Carta desde Madrid: Una vez más

Los primeros minutos del año suele sobrevolar un optimismo agradable, basta con esperar un poco para comprobar que el mundo sigue siendo la misma pocilga cochambrosa.
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Comienza un nuevo año con su pertinente dosis de espanto y malas noticias. Yo empecé celebrándolo en casa de mi tía, en una mesa en la que se mantenían siete conversaciones a la vez y todos hablábamos con los alegres y estridentes chillidos propios de la prole española. Mi hermana, que lleva años viviendo en Escandinavia y ya se familiariza más con los personajes de Kaurismaki que con los de Berlanga, nos observaba desde una esquina con cierta extrañeza inquisitiva, y yo le devolvía una mirada amenazante como avisándole de que no se le ocurriera juzgar nuestra manera de comunicarnos. Es decir, nuestra manera de no escucharnos los unos a los otros ni por casualidad. No soy ni tradicional ni conservadora, pero hay algo en el dolor de cabeza que te dejan esas reuniones familiares, en la calma que las sucede, que me parece encantador y no me gustaría que cambiara. Desde luego, en ningún caso me gustaría sustituirlo por el silencio, la educación y las buenas formas de todos esos fríos países europeos. Nosotros, el otro día, entre gritos y palabras de las cuales no recuerdo ni una, lo pasamos muy bien y comimos aún mejor. 

Los primeros minutos del año siempre suele sobrevolar un optimismo bastante agradable, o al menos los primeros doce segundos, con sus correspondientes doce uvas, y una casi termina por creerse que esta vez puede ser que sea diferente, que esta vez, tal vez, más por azar que por benevolencia, no haya tanta tragedia como el año anterior. Pero basta con esperar un poco a que pase la noche, despertarse a la mañana siguiente y encender el móvil para comprobar que el mundo, al menos desde varios puntos de vista, sigue siendo la misma pocilga cochambrosa. 

Regresé a Madrid el día 3, en un viaje en tren en el que creo que no miré ni una sola vez por la ventana, un viaje en el que estuve mirando noticias y escuchando todo tipo de opiniones sobre geopolítica, y cuando ya tenía la cabeza un poco aturullada, me fui a la cafetería y la gente estaba hablando acerca de eso mismo que me la había aturullado, y volví a mi asiento y los de atrás también hablaban de aquello, y decidí ponerme los auriculares rápidamente y lo primero que me sugería mi aplicación de música era un podcast sobre lo que estaba tratando de huir. Después quedé con unas amigas a tomar unas cervezas en una terraza vacía y hablamos también sobre el asunto en cuestión, y me dieron información que desconocía, y una de ellas contrastó esa información, y entonces tuvimos aún más información sobre todo lo que estaba pasando, que naturalmente cambió al día siguiente. 

Hacía y sigue haciendo muchísimo frío en Madrid por la dichosa borrasca Francis, y a mí me gustaría pedirle a Francis que al menos nos diera una nevada que asolara la ciudad como ocurrió hace cinco años con la adorable Filomena. Lo recuerdo con nostalgia. Yo acababa de dejar mi trabajo en una academia de inglés y mi compañera de piso se hizo un esguince de segundo grado en la rodilla porque se resbaló con el hielo, y tuve que acompañarle a unas Urgencias atestadas de gente a la que le había pasado exactamente lo mismo, médicos exhaustos de poner escayolas y gente con brazos y piernas rotos: fue muy divertido. 

Llegamos a casa después de horas ahí y nos pusimos Network en la tele, la película de Sydney Lumet de mediados de los años setenta, y nos fascinamos con Faye Dunaway y con la manera en la que todo aquello que contaba resultaba tan actual, cincuenta años después. La manera en la que retrata un sistema mediático que mercantiliza la verdad, que lo instrumentaliza todo, y en el que sátira y realidad acaban siendo prácticamente lo mismo. Antes de verla, pensábamos que el cinismo corporativo, y el cinismo en general, era algo más propio de nuestra época postmetaposmoderna, del fin de los grandes relatos de los que avisaba Lyotard etc., y nos sorprendió ver que no, que de hecho ya estaba ahí incluso mucho antes que Network. Cinco años después, en un Madrid gris y no nevado, creyendo aún, y sin ironía lo digo, en el bien y la belleza, me pregunto, ¿desde cuándo está, entonces, tan extendido, ese cinismo?  


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