Foto: Claude Truong-Ngoc / Wikimedia Commons - cc-by-sa-3.0, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Amin Maalouf, la esperanza del observador

El escritor franco-libanés, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2025, ha desarrollado una obra enemiga de la banalidad, que denuncia los males de la época sin predicar el pesimismo.
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Es muy peculiar la alegría que proviene de cuestiones no personales sino del pensamiento que lo forma a uno; al que intenta deberse, quizá sin intención. Cercana alegría en la distancia. ¿Se trata de una emoción propia? Y si se origina en la reflexión de otro, ¿es por ese otro? ¿A causa de él? ¿Para él? Se trata, en realidad, de lo que en Identidades asesinas (1998), uno de sus libros más vigentes para las diversas crisis actuales, Amin Maalouf llamó los genes del alma. Las capas que nos componen. Los pedazos de identidad que construyen la del individuo. Serán las nacionalidades, las raíces culturales, las afinidades y constructos adquiridos. A veces, por elección; otras, por mera coincidencia.

No tengo ningún problema en reconocer mi poco discreta sonrisa al anunciarse la entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romance 2025 a Maalouf, en la próxima Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

En un par de libros lo he citado con la precaución de quien ve en palabras de otros, ideas arriba. De su última visita a México, tengo el recuerdo de conversaciones que me permitieron entender un poco mejor la intimidad de lo bicultural que impone lo público de trabajar sobre Medio Oriente. Maalouf ve Occidente y Medio Oriente siendo parte de ambos y con un pie de distancia sobre los dos.

Meses antes del encierro a causa de la pandemia de covid-19, con una Siria que para ese entonces traía ochos años de guerra civil a cuestas y no arrojaba más futuros que Assad, Maalouf me hizo pensar, supongo sin quererlo, sobre las estructuras mentales alrededor de los movimientos sociales antes que sobre los hechos singulares dentro de ellos. Hoy, estoy convencido de que es la forma de intentar comprender dónde estamos situados en el planeta entero. ¿Qué estructuras mentales se encuentran atrás de lo que vivimos? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van o pueden dirigirse?

Maalouf es árabe en sus tierras y memorias, que son más que una. Es francés en Occidente y le recuerda a Medio Oriente que ambos mundos comenzaron en Levante. También insiste en la vía opuesta: se lo dice a Europa y a nosotros, los de varios lados. ¿No lo somos todos, incluso aquellos que lo han olvidado?

Hoy, cuando el mundo actúa tan descompuesto, no hay muchos lugares mejores que México, con su acumulación de disfuncionalidades internas y externas, para reconocer a quien ha hecho de sus preocupaciones el gran espejo de nuestros derredores. Identidad, violencia, esperanza y junto a ellas, las pasiones que nos hicieron actuar siempre y lo seguirán haciendo, para evitar caer en el pesimismo que en varias ocasiones se le acusa, cuando, Maalouf es a menudo lo contrario.

Las migraciones y los exilios le otorgaron al pensamiento y la literatura árabe contemporáneos una apertura hija de los desasosiegos locales. El siglo XX transformó a Medio Oriente en tierra de absolutos, pero la reflexión y la imaginación exigen salir de ellos. En la década de los setenta, la guerra civil en Líbano le llevó a Francia, donde se habían formado, directa o indirectamente, buena parte de su generación.

Las cruzadas vistas por los árabes (1983)fue su primer libro de eso que hoy llamamos no ficción. León el Africano (1986), la primera novela. Los dos, se mantienen como una de las posibles maneras iniciales de conocer a Maalouf. Para quienes tienen la fortuna de recién leerlo, entonces descubrirlo, son fundamentales dentro de una obra con raíces indisociables de la transformación cultural del mundo literario árabe, donde, si bien la poesía marcó tradición de siglos, pedía referencias distantes de las latitudes de costumbre y un género para lo que en mi casa familiar se conocía como la escritura de las ideas: el ensayo, con su vínculo hacia la primera etapa de Maalouf, el periodismo.

El tránsito entre registros muestra la complejidad que se echa de menos en nuevas tradiciones literarias de distintos países, para las que los narradores ya solo hacen novela, los ensayistas solo ensayo. La excepcionalidad de lo completo está en lo peculiar del intelectual, que narra desde el ensayo y viceversa, como también juega en el libreto. Cuatro óperas, de la mano de la finlandesa Kaija Saariaho, van de la idealización del amor, su realidad o irrealidad (que no fantasía), a la imposibilidad de simplificar las decisiones personales en la brutalidad criminal de una guerra, pasando por la vida de Simone Weil o de Émilie du Châtelet (L’Amour de loin, Adriana Mater, La Passion de Simone y Émilie pueden encontrarse, en algunos casos completas y en otros, en partes, en línea).

Esa misma complejidad resulta enemiga de la sobresimplificación y banalidad de la época, excesivamente dispuesta a prescindir de los ejes recurrentes en prácticamente toda la obra de Maalouf. La moral, secuestrada hasta la anulación por líderes irresponsables. La ética, ausencia de consecuencias letales que asoma en períodos de transición para todo aquello que hemos conocido y ve los momentos oscuros de El laberinto de los extraviados (2024), su más reciente ensayo.

El desajuste del mundo (2009) y El naufragio de las civilizaciones (2019), dos libros con casi diez años de distancia, hacen el recuento personal de una mirada que ha visto las fracturas de medio hemisferio, del proyecto panárabe a las ineptitudes modernas en Medio Oriente, la xenofobia, el fundamentalismo regional, el identitarismo europeo y ahora estadounidense, en los que aquellos genes del alma que todos tenemos se han corrompido para privilegiar unos sobre los demás, restándoles equilibrio a través del auge de un cinismo universal como código de comportamientos políticos. Identidades que, como explica Maalouf, no le aportan nada al mundo más que los llamados a crispaciones destructivas, éticamente quebradas en una bancarrota con urgencia de decencia. Pero una bancarrota que no anticipa finales fulminantes, porque alguien que ha presenciado la destrucción de su país también conoce las vías de su reconstrucción constante, con el compromiso de que la literatura no debe predicar la desesperanza. Por eso no es realmente pesimista. Serlo sería excesivamente fácil.

La derrota es terreno de la simplificación. De quien no ve atrás ni adelante, incluso en un mundo que da la impresión de ser una representación distópica de la historia. Con Gaza, con Ucrania, con Sudán, con Washington. Y dan ganas de refugiarse en una isla. En la isla de Antioquía –Antakya, sí. Perdón por la emoción con el nombre de lugar–, sitio de exilio autoimpuesto para Alec Zander, personaje de la novela más reciente de Maalouf, Nuestros inesperados hermanos (2020). Retrato en todos los sentidos posibles del mundo que observa y del que somos parte: la información, la desinformación, la banalidad, la frivolidad, la angustia, la necesidad de escape. Porque a la realidad a veces podemos entenderla desde la ficción. Una que hemos desaprendido a leer. Cada vez más. ~


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