Este libro nuevo, espléndido y bellamente escrito, de Rana Dasgupta lleva por título After Nations: The Making and Unmaking of a World Order. La idea, esbozada brevemente en la introducción y en el último capítulo, consiste en mirar hacia el futuro compartido de la humanidad, un futuro que no estaría constreñido por el sistema de Estados-nación. Dasgupta considera que el sistema actual es incapaz de afrontar los problemas del movimiento humano (la migración), los desafíos ecológicos y el aumento de la desigualdad de riqueza. Cree que el poder y el alcance tecnológicos de una docena de megaempresas socavarán el sistema desde dentro e incluso pondrán en riesgo la supervivencia de la especie. La solución reside en la convivialidad, la cooperación mutua, el respeto por la naturaleza y una nueva relación entre el individuo, el Estado, Dios (la religión) y el planeta. Estos temas, propios de la filosofía política, como he mencionado, solo se desarrollan en la primera y en la última –y bastante breve– parte del libro. Yo no tengo un conocimiento particular sobre esas relaciones y mi reseña seguirá un rumbo distinto. Soy consciente de que quizá pase por alto algunas de las ideas que Dasgupta y tal vez otros comentaristas puedan considerar más convincentes o importantes, pero creo que el libro es lo bastante rico como para sostener varias maneras posibles de abordar sus temas principales.
Para mí, la mayor parte del libro trata en realidad sobre las formas en que se crearon los Estados-nación, cómo se convirtieron en imperios y qué ideas utilizaron para justificar (o para explicarse a sí mismos) su dominación.
Dasgupta examina cuatro de esas ideas: Dios y Europa o la Francia medieval; la propiedad o Inglaterra; la ley o Estados Unidos; y la naturaleza o China. Dedica a cada una un capítulo. Los capítulos sobre la propiedad y la ley quizá sean los que más resuenan hoy con nosotros; acaso lo hagan porque el pensamiento angloamericano ha llegado a definir Occidente y a ser influyente en todo el mundo.
El capítulo sobre Inglaterra sitúa el ascenso del capitalismo inglés en el marco de una economía global del saqueo. No es una perspectiva nueva. De hecho, como escribe Dasgupta en el Prefacio, los hechos e incluso las ideas del libro no son nuevos: lo nuevo es la narración, el modo de contar la historia, la manera de hilar los hechos. La sociedad inglesa, y más tarde británica, aparece como desarrollada en dos vías históricas: la primera fue la expansión oligárquica hacia el resto del mundo, en la que la Compañía de las Indias Orientales –cuyos ingresos en un momento dado equivalían al 15% del PIB británico– y otras compañías similares que operaban en África se utilizaron para enriquecer enormemente a una pequeña minoría. Esa minoría controlaba el Estado y era accionista de las compañías (una cuarta parte de los miembros del Parlamento eran accionistas). Despojaron no solo al resto del mundo y, en particular, a India mediante la desindustrialización de su producción textil, y a China mediante las Guerras del Opio, sino que despojaron también, o se mostraron igual de indiferentes a la suerte de la población doméstica. Para citar a Adam Smith, sobre lo primero: “Es un gobierno muy singular [el de las compañías mercantiles] en el que cada miembro de la administración desea salir del país y, en consecuencia, terminar con el gobierno tan pronto como pueda, y para cuyo interés, al día siguiente de haberlo abandonado y haberse llevado consigo toda su fortuna, le resulta perfectamente indiferente que todo el país sea engullido por un terremoto”. En cuanto a lo segundo, la población británica perdió el acceso a las tierras comunales, se vio obligada a vender su fuerza de trabajo y fue marcada (en muchos casos, literalmente en el cuerpo) con epítetos de ociosidad, pereza y estupidez cuando se negaba a jugar según el sistema y a ser arriada, prácticamente sin derechos, hacia fábricas o asilos de pobres. Fue políticamente ignorada y económicamente oprimida.
Leyendo a Dasgupta y libros similares que hoy abundan, no puede uno sino quedar totalmente impactado por cómo narrativas contrarias del ascenso británico y de la Revolución Industrial –algunas “coronadas” con premios Nobel– logran borrar casi por completo los aspectos de terrorismo interno y externo, esclavización, palizas, piratería en sentido estricto, levas forzosas en el servicio naval, cercamientos, fabuloso enriquecimiento de las élites políticas, represión militar de revueltas, hambrunas y ejecuciones, todo ello bajo el hermoso título de “Revolución Gloriosa”. Es como describir la industrialización soviética y el Gran Terror estudiando los desfiles en Moscú. Pero nadie ha recibido un Premio Nobel por eso. Bueno, quizá el Premio Stalin…
La segunda vía apareció solo en la parte final del siglo XIX, cuando la prosperidad material del pueblo empezó a considerarse necesaria para ganar guerras. Siguieron derechos políticos. No se obtuvieron, argumenta Dasgupta, mediante la revolución ni, menos aún, mediante la amenaza a la élite; más bien, la élite los concedió voluntariamente para asegurar su continuidad en el poder: para disponer de una población bien alimentada y razonablemente educada, capaz de ganar guerras de masas. Esta explicación particular de la democratización será, creo, importante cuando consideremos la situación actual, que según Dasgupta muestra muchas similitudes con la evolución de la “primera vía” del imperio británico. Los ricos de Estados Unidos y de Occidente pueden prosperar apoyándose en la economía global, con independencia de lo que ocurra en sus retaguardias, es decir, al resto de la población en sus propios países.
El sistema imperial estadounidense se basó, escribe Dasgupta, en la ley o, quizá con mayor precisión, en la “juridificación” (o legitimación) de cualquier práctica que fuera rentable. El capítulo estadounidense se abre con el encuentro europeo con las poblaciones (nativas) americanas, cuando prácticas de esclavización, conquista de tierras y coerción masiva tuvieron que situarse en un marco aparentemente legal. Empieza, como es bien sabido, con los intentos españoles –o más bien católicos– de trazar algunas reglas para las relaciones entre cristianos y “salvajes”. La manera de contar de Dasgupta es muy persuasiva y el lector queda con sentimientos contradictorios. Por razones puramente instrumentales, introducir algunas reglas –por injustas que parezcan a primera vista– para gobernar las relaciones entre opresor y oprimido es preferible a no tener regla alguna. Y, de hecho, muchas veces en la historia los opresores prescindieron de cualquier reflexión o justificación de su conducta: pensaban que no la necesitaban. Por otro lado, la hipocresía de esas supuestas “reglas”, improvisadas no solo para justificar exacciones ya cometidas, sino para aplacar la conciencia de los opresores y quizá para hacer aún más probables futuras transgresiones de normas humanas elementales, es una hipocresía elevada a tal grado que uno retrocede instintivamente ante ella.
Dasgupta sitúa en ese contexto el famoso –y por lo demás sensato– tratamiento de John Locke sobre la propiedad como algo que surge de mezclar el trabajo humano con la naturaleza: habría estado motivado por la necesidad de explicar la usurpación europea de tierras a las poblaciones nativas (también en África). Estas últimas son consideradas como si no existieran; es decir, no se considera que hayan interactuado productivamente con la naturaleza, sino que solo vivan de ella. Y, a la luz de ello, se concluye que no tienen derecho a la tierra en la que viven. Es una instantánea del mundo en la que los habitantes “indeseables” son simplemente apartados de un plumazo, la naturaleza aparece prístina y la primera persona que ha tenido una interacción activa con ella es, en efecto… el colono.
La base del imperio estadounidense descansa en la ley o en la “ley” (tal como se acaba de describir). En el plano internacional, entra en escena con la Conferencia de Paz de París y el surgimiento de Estados Unidos como potencia global. La creación de la Sociedad de Naciones consagra la idea de que el mundo queda, por así decir, dividido “geométrica” y legalmente en piezas de tierra controladas por distintos gobiernos que, a su vez, representan a naciones. El nacimiento de las Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, las teorías de la modernización y similares se explican –o se discuten– dentro de este marco recién consolidado de Estados-nación.
Este mundo está ahora, según Dasgupta, llegando a su fin por la incapacidad de afrontar los desafíos que mencioné al principio. Pero antes de comentar esa parte, conviene mencionar la explicación de Dasgupta sobre la tradición imperial china y su alcance actual. A diferencia de las otras tres, se centra en el control de la naturaleza. China es un inmenso imperio continental atravesado por ríos, cuyo control determina la supervivencia de la población y, por tanto, del Imperio. China, escribe Dasgupta, exporta hoy al resto del mundo la misma necesidad de controlar, usar y explotar la naturaleza –tanto minerales como cultivos– para sobrevivir. Es una mirada nueva sobre la Iniciativa de la Franja y la Ruta: la BRI no solo es heredera del comercio histórico entre el Imperio del Centro y Europa, sino también de la práctica china, desde tiempo inmemorial, de tener que lidiar con los caprichos de la naturaleza para sobrevivir. La actual explotación china de minerales en África es simplemente una continuación de políticas imperiales aplicadas ahora al resto del mundo, y no solo al núcleo imperial. Los imperios británico y chino se vuelven así similares: ambos dependen de la proyección externa de sus prácticas domésticas: la sociedad comercial y oligárquica de Inglaterra proyectada hacia el pillaje de colonias y la esclavización de pueblos colonizados; y la sociedad hidráulica de China proyectada hacia el pillaje de recursos naturales en otras partes.
Para volver a la pregunta que planteé antes: ¿es posible hoy, en Occidente, superar una sociedad de “primera vía”? Hay que recordar que Dasgupta piensa que una sociedad así (de indiferencia hacia los pobres) solo se superó en Gran Bretaña cuando los gobernantes necesitaron jóvenes sanos para luchar en guerras. Razonando por analogía, ¿qué fuerza mundial obligaría hoy a la élite estadounidense a conceder más poder a la gente común? Es difícil ver qué fuerzas podrían desempeñar ese papel, especialmente si tenemos en cuenta que el avance tecnológico, como insiste Dasgupta, depende cada vez menos de las personas. Si las guerras pueden librarse no solo con drones (como hemos descubierto en la guerra Rusia-Ucrania) sino con circuitos web, satélites y guerreros-robot, ¿por qué necesitaría la élite una población feliz y sana?
En lugar de ver la trascendencia del sistema de Estados-nación mediante alguna comunalidad vaga, tiendo a pensar que el resultado más probable en el horizonte es la relación simbiótica entre el Estado y la élite tecno-feudal (como se la llama). El Estado no perecerá. Tampoco lo hará el sistema de Estados-nación. El Estado es una herramienta extraordinariamente flexible y poderosa porque es la única fuente (al menos así se autoproclama y así lo creen muchos) legal de coerción. En lugar de enfrentarse al Estado-nación de manera frontal e intentar derrocarlo, ¿no tendría más sentido que la nueva élite tecnocrática se hiciera con él, se insinuara en su interior y combinara en sus propias personas tanto el atractivo del derecho legal del Estado a obligar a los demás como la capacidad de hacerlo que su dominio tecnológico les permite ejercer?
Traducción del inglés Daniel Gascón.