Foto: Roberto Tuero/SOPA Images via ZUMA Press Wire

Carta desde Buenos Aires: Un aniversario y una tristeza feroz

En los 50 años del golpe militar, se enfrentaron dos Argentinas que no solo discuten el presente, sino que han dinamitado cualquier consenso sobre el pasado.
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¿Cómo se le explica a un niño de 7 años qué es un desaparecido? El último martes 24 de marzo me desperté con esa pregunta en la cabeza. A 50 años del golpe militar en la Argentina, la convocatoria a Plaza de Mayo sonaba como un evento ineludible no solo para mí, sino también para mi hija, que por primera vez en su vida tomaba contacto con este relato.

Claro que, a la hora de las explicaciones el recorte es necesario: hay cosas que todavía no se pueden decir. Pero la escuela, esa aliada imprescindible en la educación de los hijos (entendiendo educación como la formación ética, intelectual y moral de cualquier ciudadano), me dio una mano ilustrando lo que una criatura es capaz de entender: que hubo personas que tomaron el poder por la fuerza y persiguieron a quien pensara distinto, por ejemplo; que existieron en la vida real villanos como los de los cuentos o incluso peores, seres capaces de secuestrar gente y quedarse con bebés que, todavía, gran parte de la sociedad sigue buscando.

Cuando salimos a la calle, entonces, puro sol de un feriado que latía distinto, la iconografía de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo empezó a actuar por sí misma. Quiero decir: de la tela blanca en formato triangular colgada en la ventana del vecino, a la mujer que nos interceptó antes de entrar al subte con la cabeza cubierta (“no subas, los vagones desbordan”, me advirtió), todo remitía a una memoria que mi hija ya sabe decodificar. “Tienen los pañuelos blancos”, me susurró, y yo le sonreí y le propuse caminar por la avenida principal en la que vivimos, que desemboca en el Congreso de la Nación, para sumarnos a la marea humana que encontraríamos de camino.

La habitual jungla de autos y colectivos dio paso a un camino despejado de asfalto para que circuláramos. En cuestión de cuadras nos fuimos cruzando con agrupaciones, familias, jóvenes, columnas de universidades, gremios, asociaciones culturales, colegios. Se fueron multiplicando bombos, megáfonos, intervenciones de bailes y performances, carteles con fotos y nombres de desaparecidos, los cánticos infaltables: “Olé olé, olé olá, como a los nazis, les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. En los ojos sorprendidos de mi niña, la avidez de lo nuevo. La formación iniciática del recuerdo, de la conciencia social.  

Claramente, el último 24 de marzo no fue un aniversario más. La cantidad de gente era tal que la emoción se mezclaba con el vértigo: en algún punto, lo que se puso en juego fue el choque frontal entre dos Argentinas que ya no solo discuten el presente, sino que han dinamitado cualquier consenso sobre el pasado. Y es que mientras las calles porteñas crujían bajo el peso de una movilización histórica, el gobierno de Javier Milei operaba desde la comodidad de un smartphone, “likeando” memes y minimizando el genocidio de los años 70. El medio de la jornada, además, el presidente admitió a través de su cuenta de X “contratiempos” en su meta de inflación cero, en una clara jugada de distracción: mientras la oposición le hablaba a la Historia, Milei dialogaba con su “fandom” digital, transformando un día de duelo en una batalla de tendencias.

A su vez, la Casa Rosada publicó un video con dos testimonios que, según la versión oficial, representan a “las víctimas que quisieron esconder”. Uno fue el de Miriam Fernández, una nieta recuperada que fue criada por un expolicía y su esposa tras el secuestro y desaparición de sus padres biológicos. El otro, el de Arturo Larrabure, hijo de Argentino del Valle Larrabure, un militar que trabajaba en la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María que fue secuestrado en 1974 por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Aunque ambos explican en detalle sus derroteros y piden “que se cuente la historia completa”, el video que más circuló fue el de Fernández, tal vez por el impacto unánime que genera escucharla cuando diferencia a sus padres biológicos de “su familia de crianza” y refuta la idea de considerarlos apropiadores, aunque en 2021 ambos fueron condenados por la Justicia. “No te pueden obligar después de 40 años a decir que son tus apropiadores. Son mis padres. No es padre quien te trae al mundo, sino quien te cría”, sostuvo Fernández al cuestionar cómo manejó su caso Abuelas de Plaza de Mayo.

Todo, el mismo día en que Estela de Carlotto, presidenta actual de las Abuelas, subía a sus 95 años al escenario de Plaza de Mayo y hablaba frente a 200 mil personas que la ovacionaron durante varios minutos. En nuestro caso, ni siquiera pudimos llegar a la plaza: tal fue el desborde de corporalidad masiva como contundente respuesta a la provocación digital. Me animo a pensar, incluso, que la jugada mileísta les operó en contra: a contramano de la virulencia habitual, el video de Miriam Fernández generó más piedad que indignación en pleno aniversario del golpe. Un relato que refleja su propio dolor y contradicciones, por un lado, y que expone involuntariamente el accionar de las Fuerzas Armadas por el otro. Casi con ingenuidad, Fernández describe la apropiación de una beba (ella misma), mientras aquellos que debían buscarla no aparecían. “Pasó un día y no vinieron a buscarme, y pasó otro día y tampoco vinieron”, insiste, sin indagar en el trasfondo oscuro detrás de esa ausencia. Y es entonces cuando se impone la mirada piadosa. La pena por ella, por sus padres desaparecidos, por las Madres y Abuelas, por la Argentina. Una tristeza feroz. Todas esas emociones que mi hija, a sus 7 años, fue capaz de sentir, sin necesidad de bajadas de línea que le digan de qué lado de la historia ponerse. ~


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