Carta desde Lima: Ir y venir en el Metropolitano

Un trayecto en autobús se convierte en una aventura en la que el pánico cunde entre los viajeros al ver ratones.
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Por la mañana, un hombre intenta vender un cachorro de pitbull. Otro le promete a su abogado pasar por su consultorio y resolver ese asunto urgente hoy mismo. La mujer de los bultos grita que es momento de comprar mercadería, que no encontrará esa oferta en ningún otro lugar. La estudiante queda con su amiga en pasar la noche en el cierrapuertas de esa fascinante tienda de departamentos. Todas las conversaciones al teléfono, a viva voz, convierten el bus del Metropolitano en una especie de Wall Street rodante. Consultas legales, tratos por cerrarse, oportunidades de compra y venta que estimulan ese ruido de voces que a nadie importa, concentrados como estamos en evitar la mirada del vecino.

Pero el bus se detiene. Pocos metros delante, una mujer ha caído de espaldas en el punto exacto donde este toma una cerrada curva antes de alcanzar la estación Plaza de Flores. Lleva un polo con el apellido de un candidato a alcalde que fracasó en su intento hace años. Tiene la gordura propia de quien se alimenta de cualquier cosa con pocos dientes. Dos hombres han corrido a socorrerla, pero por su peso, solo pueden moverla lo suficiente para que las ruedas del Metropolitano no la alcancen. 

Las alarmas al interior del bus se activan: los pasajeros preguntan qué sucede, describen a la mujer caída, especulan que ha sido atropellada, señalan a nuestro chofer como un criminal. Alguien que debe gustar de los documentales médicos diagnostica con rapidez un caso de epilepsia. Los celulares han sido desactivados porque el teléfono malogrado empieza a expandir sus líneas.

Poco después, los malabaristas que esquivan a diario los autos sobre la avenida República de Panamá responden al pedido de ayuda de los socorristas. Para sobrellevar esta ciudad, la de ellos es la profesión más adecuada: conocen el arte de manipular lo que les lanza la vida, no temen vivir sueltos en el aire y saben mantenerse, pese a todo, en equilibrio. Los malabaristas intentan sacarnos de nuestra actitud de rebaño protegido detrás del vidrio. Hacen gestos, se llevan un pulgar al oído y el meñique a la boca, animando a quienes tienen celular que hagan algo útil. ¿Para qué tienen teléfono si no pueden llamar una ambulancia?, preguntan. Pero nadie responde. Sus llamadas de atención hacia nosotros crecen con la justa rabia de quien no se resigna.

En el momento en que alguien reaccione y se le ocurra hacer la llamada, ya será tarde. La mujer ha sido recogida y solo queda en la vereda un fluido orgánico que nos acusa por nuestro autismo. El bus reanuda su marcha.

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De noche, de regreso del trabajo, una compañera del diario y yo aguardamos en la estación la llegada del bus. A esa hora, la cola es caprichosa, se repliega sobre sí misma para hacer más compacta la espera de muchos. Deberá llegar más de un transporte para podernos acercar a la rampa de acceso. Por fin, terminado un aburrido baile de pasos cortos, subimos envueltos por un monocorde zumbido.

“¡Esperen, esperen!”, se escucha una voz, y el chofer detiene las puertas ya preparadas para el cierre. Una mujer empuja una silla de ruedas y con ella divide la masa de pasajeros como hiciera Moisés con las aguas del Nilo. El hombre sentado en la silla viste de mandil blanco, aunque su apariencia lo asemeja más a un miembro del club de los Hell’s Angels, la banda aficionada a las motocicletas de alta cilindrada, casacas de cuero y grasientas cabelleras.

El público responde como lo ordena el manual: da permiso sin chistar y libera la zona reservada para sillas de ruedas. El bus reemprende su repetida rutina y el hombre intercambia palabras con su compañera, mientras coloca sobre sus piernas una mochila deportiva. Sin embargo, no pasará mucho tiempo para que ocurra un ligero choque contra la realidad convencional: del pelo rizado del hombre aparece la afilada cabeza de un ratón.

Los ojos de mi compañera de viaje se abren hasta alcanzar un diámetro imposible. Su respetuosa reverencia para con una persona con discapacidad se ha convertido en miedo y repugnancia. El bus va tan atestado de pasajeros que no puede escapar. La verdad, mi amiga ni siquiera puede moverse. Solo atina a voltear la mirada, intentando descifrar la imagen aunque no pueda entenderla, buscando adaptarse al cambio de su entorno, dar con una respuesta que disolviera su confusión. Entre tanto, otro ratón sale del cuello del hombre y se escabulle con dirección hacia su manga derecha. Luego, la cola de otro roedor florece repitiendo una sucesión de acontecimientos de los que parece imposible predecir sus consecuencias.

Cuando descubro los demás rostros que nos acompañan en el incómodo silencio, puedo leer en ellos el significado de la palabra “pánico”: un fenómeno que afecta, más allá de nuestra mente, nuestro cuerpo. El ataque de miedo feroz se vive como el desplome de nuestro orden. La crisis se evidencia con palpitaciones, el sudor frío no refresca.

Felizmente, en situaciones de pánico siempre aparece un héroe. Una señora, de pie a nuestro lado, le dice al hombre: “Oiga, ¿no ve que tiene ratones cayendo de su cabeza?”. Y él, con el gesto displicente de quien se sacude la caspa de los hombros, va cogiendo sus criaturas de la cola, arrancándolos de sus cabellos, para encerrarlos en su mochila, antes de retomar la conversación con su compañera. Nuestro pánico los había interrumpido.


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