La próxima vida será mejor

“Preparación para la próxima vida”, de Bing Liu, cuenta, de manera realista y antisentimental, la historia de amor de dos personajes que escapan una vida complicada en la Nueva York de los márgenes.
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Estrenada de manera limitada en Estados Unidos en septiembre del año pasado y luego nominada a dos premios Gotham (mejor guion adaptado y mejor actuación debutante), Preparación para la próxima vida (Preparations for the next life, E.U., 2025), tercer largometraje –aunque primero de ficción– del cineasta chino educado en Estados Unidos Bing Liu (su ópera prima es Minding the gap, de 2018, nominada al Oscar el año siguiente), ha aparecido, sin bombo ni platillo de ninguna especie en la plataforma Prime Video, como si la propia compañía que adquirió los derechos de exhibición tuviera como objetivo primordial que este sensible melodrama urbano y migrante pasara completamente desapercibido. ¿O será que el estudio de Jeff Bezos derrochó todo el presupuesto destinado a la promoción cinematográfica del año pasado para poder producir y promover en este 2026 Melania (Rattner), esa obra maestra documental que ya mero se estrena en su cine más cercano?

Sea como sea, es una pena que el debut en el cine de ficción de Bing Liu haya aparecido en la plataforma sin previo ni posterior aviso, pues, aunque la historia no fuera escrita por él (se trata de la adaptación de la premiada primera novela del neoyorkino Atticus Lish, traducida al español como Preparación para la próxima vida por Sexto Piso en 2016), lo cierto es que la historia de amor que ocupa el centro del libro y, por añadidura, del filme, está conectada claramente con la vida del propio cineasta. En otras palabras, la adaptación fílmica de la novela de Lish –aunque no haya sido escrita por él sino por Martyna Majok– debió significar una suerte de liberación personal para este hombre que llegó a Estados Unidos a la edad de cinco años, que vio cómo su madre se casaba con un hombre violento que abusaba verbal y físicamente de ella y que, obligadamente, llegó a dejar de hablar mandarín de manera fluida, pues el padrastro prohibió hablar otro idioma que no fuera el inglés.

La historia de la protagonista de esta película, la joven china musulmana de origen uigur Aishe (la debutante y nominada a los premios Gotham, Sebiye Behtiyar) debió, pues, haber tocado varias cuerdas sensibles en la memoria de Liu. La dura y ruda Aishe –orgullosa hija de un soldado chino, sin papeles de identidad de ninguna especie– sobrevive trabajando en las cocinas del Chinatown neoyorkino. Por ahí, en la inabarcable e inagotable Gran Manzana, la muchacha se topa con Skinner (Fred Hechinger), un joven veterano de guerra que acaba de regresar de su tercer turno de servicio en Iraq. Entre los dos surge una emocionante atracción casi eléctrica, como si ese fortuito encuentro amoroso hubiera estado escrito en el destino de ambos desde siempre o, acaso, como si fuera la continuación de algo que inició en una vida anterior.

El guion escrito por la dramaturga de origen polaco –también inmigrante– Martyna Majok está bien apoyado por la impresionista puesta en imágenes creada por la cámara de Ante Cheng y por el fragmentado montaje subjetivo de Anne McCabe. Liu nos transmite, en primera instancia, la emoción de ese flechazo amoroso que se vuelve definitivo en el interior de una cantina mexicana de Manhattan, con la voz de Astrid Hadad cantando “El último trago” en el fondo y el consumo generoso de varias Coronas entre pecho y espalda. En esta primera parte del filme, la experiencia documental de Liu sale a flote, en ese retrato de otro Nueva York alejado del turismo de cinco estrellas, el de los márgenes y de los marginados, el de los explotados personajes sin documentos, de los cuartos del sótano rentado por unos dólares, de la comida en mitad de una atestada calle nocturna. Se trata de una visión realista y antisentimental que, por fortuna, no cae jamás en la tentación del jodidismo dramático.

Y es que, aunque en la segunda parte del filme esta idílica historia de amor empiece a derrumbarse, Liu no siente lástima por sus personajes, por la solitaria muchacha que nunca pierde su dignidad ni por el traumatizado soldado que quiere salir adelante pero no sabe cómo hacerlo. Estamos, en la poética forma y en el duro fondo, en las antípodas de cualquier discurso optimista a ultranza, ya no se diga edificante. La vida es complicada para Skinner, que ha regresado a Estados Unidos de la guerra con una mochila como única posesión, una precaria mensualidad que tira todas las noches en alcohol y unos crecientes ataques de ansiedad que no puede controlar, pero Aishe no está en mejor posición, por más que nunca pierda su equilibrio, trabajando de sombra a sol y de sol a sombra, esclavizándose por un puñado de dólares y temiendo ser detenida en cualquier momento por algún agente de ICE. Que los dos traten de encontrar aunque sea un mínimo alivio a las condiciones en las que (sobre)viven no es un sueño insensato: la única posibilidad de escape es ir siempre hacia adelante, como bien lo entiende Aishe, quien todos los días está preparándose físicamente para esta dura vida, pero también para la próxima que, seguramente, será mejor. Se lo merece. ~


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