De deportes, apapachos y gritos

Acaso más que todos los otros deportes el futbol es ya más que una afición; es un resultado y ya un sinónimo de la Voluntad General.
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El único deporte en que he incurrido, y, hasta eso, pocas veces más de las que se pueden contar con los dedos de pies y manos (pues, al menos en la vida cotidiana, casi nunca hay albercas a la vuelta de la esquina) es la natación. El futbol lo inicié y lo concluí aquella mañana de mi niñez y del Colegio Madrid en que tuve la debilidad de dejar que me propusieran para portero de un partido por supuesto amateur y renuncié a ese cargo (que por lo visto, y al menos entre los amateurs, nadie quiere) cuando, a los pocos minutos de un muy jadeado y sudado juego de patas, recibí de parte de un desmedido atleta (tan formidable como para apellidarse, realmente, Muñohierro) un balonazo en plena cara y en plenos lentes que por milagro no se me rompieron lentes y cara; pero, conste, paré el gol… y acabó de desfutbolizarme la descortesía de que mis “compañeros” de juego, los canallas, ni siquiera me echaron un rarrarrá.

Mucho menos que hacer cualesquiera deportes me interesa verlos, ya sea en olimpiadas o ya en partiditos localísimos. En lo que concierne  al futbol y particularmente el olímpico, no concibo espectáculo más aburrido, con tan escaso argumento y con tales demagogias nacionalistas y, sobre todo con esos viriles y narcisistas apapachos que los jugadores se propinan apenas han hecho una cosa tan babosa como colar una pelota entre tres palos y contra una red, o con esas monumentales broncas que quienes les dije arman porque se infringieron tales o cuales casos de unos reglamentos que, la verdad, no sé para qué demonios se concibieron, como no sea que por joder. (¿ No valdría más hacer juego libre, disparando el esférico desde cualquier posición o ángulo o tiempo?)

Pero el deporte, y particularmente el de las patadas al cuero, lo persigue a uno hasta sus últimos reductos, y si no es en el restaurante (cualquier restaurante, hasta en los que son de lujo, como los carísimos y lamentablemente frecuentes en la avenida Insurgentes, donde hay uno que anuncia chiles en nogada “como en 1880” y los sirve con una crema casi Chantilly y con nuez molida espolvoreada por encimita); restaurantes presuntuosos, pues, y hasta dizque elegantes, aunque por doquier y por chingoquier ponen televisores a todo volumen; o bien es en el hogar dulce hogar mismo porque nunca falta algún cristianísimo vecino que ame tan fraternalmente el aullido de ¡goooooooooooool!, más el  adjunto griterío del nada respetable, que a huevo pone el más alto volumen del hijoputa aparato para generosamente compartir ese demencial ruido (porras, bravatas, ladridos, aullidos, trompetillas, etc.) con todo el vecindario.

Ni modo, acaso más que todos los otros deportes el futbol es ya más que una afición; es un resultado y ya un sinónimo de la Voluntad General.

El pueblo nunca se equivoca, así que todos a joderse fraternalmente, congéneres.

[P.D..- De paso, ¿por qué siempre vociferan todos los locutores,  algunos ni siquiera deportivos?]

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