Foto: Eric Allix Rogers, CC BY-NC-ND 2.0.

Sin fines de lucro, con fines de agencia

La obra de Martha Nussbaum no deja dudas en cuanto a que la democracia necesita de las humanidades. Sin embargo, los vientos de estas disciplinas hoy soplan en otra dirección.
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Este artículo forma parte de la serie Fantasmagorías del pasado: el humanismo.

En Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (2010), la filósofa estadounidense Martha Nussbaum (1948) describe el retroceso de la educación de fundamento liberal en Estados Unidos, país pionero en la transversalidad del componente humanístico en la educación superior. Los padres y las autoridades universitarias coinciden en que los esfuerzos escolares de la juventud han de orientarse hacia el desarrollo económico, en favor de carreras que aseguren a las y los futuros profesionales medios de vida y prestigio social. La mejor formación en el país del norte es costosa; endeudarse estudiando artes, literatura o filosofía, con la certeza de un futuro de empleos subpagados, no parece el colmo de la sensatez. Detrás de este dilema subyace un problema mayor, según la autora: hemos perdido el rumbo y el sentido mismo de educar para la vida en democracia.

El tema del prestigio es central para entender la administración del conocimiento en la era de la biopolítica y de la cuarta revolución científico-técnica. Se trata de que la juventud maneje las claves del poder en esta época y sepa vincularse adecuadamente con su ejercicio. Tal ejercicio no requiere de la democracia liberal: Nussbaum afirma que dos grandes naciones democráticas, India y Estados Unidos, podrían eventualmente hermanarse en la cruzada antiliberal, enmarcada en el nacionalismo y el fundamentalismo religioso, como efectivamente ocurrió años después de la escritura de Sin fines de lucro con el advenimiento de la era Trump.

India cuenta con núcleos de elevado desarrollo tecnológico, de espaldas a las falencias políticas de regímenes al estilo de Narendra Modi. Nussbaum registra cómo en esta nación, nacida de un proceso de independencia marcado por valores democráticos, han ganado terreno concepciones fascistoides e históricamente espurias sobre una identidad nacional sin contaminaciones foráneas, causadas y acompañadas por una educación formal vertical y autoritaria que no acepta cuestionamientos de la versión oficial de la historia del país. Estas fantasías, como bien indica la autora, no son privativas de ningún continente ni sociedad, pero cuando toman terreno es muy difícil que retrocedan, al estar alineadas con tentaciones autoritarias, propias de nuestra especie ante peligros reales o imaginarios.

¿La democracia necesita, entonces, de las humanidades? Una partidaria de la educación liberal como Nussbaum no lo duda, porque parte de una concepción de lo humano señalada por la razón, capaz de manejar las pasiones inherentes a nuestra psicología, mismas que nos llevan al ejercicio del poder sobre otros en términos jerárquicos, a despecho de nuestras tendencias, igualmente presentes, a la cooperación y el entendimiento. No es fácil abordar nuestros vínculos con los demás allende nuestro inmediato entorno familiar, comunitario y nacional: tal abordaje, indica Nussbaum, debe hacerse absteniéndose de ejercer las divisiones violentas entre los otros y el nos(otros), presentes en las más diversas épocas y sociedades.

Una sociedad realmente abierta, como diría Karl Popper, requiere de una serie de aptitudes, relacionadas con la comprensión de los derechos fundamentales y el reconocimiento de la condición humana de aquellos y aquellas distintas a causa de la religión, raza, ideología, religión, género y nación. Las artes, la literatura y el pensamiento, reza Sin fines de lucro, están llamadas a ejercer el papel de mediadoras entre las distintas formas de organización humana, con el fin de cultivar la comprensión de las diferencias y la consciencia de los dilemas comunes del planeta: economía, cambio climático, migraciones.

Hasta qué punto los departamentos de humanidades actuales, marcados por la política identitaria y no por una visión cosmopolita de la agencia, son capaces de ejercer esta labor no es tema del texto comentado. Lo es en cambio la preocupación reiterada por el valor en alza de políticas regresivas respecto a los valores democráticos y la definición de las aptitudes necesarias para contrarrestarlas:

Si el verdadero choque de las civilizaciones reside, como pienso, en el alma de cada individuo, donde la codicia y el narcisismo combaten contra el respeto y el amor, todas las sociedades modernas están perdiendo la batalla a ritmo acelerado, pues están alimentando las fuerzas que impulsan la violencia y la deshumanización, en lugar de alimentar las fuerzas que impulsan la cultura de la igualdad y el respeto. Si no insistimos en la importancia fundamental de las artes y las humanidades, estas desaparecerán, porque no sirven para ganar dinero. Solo sirven para algo mucho más valioso: para formar un mundo en el que valga la pena vivir, con personas capaces de ver a los otros seres humanos como entidades en sí mismas, merecedoras de respeto y empatía, que tienen sus propios pensamientos y sentimientos, y también con naciones capaces de superar el miedo y la desconfianza en pro de un debate signado por la razón y la compasión.

El humanismo para el siglo XXI y las llamadas humanidades no remiten, en conclusión, a un conjunto de obras consagradas que conforman valores trascendentes, sino a un ejercicio de la razón, orientado a contemplar críticamente nuestra mundanidad, ese ser y estar en el mundo con y por los demás. La universalidad no es una condición sino un resultado, una construcción y no una esencia a identificar. Si en Las palabras y las cosas Michel Foucault señaló el fin de unos saberes que propiciaron la invención del hombre en los términos de un humanismo superado por y en la contemporaneidad, Martha Nussbaum en Sin fines de lucro postula un humanismo sangre y carne de las prácticas democráticas, una tecnología del yo, recordando al pensador francés, que propiciaría un mundo más ético y vivible.

Como agenda y agencia política significa una postura digna de tomarse en cuenta. Sin embargo, los vientos de las humanidades no soplan en esta dirección, sino en aquella que interpreta la contingencia histórica en términos de la opresión de los sujetos y de sus identidades. En todo caso, vale la pena abordar el devenir del humanismo y las humanidades desde Nussbaum, una cabeza lúcida y singular en medio de la uniformidad de las modas académicas.

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