Devenere locos laetos et amoena virecta
Fortunatorum nemorum sedesque beatas
Desde su inmenso exilio
papá nos traía las montañas
de sendas escarpadas,
entretejidas selvas de luz verde,
y amplias playas
con fruncido océano en las arenas.
Ávidos ojos poseía de explorador
avezado, que tanto habían andado,
cruzado carreteras, navegado por mares
o volado colgando de arrecifes.
Desde su casa prófuga, lo maravilloso
y nuevo y horizontes
lo traía papá para nosotros
como una posibilidad
de infinito siempre.
Con la aventura enciende
ojos de extraño fuego
y anhelos de ser águila
y una astucia extasiada
ante una juventud eterna de los tiempos
cuyo atlético impulso nos promete.
Papá nos dio la audacia
y la confianza al navegar
–yo no sé cómo–
en la comprensión o en los mares,
o con los pies saltando o inventándonos mil alas;
sin atarse a los mástiles, decía,
detenerse o trabarse,
había siempre que avanzar
por ruinas, llanos, ramas, lluvias
que nos caían encima a cada paso
o un sol que atravesaba
un cansancio olvidado
en el subir y subir a la montaña:
inútil presa, quizá,
mas que ejercita una paciencia
y sed continua de horizontes.
Aún con la raíz rota,
pasión por los caminos, papá trajo. ~