Vamos construyendo una extraña relación con el futuro en cada diagnóstico que anuncia un cambio en el mundo que conocimos hasta ahora, en lo que llamamos el orden global, o el final de los modelos políticos o internacionales que han permanecido por décadas. Cierta tendencia a pensar en un fin de los tiempos se está cruzando con el temor natural a la incertidumbre. Si no sabemos con certeza dónde estamos y bajo qué acuerdos lo hacemos, nombramos un escenario que proporciona, en las advertencias de los rumbos, cierta seguridad ante la inseguridad.
Las crisis democráticas y los deterioros sociales actuales se han gestado durante años, no son nuevos y encuentran, al menos en parte de Occidente, un peligroso momento cumbre con la segunda presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, con sus acciones y retóricas antiinmigrante, con su negativa, aceptada por su sociedad, a rendir cuentas. Con el paso siguiente de la posverdad, que ya ni siquiera se menciona, para referirse a los “modos alternos de interpretación de la realidad”. O más comentado, con el abierto rompimiento con las bases de convivencia al interior del país que gobierna y hacia aquellas naciones que tradicionalmente le acompañaban.
Para una mirada que vea por encima de Washington, el pensamiento alrededor de un quiebre en el proyecto civilizatorio contemporáneo pasa por recordar que, antes de este instante político, el discurso nativista y enaltecimiento identitario ya tenían suficiente arraigo en Europa como en América Latina. Para abonar a esa idea de mala condición política, asunto real pero que ha hecho al lamento una especie de deporte estéril: nuestra edad de la indiferencia e incapacidad de contener lo trágico cumple, en el periodo más reciente, cuatro años desde la última invasión rusa a Ucrania. Quizá tuvo sus primeros asomos una década y media atrás, con las crisis humanitarias de Medio Oriente y sus cercanías o el norte de África, todas vinculadas al ejercicio de gobiernos autoritarios, pasando por Siria hasta el fin del 2024, Libia, Afganistán o Irán y Gaza ahora.
Si bien cada uno de los elementos que conforman nuestra actualidad conduce a las nociones de tiempos oscuros, y resulta difícil, si no imposible, negar que hay aspectos de los modelos políticos internacionales que se van modificando o ya lo hicieron, no estoy seguro de que los hechos que notamos de forma habitual signifiquen un antes y después.
El sistema bajo el que se mueve el mundo, incluso con cambios y vulneración a reglas, sigue siendo uno de intercambios; una base comercial que deriva en instrumentos políticos y sociales, del mercado a los mecanismos democráticos. El método político conserva su raíz en la interacción con otras entidades, personas, agrupaciones, gobiernos, etcétera.
La triste transformación, todavía más grave que la advertencia del primer ministro canadiense Mark Carney en el foro de Davos, al pronunciar que el viejo orden mundial no volverá, posiblemente resida en cómo las sociedades entendemos, justamente, lo que creemos necesitar. El reconocimiento generalizado a su discurso tiene mucho de esa aparente seguridad sobre lo incógnito. Su valor es del contexto, lo que no es poco y no pide más, pero es un discurso que se queda ahí.
¿Qué sucede si observamos cada elemento que revela el deterioro o fin de una época en los códigos de la necesidad y la satisfacción? Tendremos que hacer lo mismo con el modelo que da la impresión de terminar.
El modelo multilateral surgió por necesidad, como consecuencia de las barbaridades de las que somos capaces. Ninguna de esas capacidades ha mermado. Los mecanismos económicos, financieros, de intercambio de bienes pasaron por una evolución equivalente. Todo esquema está vinculado a las necesidades. Por ellas construimos sus instrumentos. ¿Cambió la manera en que conseguimos su satisfacción? ¿Tenemos sociedades que ya no consideran necesaria la democracia en su concepción más amplia? ¿O el equilibrio de poderes y los límites a un solo poder? ¿Ya no se ve necesario el acuerdo entre naciones para intentar resolver condiciones, conflictos o problemas? ¿Dejó de percibirse necesaria la existencia de otros, distintos, en el abanico de las estructuras sociales? Comercio, política, convivencia. ¿Tenemos sectores sociales que no piensan necesario limitar la violencia o la coerción para lograr objetivos? El antes y después está en las respuestas que demos a estas preguntas. No en otro lugar.
Podemos colocar a Trump como un síntoma, el más visible y con agencia de todos. Una que anula la de los demás, pero síntoma al fin. Síntomas de sociedades, que le dan satisfacción a parte de ellas. Así sea temporal.
En su Capitalism: A global history (2025), Sven Beckert hace un recuento del sistema que ha moldeado la convivencia del planeta, como él dice, incluso antes de que se le diera el nombre con el que lo conocemos hoy y sirve de título a su nuevo libro. Un sistema no solo de mercado –lo que ve como una percepción equivocada y que comparto–, sino uno que ha permitido las interrelaciones, positivas y negativas a razón de su costo humano, de las comunidades del mundo entero y su transformación: dominación jerárquica, colonialismo, valores de la Ilustración, esclavismo, derechos civiles, nociones de equidad, democracia. Sus epicentros han cambiado desde que empezamos a abrir horizontes. Sea el puerto de Adén, en lo que hoy es Yemen, Ormuz en Irán, India, Europa o América.
Si lo que hoy estamos viendo es otro cambio de centro neural de los intercambios, eso, a pesar de lo complicado, no hará perecer el sistema. Este adecuará su modelo, como lo ha hecho previamente aunque hoy sea a una mayor escala. Pero modelo y sistema no son lo mismo. El sistema se mantiene en una evolución constante, simplemente porque el mundo se ha transformado de los barcos fenicios al descubrimiento de América y la inteligencia artificial. El modelo, en cambio, responde a su principal motor: las sociedades. Lo que buscan y quieren evitar, o no.
El mundo de hoy que nos disgusta a algunos, espero los más, parte de qué consideramos necesario como sociedad y la manera en que resolvemos esa necesidad.
Las tácticas y modos que se asemejan demasiado a nuestra peor historia de violencia –Irán, Gaza, la persecución en Estados Unidos, los crecientes antisemitismo e islamofobia, cada una con su gradualidad–, las ubicamos en nuestras referencias históricas. Peligrosamente, se les parecen sin serlo y ahí su horroroso intento de disculpa. Pero coinciden en su origen: lo que le da satisfacción inmediata a un sector que se amplifica. Las crisis políticas son de satisfacción. De satisfacciones espantosas.
Su anticuerpo vendrá del mismo motor que las impulsa, como siempre ha sucedido. Entonces, quizá, en lo que toca a México, quienes escribimos nuestro disgusto y hacemos esas cosas que salen de nuestras cuatro paredes, podríamos pensar en los métodos para contrarrestar lo inmediato de lo que los peores se aprovechan.
Volvamos a aprender qué quiere decir la discusión pública, porque hoy es privada. Demasiado. ~