¿La nueva Roma?

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Hace unos días terminé de leer “Are we Rome?”, del editor del Atlantic Monthly Cullen Murphy: un intento por cotejar los peligros que enfrenta Estados Unidos a principios del siglo XXI con los motivos del declive del Imperio romano. El libro de Murphy está lleno de ejemplos notables que validan la comparación: una milicia llevada al límite de su capacidad, una creciente distancia entre el gobierno y los gobernados, temor a los inmigrantes y recelo a la posibilidad de integración; hasta la obsesión estadounidense con las celebridades recuerda a Roma (Paris Hilton tendría un lugar asegurado en el chismorreo de la elite decadente romana).

Pero también hay diferencias. Roma no era próspera económicamente ni particularmente democrática. Después está lo que podríamos llamar el “argumento Ferguson”. En su notable libro Colossus: The Rise and Fall of the American Empire, el historiador inglés Niall Ferguson señala una diferencia central entre Roma y el Estados Unidos actual: los romanos eran expansionistas por naturaleza –imperialistas de verdad– mientras que Estados Unidos se muestra reticente a involucrarse, con todos los costos que implican, en campañas militares y de ocupación de largo plazo (basta comparar el “servicio militar” de George W. Bush protegiendo a Texas del Vietcong con el papel personal de Marco Aurelio en las campañas germánicas).

Hay, sin embargo, una similitud que preocupa entre este Estados Unidos y aquella Roma: su falta de humildad. Lewis Lapham, editor de Harper’s, defendió ese argumento en un ensayo titulado, precisamente, “La Roma americana”. La fecha de su publicación lo hace aún más relevante: agosto del 2001. En la pieza, Lapham señala los peligros que enfrenta una nación cuando se cree consistentemente guiada por la mano infalible de Dios. Nada bueno, apunta Lapham, espera a estos países-dogma.

Recordé las palabras de Lapham cuando vi a Rudolph Giuliani en el debate presidencial de los precandidatos republicanos del 15 de mayo. El congresista Ron Paul, también candidato, había explicado lo que todo biógrafo de Bin Laden (y la comisión del 9-11) sabe: la presencia estadounidense en Arabia Saudita en particular y el Medio Oriente en general fue la gota que derramó el vaso en la formación de Al-Qaeda. A continuación, Paul propuso una nueva política exterior para Estados Unidos, más humilde y moderada. Eso desató la muy romana ira de Giuliani: “Creo que nunca he oído eso antes, y he oído algunas explicaciones muy absurdas sobre el once de septiembre. Le pido al congresista que retire su comentario y nos diga que no quiso decir lo que dijo”. Es esa arrogancia ignorante la que realmente recuerda a Roma en sus peores momentos.

– León Krauze

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