Entrevista a José Luis Villacañas: “La soledad y la distancia de la corte hicieron independiente a Saavedra Fajardo”

El historiador publica una biografía de Saavedra Fajardo, testigo del declive de la Casa de Austria y modelo de pensamiento y agencia diplomática.
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José Luis Villacañas es catedrático de filosofía política en la Universidad Complutense y director de la Biblioteca Saavedra Fajardo de Pensamiento Político Hispánico. Filósofo, historiador y ensayista, ha publicado recientemente la biografía Diego Saavedra Fajardo. La lealtad conocida (Fundación Banco Santander, Colección Obra Fundamental).

Después de tantos años dedicado a su figura, ¿qué imagen de Diego Saavedra Fajardo busca matizar o completar con esta biografía, y cuál diría que es su mayor aportación?

En el libro presento a Saavedra como un ejemplo de lo que podemos llamar patriotismo crítico. Nunca hace nada que pueda perjudicar a su patria, o a su Estado –porque en él ya hay un teoría del Estado–, pero no deja de ser crítico con todas las dimensiones que considera mejorables en la monarquía, tanto de sus costumbres, de su religión, de su economía, de su política como de sus relaciones internacionales. No es por tanto una biografía completa, sino la exposición de un carácter y de un destino propio de un reformista que ofreció un ideal de futuro posible a España.  

A lo largo del volumen es posible percibir el lado más humano de Saavedra, algunos errores e incluso debilidades. ¿Por qué es crucial para la comprensión de este personaje y para el propósito del libro recuperar la imagen de este humanista más allá de sus logros literarios y políticos?

No hay destino sin carácter y no hay carácter sin contexto social. Por eso he deseado destacar aquellas circunstancias personales y sociales que explican la evolución intelectual y humana de Saavedra. He querido mostrar cómo un hombre humilde y excepcionalmente dotado, que aspiraba con fuerza a acreditarse en su dignidad y en su inteligencia, chocó con las estructuras sociales e históricas que impidieron que su obra crítica tuviera eficacia reformadora.  

Usted subraya que la característica fundamental de Saavedra fue su independencia de pensamiento, su inteligencia crítica. En un ambiente cortesano y diplomático marcado por las relaciones clientelares, ¿cómo logró Saavedra decir lo que pensaba?

El sentido de la hidalguía confiere un profundo sentido de la libertad, porque las convenciones del hidalgo median de un modo muy elaborado la expresividad, lo que permite mantener opiniones muy críticas con formas muy elegantes. Son esas maneras y su inteligencia las que hacen libre a Saavedra. Ambas cualidades le llevaron a ser útil a personas muy importantes de la primera mitad del siglo XVII. Sin embargo, incluso de forma simultánea con tareas más privadas, siempre fue un servidor público y así se comprendió. Saavedra no formaba parte de una red clientelar, porque venía de una periferia y de una clase social no especialmente relevante. Su fortuna comienza cuando se va a Italia sin ningún cargo ni puesto y llega a ser secretario del cardenal Borja. Fue su notable capacidad la que le abrió camino, con informes muy elaborados. Así fue puesto en un lugar en el que tenía que codearse con la alta nobleza y con los elementos centrales de la Monarquía. Pero en lugar de mostrarse sumiso, se mostró sincero, franco, a veces incluso altanero e irritado con quienes veía que no cumplían con sus responsabilidades. También el hidalgo, cuando es puesto en situaciones extremas, afloja la autocontención y se expresa como un paisano, sobre todo ante los iguales de la administración regia. Pero lo que le permitió realmente la independencia de criterio fue la soledad. Es llamativa esta circunstancia. Casi siempre vemos a Saavedra trabajar solo. La soledad y la distancia de la corte lo hicieron independiente. Era útil y resultaba fácil deshacerse de él, como se vio al final de su vida. Era perfecto para un poder cortesano que asfixiaba al Estado y al rey Felipe IV. 

En relación con la política exterior, en su libro destaca la defensa por parte de Saavedra de la razón de Estado sobre los lazos de sangre de los Austrias. ¿Cómo se manifestó esto en sus escritos y acciones diplomáticas?

Saavedra identificó la imposibilidad de que la monarquía hispánica venciera en su batalla histórica contra las Provincias Unidas y luego contra Suecia y Francia. Y eso no solo por la magnitud de sus enemigos, sino por la poca fiabilidad de dos de sus supuestos aliados: la Iglesia de Roma y la Casa de Austria imperial. Esto se aprecia en documentos, informes, cartas, tratados y panfletos de todo tipo que analizo en el libro. Por tanto, era necesario o atraer a Viena y a Roma –enemigos entre sí– a la política de la monarquía o dejar de enviar dinero y tropas que no ayudaban a la monarquía y se empleaban para debilitarla. Para eso, se tenía que poner  la razón de Estado sobre la razón de la Casa. Esta es la modernidad de Saavedra. Crítico con la casa, defensor del Estado y de una construcción institucional más operativa, moderna y reducida. Saavedra dijo con claridad que el imperio era un cuerpo político imposible.   

Es usted muy crítico con el presentismo que limita la cultura española actual y el olvido de la perspectiva diacrónica, de la continuidad histórica. Su libro resalta la relevancia del personaje y su vigencia. ¿Por qué cree que la figura de Saavedra Fajardo debería ser un referente en la sociedad contemporánea?

Saavedra es el primero que trata de defender a la monarquía hispánica de un modo que evade el victimismo, la clave de todos los defensores de la leyenda blanca. Es el primero que defiende al Estado con algo más que quejas, con inteligencia. Es el primero que dice en qué no tenemos razón. El primero que se hace cargo de la razón de Holanda o de Suiza. El primero que señala que nuestra relación con América y con Europa debe ser de otra manera. El primero que exige otra economía completamente diferente y otra comprensión de la religión. El primero que propone una cortes generales con representación unitaria de todos los reinos hispánicos. Es el primero de muchas cosas. Forjar una tradición crítica es esencial para los países, para conocer la índole de los estratos temporales que dificultan su evolución histórica. La historia no es humo. Solo los ilusos son defensores de utopías que ignoran el peso de la historia. La memoria de la continuidad histórica nos pide ser humildes y preguntarnos cuál es el mejor paso siguiente y no conquistar el cielo.  


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