El destino de Venezuela y el futuro de la soberanía

La quiebra abierta de la soberanía nos devuelve a un mundo de esferas de influencia y ley del más fuerte: sin esa norma mínima, los Estados medianos y débiles quedan a merced de los depredadores.
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Después de que Hitler engullera Checoslovaquia en 1938 y luego se repartiese Polonia con Stalin en 1939, la generación de mis padres decidió, al volver de la guerra, situar la soberanía de los Estados nación en el corazón de la Carta de la ONU. Con la operación en Venezuela, nuestra generación tiene que preguntarse –y no por primera vez– si hoy sobrevive algo de una doctrina jurídica diseñada para proteger a los débiles frente a los fuertes.

No cometamos el error de creer que fue el presidente Trump quien asestó el golpe de gracia a la soberanía. No estamos ante un relato nuevo y escandaloso, sino ante la culminación de una historia muy antigua. La Doctrina Monroe se remonta a 1823 y, cuando Monroe reclamó América Latina como esfera de influencia exclusiva de Estados Unidos, esa doctrina dejó la soberanía de cualquier nación dentro de esa esfera a discreción de Washington.

La posterior indiferencia estadounidense hacia la soberanía latinoamericana está bien documentada. Cuando los estadounidenses decidieron construir el canal de Panamá en 1902 y el presidente Roosevelt preguntó cuál era la base legal de su intromisión en la soberanía panameña, su fiscal general respondió –como nos recordó George Will–: “Oh, señor presidente, no permita que un logro tan grande se vea empañado por alguna mancha de legalidad”.

Cualquier latinoamericano puede recitar la letanía de violaciones estadounidenses de la integridad territorial de América Latina a lo largo del siglo XX. Cuando en 1954 el presidente democráticamente elegido de Guatemala lanzó un programa de reforma agraria que perjudicaba los intereses de la United Fruit Company, la CIA, por orden del presidente Eisenhower, organizó un golpe que envió a Jacobo Árbenz al exilio. Cuando Fidel Castro derrocó al gobierno de Batista en Cuba, el presidente Kennedy ordenó en 1961 la fallida operación de Bahía de Cochinos para derrocar al régimen castrista. En 1973, la CIA de Kissinger y Nixon coordinó el golpe con el ejército chileno que derrocó al gobierno democráticamente elegido de Allende e instaló la dictadura de Augusto Pinochet. En 1989, el presidente Bush autorizó la captura del gobernante panameño Manuel Noriega y su extradición a Estados Unidos por cargos de narcotráfico.

Al capturar a Maduro, el régimen de Trump afirma que solo está ejecutando una orden de detención contra un narcotraficante. En la frase siguiente, el presidente sostiene que dirigirá el país hasta que pueda decidir a quién se lo devuelve.

Dado que la izquierda estadounidense y europea ha presentado una tendencia innata a culpar de todo a Estados Unidos, conviene recordar los tanques en Budapest en 1956, Praga en 1968 y Afganistán en 1979. Esas violaciones de la soberanía deben cargarse a la cuenta de Rusia.

Como cualquiera puede ver, un mundo en el que se derrumba la norma de la soberanía es un mundo que conviene a los depredadores. Puede que Putin haya perdido a Maduro, su aliado venezolano, pero ha ganado algo más valioso: luz verde para continuar su guerra de conquista. Si la soberanía venezolana es fungible, también lo es la de Ucrania. Del mismo modo, la China de Xi Jinping, que actualmente realiza maniobras con fuego real en torno a Taiwán, concluirá que si los estadounidenses pueden salirse con la suya si declaran una esfera de influencia exclusiva en América Latina, los chinos pueden hacer lo mismo en Asia Oriental, con el mismo efecto limitador sobre la soberanía no solo de Taiwán, sino de Japón, Corea del Sur y otros aliados que habían confiado en las garantías de seguridad estadounidenses, ahora en retroceso.

Un mundo dividido en esferas de influencia plantea nuevos desafíos decisivos a la soberanía de los Estados que quedan dentro de ellas. Canadá y México observarán lo ocurrido en Venezuela y empezarán a pensar lo impensable. ¿Y si tuvieran que defenderse, no de Rusia o China, sino de su vecino inmediato?

Los depredadores que promueven las esferas de influencia nos prometen un mundo más estable: sin policías globales, sin reclamaciones morales universalistas como los derechos humanos que justifiquen la intromisión en los asuntos de los depredadores. La estabilidad se construirá en adelante sobre un relativismo moral franco –lo que está bien para mí es asunto mío, lo que está bien para ti es asunto tuyo– y la paz dependerá de la disuasión armada en una ley de la selva.

En el mundo en el que hemos entrado, los países más débiles deben aprender a adquirir autosuficiencia, resiliencia y astucia para mantener a raya a los depredadores. Una Europa débil y dividida no puede seguir dando lecciones morales a Estados Unidos mientras intenta regular a sus gigantes económicos. Toda su razón de ser como proyecto político depende ahora de dotarse de mercados de capitales para construir su propia fortaleza económica y de la capacidad militar para defenderse. Canadá y México deben hacer muchos nuevos amigos con rapidez, establecer nuevas conexiones económicas y derribar sus barreras internas a una economía eficiente y productiva. Si estas potencias intermedias afrontan sus propias dificultades, podría tomar forma un nuevo multilateralismo, articulado por su deseo compartido de contener el poder de los depredadores. Si las potencias intermedias se agrupan, quizá atraviesen el siglo XXI con sus soberanías reforzadas. Si van por libre o cometen el error de arrimarse a un depredador u otro, podrían acabar siendo devoradas por una de las bestias.

¿Y qué decir de la propia norma de la soberanía, tan pisoteada que apenas resulta reconocible? El derecho y la ética comparten un destino difícil: sus normas fallan tan a menudo que tenemos motivos para preguntarnos por qué conservan alguna fuerza. Nuestra vida privada depende de la frágil suposición de que quienes conviven con nosotros y hacen negocios con nosotros cumplirán su palabra, no nos traicionarán y nos dirán tanta verdad como la situación permita. Y, sin embargo, sabemos de sobra que vivimos en un mundo de mentirosos y traidores. Eso no disminuye el valor de la lealtad, la veracidad y la honestidad. La propia fragilidad de estos valores los hace más preciosos y hace defenderlos con más precisión cuando podemos. Lo mismo, espero, ocurre con la soberanía. Sí, ha sido la coartada de dictadores, de Saddam a Maduro. Sí, ha sido violada por los depredadores. Pero es la única norma que tenemos para protegernos de la depredación y, si la perdemos por completo, ni nosotros ni nuestros hijos estaremos jamás a salvo.

Traducción de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en el Substack del autor.


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