril (2000) de María de Medeiros se ha convertido en el relato canónico de aquellos hechos, pero aún allí hay matices que vale la pena recordar y que por aquí han pasado desapercibidos. La cinta empieza, sin mayor explicación, con unas imágenes de documental en blanco y negro que ilustran las masacres perpetradas por los portugueses en África, donde aparecen cuerpos carbonizados por el napalm. Los portugueses saben lo que significan esas imágenes, presumo que los espectadores españoles no. Las guerras de África, iniciadas en 1961, desprestigiaron al ejército portugués a ojos de sus compatriotas y del mundo entero. Es más, enajenaron el apoyo de los militares a la dictadura, de la que eran guardianes, porque nadie quiere dar una batalla perdida de antemano, y se les había conminado a luchar hasta morir, lo que explica que no hubiera ninguna resistencia al golpe de 1974. 

Por último, las matanzas arruinaron el prestigio internacional de Marcello Caetano como reformista y, quizás, así se truncó la posibilidad de una reforma pactada. Particular relevancia tuvo la matanza de Wiriyamu, en Mozambique, donde cerca de cuatrocientas personas fueron asesinadas a sangre fría por el ejército colonial portugués. Esta matanza y otras muchas fueron denunciadas por misioneros españoles de los Padres Blancos. Es esto lo que explica que, en la cinta de Medeiros, los capitanes del golpe sean llamados asesinos, sean odiados durante buena parte de la cinta, y es el desenlace del golpe lo que los redime a los ojos de sus compatriotas. Se hacen merecedores de perdón sin juicio porque han acabado con la dictadura, quedan redimidos por haber puesto punto final al oprobio.

Pero la revolución de la que habla Gonçalves no es esta, sino una inmediatamente posterior y que en España se ignora. El golpe militar de abril de 1974 tenía como programa tres des: descolonización, democracia y desarrollo. La descolonización se produjo de forma abrupta, en la novela se habla de los retornados de África y de cómo eran vistos por sus compatriotas, y para finales de 1975 se había completado; el desarrollo tardó en venir porque el país estaba en crisis y el cambio de régimen sirvió para acentuarla hasta llegar a la bancarrota; pero, además, y esta es la revolución de la que habla Gonçalves, a diferencia de lo que ocurrió en la Transición española, no había un acuerdo sobre el significado de la palabra “democracia” entre los principales actores políticos portugueses. Así pues, en Gonçalves no encontrará el lector una narración feliz sobre buenos militares y claveles, sino el retrato de un tiempo oscuro y violento que dividió como nunca a Portugal y que, de alguna manera, marcó la tragedia en la familia Storm. Esta tragedia se resuelve en las dos partes finales: “Cena familiar” y “Feliz Navidad”.

En suma, la obra de Gonçalves tiene el gusto de la novela decimonónica de tragedias familiares, pero es moderna en su estructura y tiene un original fondo musical de jazz y rock que puede seguirse a través de un código QR, “la banda sonora de Frederico Storm”, que se nos ofrece al final del libro. Hay, desde luego, una música muy distinta en esta obra a la que asociamos al 25 de abril, lo que se agradece. Además, la trama se desenvuelve sobre un tiempo oscuro y reciente de Portugal que había quedado orillado por el mito fundacional de la democracia portuguesa, lo que aporta una novedad relevante porque proyecta luz sobre una época hoy poco conocida. Esta decisión me parece oportuna y valiente porque permite alejarse del mito y así entender mejor los desafíos democráticos que enfrentan los lusos en el presente. Por último, y quizá lo más importante, la lectura de la novela se disfruta desde el principio hasta el final.

Hugo Gonçalves

Revolución

Traducción de Rita da Costa

Barcelona, Libros del Asteroide, 2025, 525 pp.


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