Tokio 2020: El rumor del oleaje

Los juegos de Tokio serán recordados por la obstinación con que fueron llevados a cabo en medio de una pandemia, y por el inicio de una nueva discusión sobre la relación laboral entre los atletas profesionales y el conglomerado que controla el movimiento olímpico internacional.
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A los 19 años, Henry de Montherlant era –según él– un animal idealista. O, mejor dicho, “un sublime imbécil”. En 1915 caminaba por el Parque de los Príncipes de París cuando se encontró con una verdadera prueba de realismo: lo que podía y lo que no podía hacer. Descubrió que X podía ser menor que él y que Y podía ser superior. Todo ello, sin posibilidad de réplica. “He aquí que puedo lo que puedo alcanzar, esto y no otra cosa, y no más allá. He aquí un universo extremadamente limpio, y puro e intelegible, bajo un cielo grandiosamente vacío, en el que me esfuerzo hasta el final al máximo”.

Ese mundo confuso y frenético, enclaustrado y desmedido –al que llamó el mundo de su alma– le impuso un debate interno en “aquella edad ingrata”. Había recibido el primer derechazo de la vida: “primer logro a través del deporte: tener en cuenta la realidad”.

Años después, en Las Olímpicas, Montherlant llamaría al deporte la pasión común. “Esta pasión común es la que hace que el intelectual y el peón, el hombre de treinta años y un muchacho de catorce puedan vivir durante horas juntos, hablar juntos sin que exista el ¿qué decirse?, que es la expresión de incompatibilidad social”.

Entre las tempestuosas olas de la covid-19, entre la zozobra de una inminente crisis económica y comercial, entre el miedo y los insondables caminos de la sicología, Tokio fue un dique de realidad, un punto de apoyo en medio del “mundo de la vida”, del que Max Sheler habló en 1913. Tokio fue origami de color que voló sobre la soledad del estadio.

Queda la evocación. La metafísica del recuerdo.

Los juegos de la más reciente Olimpiada de la era moderna serán evocados por la obstinación, por el empeño de ser llevados a cabo entre los brazos de la Godzilla del pánico. Una rareza de cinco años de interludio. El COI, el comité organizador y los patrocinadores hicieron hasta lo imposible para que la cita no fuera cancelada definitivamente, como la de 1940, en aquella ocasión por la barbarie de la Segunda Guerra Mundial. El riesgo de perder miles de millones de dólares puso en peligro la celebración de estas justas y las siguientes, las de París 2024. El dinero impuso el destino y la política y los deportistas siguieron el camino. Tokio fue espigón entre las olas, la segunda y la tercera (¿y la cuarta?) de esta peste contemporánea.

Los atletas, con un año de retraso en sus calendarios de preparación, condenados al encierro y al cambio de sus programas de competencia, asistieron a la capital del Este con una carga mayor: alentar a una especie en alerta permanente; servir de ejemplos de resistencia, de coraje, de pasión común ante el letargo y la sicosis global. Píldoras para la sanación del espíritu, como diría Stefan Zweig.

Y cumplieron heroicamente con la tarea. Dice Nietzsche que ningún acto tiene pasado. En ese presente, en ese golpe de presente de 18 días de pruebas, récords y derrotas, los deportistas volvieron a sublimar y a develar al ser humano. Emocionalmente, miles de millones de espectadores recibieron una porción de ánimo, de esperanza y, en el último de los casos, de distracción ante un enemigo insospechado y, todavía, desconocido. Dos semanas y media sin que existiera el “qué decirse”. Porque, día a día, se dijo todo. Como el “Escándalo Biles”, que ventiló la fragilidad sentimental de los grandes campeones olímpicos.

La emblemática gimnasta estadunidense se negó a competir en el all around individual y por equipos a causa de una crisis emocional y física provocada por la presión mediática –exclamó, con desesperación– en su contra. La agenda deportiva sufrió un quiebre en los primeros días del programa y se convirtió en un asunto de interés neurocientífico: ¿cómo y qué sienten los atletas en la era de las redes sociales? ¿Cuál es el lado oscuro de este teatro universal?  ¿Cómo actúa su cerebro en esta prueba de 110 con vallas contra un entorno cada vez más sofocante e invasivo?

En aquellos días de París, previos a su servicio en el frente francés, Montherlant había sufrido una epifanía: “la gimnasia, la poesía y la amistad son caras de la misma divinidad”. Biles regresó a la viga para competir y ganar un tercer lugar, tan valioso como sus muchos anteriores oros. Pero…

Pocas veces el presente es original.

En 1920, los Juegos Olímpicos fueron entregados a Amberes, la capital de Bélgica, en homenaje a su resistencia durante la Primera Guerra Mundial. El mundo había sufrido, además, el embate de otra pandemia: la llamada gripe española. Los belgas tuvieron un año para construir la precaria villa y el austero estadio. Fue allí que alumbró por primera vez el fuego de los dioses en un escenario moderno. La ciudad estaba destrozada. Aun así, las obras estuvieron listas. Pero sin confort. Como en el equipo de gimnasia de Tokio 2020, la inconformidad se originó dentro de la delegación de Estados Unidos, la más combativa dentro y fuera de la pista y el campo. La prensa formó parte del elenco.

El equipo estadunidense, de 300 integrantes, se embarcó en el Princesa Motoika semanas antes de la inauguración de los juegos. Era un barco militar en el que regresaron tropas que batallaron en el Rhin. Al poco tiempo de zarpar, los deportistas se organizaron para hacer patente su inconformidad por los paupérrimos camarotes y por la pésima alimentación a bordo. En cuestión de días se produjo el llamado motín del Motoika.  El Comité Olímpico Estadunidense nombró una comisión que intentó llegar a un acuerdo con los líderes del movimiento atlético, encabezado, entre otros, por el saltador Daniel Ahearn, quien al llegar a puerto fue expulsado de la delegación por insubordinación.

Las protestas fueron seguidas paso a paso por la prensa local, a la cual los inconformes acusaron de manipular los hechos de la Rebelión de Amberes. Indispuestos a quedarse en una escuela destartalada, los deportistas formaron una especie de sindicato. Al poco tiempo, aparecieron los gritos de protesta contra el COI y la aristocracia europea. Se negaron a competir hasta que no fuera reinstalado Ahearn. Los delegados no daban crédito a la que sucedía. Se convocaron reuniones de emergencia y, después de muchos insultos y silbidos, los miembros del buró cedieron a las exigencias de los atletas.

Ya en las competencias, Estados Unidos encabezó el medallero con 41 oros. Ahearn terminó sexto en el salto triple y tiempo después trabajó como policía en Chicago. Murió en 1942, a los 54 años.

El “Escándalo Biles” abrió una nueva discusión en la relación laboral entre el atleta profesional y el conglomerado que controla los intereses del movimiento olímpico internacional. Una semana después –no tan alejado como parece–, el rompimiento de Lionel Messi (campeón olímpico con Argentina en el futbol del 2008) y el Barcelona confirmó la idea de que, convertidos en empresas, los deportistas han dejado de ser meros trabajadores que cumplen, sin chistar, las exigencias de los apoderados del sistema financiero y pueden presionar para que las reglas del juego cambien en favor de su salud emocional. París 2024 tiene un nuevo pendiente y debe resolverlo en tres años.

Más de once mil atletas, de más de 200 países, viajaron a Tokio para cumplir con el espectáculo universal. Como en las ediciones anteriores, hubo escenas inolvidables de triunfo, frustración y fracaso; la tragedia de las esquinas. Imágenes que colocan al deporte como reducto de la metafísica. Hubo un hecho, entre todos, que no tenía pasado: lo realizado por la china Hongchan Quan en la plataforma de diez metros.

Nacida en marzo de 2007, coetánea de las turbulencias de Lehman Brothers y de la celebración de los juegos de Beijing 2008, Quan logró, entre miles de rivales de su país, inscribirse en la disciplina con el peso de ser medallista en un ritual de tradición y orgullo para su país.

En 1992, Fu Mingxia se coronó en la plataforma de Barcelona. Tenía trece años. Una edad cuestionable y mal vista por Occidente porque presumía explotación infantil del gigante asiático, como antes lo habían hecho los países del bloque socialista. El COI impidió desde entonces la participación olímpica para menores de catorce; medida risible e insustancial, pero medida al fin. Quan pudo asistir a Tokio gracias al retraso producido por la pandemia. Golpe de realidad, aprovechó las azarosas circunstancias y el 5 de agosto logró lo insólito: en tres de sus cinco clavados consiguió la calificación perfecta: hazaña no lograda en ninguno de los grandes deportes de apreciación: gimnasia artística, gimnasia rítmica, nado sincronizado y clavados. El arte sucede, dijo Borges. Y sucedió con insospechada naturalidad. Quan apenas se dio cuenta que despeinó la historia de la exactitud.

Nadia Comanecci también tenía 14 años cuando ganó el oro, con perfección en las barras asimétricas, en los juegos de Montreal 76. Cuando un reportero le preguntó cuál sería su gran deseo después de ganar esa medalla, Nadia contestó como un personaje de Novalis: “Solo quiero irme a casa”.

Tokio fue un más allá: la “celebración de la vida sin mañana”, como la de los amantes de Mishima.