Muchas cosas han pasado desde que publicase hace dos semanas la primera parte de esta entrada, dedicada al auge nacionalpopulista que impulsa a los partidos de la derecha radical que hoy prosperan en medio mundo. Esos partidos pueden ser viejos o nuevos, o sea: o bien nacen radicales o se radicalizan en los últimos años. Entre ellos se cuenta el Partido Republicano estadounidense, que ha encontrado en Donald Trump al líder capaz de llevar a la Casa Blanca la propuesta antiestablishment que empezó por formular el Tea Party como respuesta a la Gran Recesión. No hay que olvidar, en todo caso, que el republicanismo norteamericano ha conocido otros radicalismos en el pasado reciente: tampoco Newt Gingrich –conocido por aquel “Contrato con América” que proponía en los años de Clinton– se parecía demasiado a Abraham Lincoln.
Por su parte, la izquierda norteamericana se expresó a través del movimiento Occupy Wall Street, émulo de los indignados españoles, y penetró después en la estructura del Partido Demócrata; ya fuera por medio de candidatos y activistas de orientación socialista (como Bernie Sanders) u otros más jóvenes y alineados con eso que se ha llamado wokismo (Alexandra Ocasio-Cortez). Pero mientras que los dos presidentes demócratas de este siglo –Obama y Biden– han sido centristas, el primer republicano que llega al poder tras la crisis financiera es un magnate inmobiliario y ex presentador televisivo caracterizado por su volatilidad ideológica e imprudencia decisoria. Bien es cierto que su primer mandato no fue catastrófico, si exceptuamos su negativa postrera a aceptar la derrota y la justificación del asalto al Capitolio por parte de sus acólitos; lo menos que puede decirse del segundo es que ha comenzado con fuerza.
Y esas son algunas de las cosas que han pasado últimamente en Estados Unidos: un aluvión de órdenes ejecutivas han puesto en jaque a la administración federal –los ingenieros de Elon Musk se pasean por los ordenadores de las oficinas públicas recortando gastos como si se tratara de una empresa en liquidación– y el orden liberal de la segunda posguerra amenaza con evaporarse a ojos vista. Así se deduce del tenor de las negociaciones abiertas entre la Casa Blanca y la Rusia de Putin, que ningunean a una Ucrania a la que Trump pareciera querer sacrificar –lo justifica diciendo que nunca debió ir a la guera con el país que la invadió– y no contemplan un papel relevante para los europeos. Se diría que estos han dejado de ser aliados transatlánticos: aunque Trump tiene razón cuando reprocha a los europeos vivir del paraguas defensivo que Washington lleva décadas proporcionándole, la queja parece un pretexto para resetear las relaciones bilaterales sobre la base de que might is right. Ha vuelto a constatarse, dicho sea de paso, que la política exterior es el agujero negro del constitucionalismo liberal: un presidente electo puede hacer y deshacer como le venga en gana –o casi– siempre y cuando lo justifique invocando el interés nacional.
Todavía es pronto para saber a dónde nos conducirá todo esto: aunque hayamos leído ya que el larguísimo siglo XX termina en el mes de febrero de 2025, se dijo lo mismo el 11 de septiembre de 2001 y volvió a repetirse cuando estalló la Gran Recesión. ¿Y qué sucederá si los republicanos pierden la mayoría en las elecciones midterm o dejan la Casa Blanca dentro de cuatro años? Inversamente, el nacionalpopulismo puede seguir ganando votos en el viejo continente o verse perjudicado –Ramón González Férriz ha escrito sobre esto– por el desempeño del segundo Trump. De momento, la confusión reina: darse un paseo por las redes sociales es darse de bruces con una cacofonía más intensa de lo habitual. Aunque predomina el rechazo de la “solución” que Trump propone para Ucrania, no faltan quienes aplauden: unos porque admiran a Putin y otros porque siguen convencidos de que el nacionalpopulismo es el revulsivo que necesitan unas sociedades occidentales en decadencia económica y demográfica.
Por otro lado, también ha habido elecciones federales en Alemania y sus resultados guardan estrecha relación con nuestro tema: Alternativa por Alemania, partido de extrema derecha liderado por Alice Weidel, ha superado su techo histórico superando el 20% de los votos. Sobre todo, recibe el voto de los alemanes del Este; un voto más masculino que femenino. Nótese, en todo caso, que el apoyo de Elon Musk no ha catapultado a los nacionalpopulistas alemanes: si la “tecnocasta” fuera tan poderosa como la pintan a la hora de determinar la voluntad de los votantes, Weidel habría debido ganar las elecciones. Pero no ha sido el caso, si bien es improbable que los críticos de las redes sociales moderen su posición a la vista de la evidencia empírica. En realidad, la única sorpresa de las elecciones alemanas ha sido el ascenso de Die Linke, partido comunista con raíces también orientales: mientras que su escisión “rojiparda”, la BSW de Sarah Wagenknecht, se ha quedado a 13.000 votos de entrar en el Bundestag, la extrema izquierda liderada hoy por la joven Heidi Reichinnek roza el 9% de los votos y ha obtenido 64 escaños. Se equivoca así quien piense que el único extremismo en boga está en la derecha: en los márgenes de un centro debilitado crecen los ultras de derecha e izquierda.
Desconfianza, destrucción, empobrecimiento y desalineamiento
Retomemos aquí el hilo que quedó suelto en la entrada anterior, donde nos aproximamos al nacionalpopulismo de la mano de un libro publicado en 2018 que trata de explicarlo a la vez que lo defiende con prurito de rigor académico. Se trata de National Populism: The Revolt Against Liberal Democracy y lo firman Roger Eatwell y Matthew Goodwin, convertido este último mientras tanto en portavoz oficioso del Reform Party que lidera Nigel Farage: un partido que se ha situado a la cabeza de las encuestas en Gran Bretaña con un discurso donde el rechazo de la inmigración ilegal juega un papel determinante. Ya se dijo que la tesis de Eatwell y Goodwin es que cuatro fenómenos distintos, aunque relacionados entre sí, permiten comprender por qué el nacionalpopulismo ha venido creciendo; con el matiz de que la Gran Recesión habría acelerado una tendencia que para ellos arranca mucho antes.
Para ellos, por cierto, no cabe distinguir tajantemente a los populistas de izquierda y derecha; ambos prometen dar voz al pueblo y reducir el poder de las élites. Para los españoles, la diferencia estaría en la nación: nuestra izquierda populista descree de España y habla de “pueblo” a secas; aunque sí crea en Cataluña o Galicia. Sin embargo, por ahí fuera es distinto: el peronismo argentino y la Francia Insumisa de Mélenchon invocan las naciones argentina y francesa respectivamente; otra cosa es que rechacen el nativismo y, por tanto, practiquen otras exclusiones (ricos, liberales, burgueses, machistas, etc.). Sea como fuere, mucho se ha escrito sobre el populismo en los últimos años y baste decir al respecto que Eatwell y Goodwin defienden la solidez de esta tradición doctrinal y se esfuerzan por distinguirla claramente de un fascismo que defiende sin ambages un Estado autoritario. Niegan asimismo que Trump sea un fascista; las raíces históricas de su pensamiento se encontrarían en el excepcionalismo americano y, aun reconociendo que juega la carta del hombre fuerte que critica a los jueces y la prensa, entienden que está muy lejos de imponer un dictadura en un país que solo se concibe a sí mismo como una democracia.
Seguramente tienen razón, aunque está por ver qué sucederá si los jueces frenan las órdenes ejecutivas que resulten ser incompatibles con la legalidad constitucional estadounidense. Si los autores prefieren hablar de nacionalpopulismo y no de populismo a secas, en fin, se debe a que el nacionalismo –definido como la convicción de que somos parte de un grupo humano con un sentido compartido de la historia y la identidad y estamos vinculados entre sí por un proyecto o misión– proporcionaría el contenido ideológico que el populismo no tiene. En otras palabras, el nacionalpopulismo sería un populismo que pone el énfasis en el nacionalismo. Aunque es una tesis discutible, podemos darla por buena: en el discurso de los partidos y líderes de la derecha radical, esa combinación es ciertamente habitual.
Para los autores, los cuatro fenómenos antecitados pueden nombrarse con una palabra inglesa que empieza por d. Y el primero es la desconfianza del pueblo llano hacia las élites. No es que la gente descrea de la democracia, arguyen, sino que prefieren una forma más “directa” que otorgue el debido protagonismo a la voz de la gente común; ese kleinen Mann al que apelaba Hans Fallada en su célebre novela de 1932 y cuyo apoyo buscaban los fascismos –también el comunismo– en los duros años 30. Eatwell y Goodwin defienden la idea de que los perdedores de la globalización y la tecnocracia se sienten gobernados por élites distantes que no tienen en cuenta sus intereses; un ejemplo inmejorable de estructura política liberal antes que democrática sería, a sus ojos, la Unión Europea. Por el lado simbólico, el problema se agrava: los miembros de la clase trabajadora miran hacia arriba y no ven a nadie que se le parezca. Cuando esta realidad es escamoteada en nombre de la corrección política, señalan, el nacionalpopulismo gana nuevos apoyos.
La segunda d es la de destrucción: los nacionalpopulistas no son racistas, sino que reaccionan críticamente ante una hipertransformación étnica que ellos no han tenido oportunidad de votar. A ello se sumaría el cambio demográfico, percibido como expresión del mismo ocaso cultural. Por más que celebrásemos el giro cosmopolita posterior a la caída del comunismo soviético, sostienen, la mayor parte de los ciudadanos se siente apegado a su Estado nación; muchos de ellos juzgan indeseable el cambio que su cultura sufre a causa de la inmigración. De ahí que aumente el número de quienes apoyan políticas migratorias más restrictivas o demandan una selección más rigurosa de aquellos a quienes se concede el estatus de inmigrante legal e incluso refugiado. Pese a que a veces se diga lo contrario, señalan, el apoyo al nacionalpopulismo sería mayor allí donde el cambio étnico es más veloz. Y, se trata de una preocupación legítima que no puede silenciarse llamando racistas a quienes la manifiestan.
Traducir la tercera d a nuestra lengua exige sacrificar la d: deprivation significa empobrecimiento. Eatwell y Goodwin subrayan que el apoyo al nacionalpopulismo se corresponde con un sentimiento de privación que se refiere a la desventaja objetivable tanto como al miedo a perder estatus en el futuro; el votante nacionalpopulista es un individuo desfavorecido o un desclasado… o alguien que teme sufrir ese destino. Porque lo que cuenta no es dónde uno está, sino dónde uno cree estar en comparación con los demás; una comparación que a menudo se establece entre grupos antes que entre individuos. Dado que el nacionalpopulismo prospera en los países ricos, estamos ante un empobrecimiento relativo que se relaciona asimismo con el debilitamiento –esto lo digo yo– de la potencia utópica del futuro. El aumento de la inseguridad económica iría de la mano del miedo a que los jóvenes peor educados se queden fuera de juego en el mercado laboral. Se cita aquí al sociólogo francés Christophe Guilluy, conocido por hablar de una “Francia periférica” que tuvo a bien encarnarse en la revuelta de los gillets jaunes, así como el notorio caso de la Alemania Oriental. De todo ello, los autores culpan al neoliberalismo globalista: nacionalpopulistas y extremistas de izquierda comparten, por lo tanto, enemigo. Y si a la derecha le va mejor en las urnas, juzgan, es porque su discurso acentúa el factor migratorio
Finalmente, tenemos la d del desalineamiento entre los partidos tradicionales y el electorado democrático. O sea: el proceso mediante el cual se han ido debilitando los vínculos entre los primeros y el segundo. Ahora los votantes son más volátiles y menos reacios a dar su apoyo a partidos nuevos; aparecen nuevos cleavages o líneas de conflicto; no pocos votantes sucumben a la apatía participativa. Durante buena parte de la segunda mitad del siglo, el alineamiento fue la norma; los sistemas de partidos se estabilizaron en las democracias occidentales. Pero en la sociedad posindustrial globalizada, las cosas cambiaron: emergieron los valores posmaterialistas y, como ha escrito el académico italiano Piero Ignazi, se produjo una contrarrevolución silenciosa que rechazaba los valores sesentayochistas. Súmese a ello la degeneración del partido de masas en “partido-cártel”, según la feliz denominación del fallecido Peter Meir: no faltan los votantes que perciben a los partidos como estructuras dedicadas a su propia conservación. Sobre el Reino Unido –aunque quizá se trate más bien de Inglaterra– hacen Eatwell y Goodwin una observación que, a la vista del éxito que actualmente cosecha en las encuestas el Reform Party, se antoja profética:
Así que mientras el gran titular periodístico tras el Brexit fue el retorno de los dos grandes partidos, por debajo de la superficie las corrientes estaban agitándose más que nunca, lo que deja a Gran Bretaña abierta a la aparición de nuevas fuerzas políticas.
Una época pospopulista
En gran parte de Europa, añaden, es asimismo visible la decadencia de la socialdemocracia, cada vez más dependiente del apoyo de grupos sociales incompatibles entre sí; algo que los españoles no acabamos de percibir debido al éxito –un tercio del electorado– del PSOE de Pedro Sánchez. Dado que los votantes de clase trabajadora son socialmente conservadores, se sienten atraídos hacia el nacionalpopulismo y alienados por el progresismo cultural de la izquierda woke; otra tendencia que tampoco acaba de observarse con claridad en nuestro país, donde tanto PSOE como PP mantienen un sólido apoyo electoral, pese a que los votantes más jóvenes dan síntomas de estar poco a poco “desalineándose”.
Hasta aquí, lo esencial. En la parte final del libro, los autores apuntan que quizá nos encaminemos hacia una época “pospopulista” en la que, fracasados total o parcialmente los nacionalpopulistas que alcancen el poder y, sin embargo, manteniéndose los factores que explican su surgimiento, resulten dominantes aquellos partidos que sean capaces de manejarse con soltura en un clima político que habrá girado a la derecha; tal vez la italiana Georgia Meloni sea un ejemplo de ello. Lo que no hay manera de saber es qué clase de efectos producirá el desembarco estruendoso de Trump, quién ganará las próximas elecciones francesas o qué sucederá en esa Alemania donde la extrema derecha ejercerá la oposición junto a la extrema izquierda. Ya se sabe que los analistas sociales son pobres vaticinadores, aunque ha de reconocerse que Eatwell y Goodwin detectan tendencias de fondo que se antojan relevantes a la luz de lo sucedido en los últimos seis años.
Por supuesto, abundan las contradicciones: que un multimillonario sea elegido como representante del pueblo llano es, como poco, desconcertante. Sin embargo, no es la primera vez que sucede ni será la última. Téngase en cuenta que la sociedad norteamericana no es la sociedad europea; pese a que ya tuviéramos por aquí a un tal Silvio Berlusconi. Resulta que ser famoso y rico permite ganar elecciones si uno sabe jugar sus cartas, entre otras cosas porque el candidato populista puede encarnar un ideal “aspiracional” que encaja como un guante en la ideología del sueño americano; si a ello se suma la promesa de restaurar la grandeza perdida de un país acostumbrado a ponerse el laurel del excepcionalismo, quizá no sea tan difícil de comprender que el populista no tiene por qué ser él mismo un auténtico descamisado. Recordemos que the business of America is business, incluso si es un negocio heredado de su padre como en el caso de Trump; alguien que, por lo demás, ni siquiera alcanzó la mitad del voto popular: la suya no fue una victoria por aplastamiento.
Sobre todo, el análisis de Eatwell y Goodwin resulta persuasivo en lo que se refiere al empobrecimiento relativo y el desalineamiento partidista. Es indudable que una parte de los ciudadanos occidentales sienten que su bienestar no ha aumentado, sin que importe demasiado que ese sentimiento se corresponda con una realidad objetiva. Hay datos para todos los gustos y las distintas cohortes no se encuentran en la misma situación socioeconómica; tampoco dentro de ellas existe la homogeneidad que haría posible prescindir de los matices. En ese sentido, el impacto anímico de la Gran Recesión es patente: cuando parecía que todo iría ya siempre bien, caímos en un agujero que la pandemia hizo algo más hondo. Pero hablar de la globalización tiene más sentido y pone de manifiesto que la incorporación al sistema económico internacional de países que antes malvivían sometidos al corsé de la planificación socialista ha generado una redistribución del bienestar: las sociedades occidentales han visto mermado su crecimiento en un marco mundial competitivo que ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas y creado una clase media en países de grandes dimensiones –India, China, Indonesia– que antes carecían de ella. Dado que eso no consuela a quien ve estancado su salario en una sociedad que padece tensiones inflacionistas y donde el acceso a la vivienda se complica en las localidades más atractivas, el giro proteccionista es casi inevitable; para ser un buen cosmopolita hay que tener un buen salario. Y lo mismo vale para el impacto del cambio cultural que trae consigo la inmigración masiva.
De la misma manera, el desalineamiento partidista es una realidad visible en casi todas partes: incluso en sistemas electorales que disponen de reglas contra su propia fragmentación, como el alemán, las mayorías absolutas se hacen más raras y los extremos crecen. Es una dinámica perversa, ya que el fortalecimiento de un extremo conduce tarde o temprano a la aparición de otro; cuando los partidos tradicionales consiguen absorber ese voto, como ha hecho el PSOE en España, es a costa de radicalizarse él mismo. Y, como de nuevo ilustra el caso español, la fragmentación complica el buen gobierno: las coaliciones multipartidistas propenden al clientelismo o el chantaje. Si a eso se suma que los votantes quieren que todo cambie sin que nada cambie de verdad, pues se oponen a cualquier reforma significativa orientada a aumentar la competitividad y poner orden en las cuentas públicas (con la sorprendente excepción de Argentina, donde no hay mejor demostración de lo lejos que llegó el peronismo que la victoria de un libertario en las elecciones presidenciales), la dificultad de las democracias liberales para cuadrar el círculo –crecimiento, bienestar, sostenibilidad, justicia– se hace palpable. Tampoco ayuda la proliferación de actores de veto dispuestos a defender sus intereses cueste lo que cueste: sindicatos, pensionistas, funcionarios, partidos, etc. ¿Solución? Patada a seguir. Hasta que el balón, un día, termine por caer.
No hay alternativa saludable a la democracia liberal
Ocurre que la democracia directa que Eatwell y Goodwin entienden implícita en la agenda nacionalpopulista carece de perfiles definidos. Postular que necesitamos una democracia más atenta a los intereses del pueblo, ¿qué significa exactamente? ¿Quién es ese pueblo? ¿Qué implicaciones tiene para el entramado institucional del liberalismo constitucional? Me temo que lo que sabemos de esta democracia directa o plebiscitaria, donde la conexión entre el líder populista y los miembros del “pueblo” está llamada a adquirir un papel preponderante, no resulta esperanzador. A menudo, se trata simplemente de reforzar el poder del ejecutivo a costa de los demás poderes del Estado e incluso del imperio de la ley: quien conoce los verdaderos intereses del pueblo debe tener las manos libres para hacer lo que se le antoje. Ni los jueces ni la prensa, se nos dice, deben poder controlar al gobernante electo: todo un pueblo respalda su acción; su voluntad expresa la voluntad popular que ha sido refrendada en las urnas.
Esto se ha defendido incluso en España, donde el partido que gobierna ronda el 30% de los votos: la mayoría parlamentaria, hemos leído, debe prevalecer sobre cualquier otro poder. En el caso estadounidense, Trump y los suyos defienden una “teoría ejecutiva unitaria” que no debiera ser malentendida: no quiere decirse que el ejecutivo concentre todos los poderes, sino más bien que el presidente debe concentrar todo el poder ejecutivo, lo que incluye la administración pública y las agencias federales. Se dibuja así en demasiados países una democracia iliberal cuyos rendimientos materiales no están siquiera asegurados y sin embargo debilita todo aquello que el liberalismo político tiene de bueno: seguridad jurídica, control judicial, vigencia de los derechos fundamentales, libertad de prensa, pluralismo ideológico y moral, rendición de cuentas, orientación meritocrática. ¡Casi nada!
Mucho me temo que no hay alternativa saludable a la democracia liberal, por mucho que esta pueda llegar a desesperarnos. Porque no hay manera de solucionar el problema que crean los partidos políticos en aquellas culturas donde se toleran la colonización institucional y la corrupción política, ni se puede evitar que los votantes opten por programas inmovilistas o por el endeudamiento perpetuo, ni hay manera de neutralizar el sensacionalismo electoralista que dificulta la toma racional de decisiones. Eso no quiere decir que todas las democracias sean iguales; unas funcionan mejor que otras. Pero la solución para aquellas que peor funcionan no consiste en dar carta blanca al líder fuerte que salga victorioso de las urnas; aunque muchos lleguen a creerlo.
Son asimismo muchos quienes, ya sea imbuidos de un espíritu revolucionario o persuadidos de que son necesarias políticas radicales para cambiar el mundo, se inclinan hacia los extremos ideológicos. Tristemente, ya hemos estado aquí; aunque la historia no se repita, ni nos encontremos de golpe en los años 30. De modo que parece evidente –esto tampoco es nuevo– que las democracias solo pueden sobrevivir si procuran rendimientos materiales suficientes; la idea de que su valor reside solamente en las libertades que proporciona o en las posibilidades participativas que ofrece es de una notable ingenuidad. Aquí es donde se juega la partida: las democracias occidentales solo contendrán la ola nacionalpopulista si logran que la mayoría de sus ciudadanos tengan dinero en los bolsillos, acceso a buenos servicios públicos y la seguridad necesaria para vivir sus vidas como mejor les parezca; sin esos bienes básicos, tanto los populistas como los demagogos seguirán gozando de oportunidades. De qué manera puede hacerse tal cosa bajo las actuales circunstancias, sin embargo, no lo sabe nadie. Y por eso estamos donde estamos.