Foto: X / River Plate Global

Carta desde Buenos Aires: Bad Bunny no es inglés

Luego de su memorable presentación en el Super Bowl, Bad Bunny tocó en el estadio del River Plate, mostrando que el baile puede ser contestatario.
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El primer show después del Super Bowl lo dio aquí, en Buenos Aires. Los fanáticos lo veníamos siguiendo, lo veníamos pidiendo, estuvimos pegados a las pantallas de computadoras y celulares aquel día de enero en que se abrieron (por segunda vez) las ventas de entradas para su show en la Argentina y se agotaron en cuestión de horas.

Varios recordamos aún su paso por aquel boliche de segunda línea llamado Pinar de Rocha allá por 2017, cuando ni Donald Trump, ni los actores de Saturday Night Live, ni Lady Gaga, ni Penélope Cruz, ni Pedro Pascal sabían quién era Bad Bunny. Ni siquiera en la Argentina circulaba el nombre del cantante puertorriqueño masivamente. Sin embargo, Benito sabe rendir culto a la fibra emotiva, tanto en sus letras como en sus afirmaciones. “Después de unas semanas muy intensas, estar aquí se siente como volver a casa”, dijo en la apertura de su primer show en Buenos Aires, y el estadio de River, uno de los más grandes de la ciudad, estalló en gritos que se sumaron a la impactante puesta en escena con luces led, fuegos artificiales, visualizers, una pantalla gigante a lo ancho del escenario, bailarines y el arsenal de músicos que lo acompañaron en su gira: la orquesta de salsa Los Sobrinos y el conjunto de plena Los Pleneros de la Cresta.

Es cierto: después del impacto mundial del Super Bowl, donde unos 128 millones de espectadores en Estados Unidos lo vieron cantado íntegramente en español como una declaración de principios en medio de las deportaciones masivas y el accionar del ICE, la expectativa era alta. ¿Habrá algún mensaje político?, nos preguntábamos antes de entrar, teniendo en cuenta el ya célebre alineamiento de Javier Milei con el presidente de los Estados Unidos, a quien, como decimos acá, “le entró la bala” con el show del medio tiempo. De hecho, cientos de mensajes en X se burlaron del tuit de Trump diciendo que Bad Bunny era “terrible”, que no se le entendía una sola palabra y que sus bailes eran desagradables. Mientras, Agustín Laje, politólogo alineado a Milei y arengador de la juventud argentina de derecha, también se explayaba contra el cantante: “En el siglo XIX y la primera mitad del XX, la izquierda se componía de obreros y campesinos. A partir de la década de 1960, éstos fueron reemplazados paulatinamente por intelectuales y estudiantes. En los 2000, la izquierda se llenó de travestis, mujeres feas resentidas y solteronas, inmigrantes ilegales y dementes de todo pelaje. Ahora, Bad Bunny llega para darles el golpe final: ¡a consumir la revolución de la nada! ¡A mover el culo!”, escribió, saturado de indignación, en su cuenta de X.

Aun así, nuestro presidente, siempre dispuesto a atacar a los artistas que disienten con sus ideas, como hizo con Lali Espósito o María Becerra, se llamó esta vez a silencio. Los cánticos contra Milei, a su vez, brillaron por su ausencia durante el show de River y la verdad es que a Benito se lo sintió más sensibilizado que confrontativo; más emocionado que furioso; poco empapado del clima político local. Apenas se sumó divertido a un clásico que deriva más del folclore futbolero que de una consigna ideológica: “El que no salta es un inglés”, retumbó en el estadio, de mano de una masa eufórica, en movimiento.

Ahora bien; bailes y emociones mediante (de los hits de su carrera a las canciones de su último disco, Debí tirar más fotos), discrepo con quienes marcaron el contraste respecto de lo ocurrido apenas una semana antes en el Super Bowl, calificando la presentación de Bad Bunny en Argentina como “tibia” comparada con la toma de posición radical que tuvo en los Estados Unidos.

Sucede que aquí también la inmigración latinoamericana es masiva, por eso un rápido paneo al estadio mostraba banderas de Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Perú, Paraguay… Los acentos se mezclaban a mi lado; no era difícil reconocerlos. Algo que cobra sentido al pensar que Buenos Aires es un verdadero crisol de referencias latinas: de los restaurantes peruanos del Abasto a las peluquerías dominicanas en Balvanera; de los repartidores venezolanos a los choferes colombianos de Uber o las ferias bolivianas en Liniers… Si la primera ola inmigratoria abrazó apellidos italianos y españoles que ya forman parte de la identidad argentina, la nueva generación de recién llegados viene mayormente de países latinos (a excepción de la oleada rusa de los últimos años), que llegan aquí por necesidad, en busca de nuevas oportunidades. El show de Bad Bunny, entonces, fusionó despliegue artístico con canciones de orgullo, identidad y pertenencia: una fiesta de unidad latinoamericana que opera, también, como mensaje político. La emoción se sentía en el aire. Los gritos convivían con las lágrimas. El baile deshinibido se sintió como una catarsis colectiva. Porque al final, pensé mientras dejaba el estadio, mover el culo también puede ser un acto contestatario. ~


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