Si todo el mundo hiciera lo que yo digo, el mundo sería un lugar perfecto. Las gentes de internet nos recreamos en esta idea: mágicamente nos llegan breves enunciados que presentan dilemas morales, y acudimos prestos a plasmar en los comentarios leyes irrefutables y válidas en toda ocasión y circunstancia.
Hace poco repetimos un nuevo imperativo categórico a un dilema que enunció por la radio el cineasta Víctor García León. También le dijimos que cómo se atrevía siquiera a plantearlo, ¡menudo sinvergüenza! El dilema, que indicaré más abajo, es la destilación de su última película, Altas capacidades, que sigue las torpes artimañas de unos padres para inscribir a su hijo en un colegio de ricos. Ello desata un choque de clases que conduce no a la abolición del capitalismo, como predijo Marx, sino a retorcernos de risa en la butaca. Con los personajes fuera de su hábitat natural, la hipocresía de las normas sociales nos escupe en la cara, y reímos con gusto su ridículo. Y como los guionistas (el propio García León y Borja Coreaga) tratan con exquisita mala leche a la pareja protagonista, esta produce una vergüenza ajena con la que no podemos evitar reconocernos, y que solo somos capaces de soportar carcajada mediante. Con cada movimiento la pareja cierra sus posibilidades de salir airosa del desastre hacia el que se precipita, y sume al público en una tensión creciente. Dado que la risa es solo un subproducto de la puesta en evidencia de la hipocresía y la vergüenza ajena, diría que Altas capacidades está erróneamente catalogada como comedia: es más bien un thriller.
La película presenta un choque de clases en la mitad superior de la escala social. Los padres quieren sacar a su hijo de un colegio público donde todas las familias son del mismo corte: clasemedianas, de izquierdas, sin mayores problemas fuera de que sus hijos den la monserga en el internet del futuro. Me imagino cómo sería el planteamiento en la mitad inferior de la escala social: una familia en un barrio pobre de una gran ciudad que quiere llevar a su hijo a un colegio público en otra zona, de clase media. Creo que habría dejado de ser comedia, porque la culpa nos cortaría la carcajada. La esperanza de vida, la propensión a ciertas enfermedades o al alcoholismo dependen del barrio. Cito a una autoridad en la materia, Manuel Franco, un psicogeógrafo que lleva años estudiando la influencia del entorno urbano en la salud pública: “Las características de los barrios están relacionadas con cómo comemos, cómo y cuánto alcohol y tabaco consumimos y cómo de activos estamos físicamente”, expone. “En las zonas ricas, no hay niños obesos o con sobrepeso y en una zona desfavorecida son más de la mitad”. Y, cuando una parte importante de la población es migrante, a los problemas de pobreza se les suman los del desarraigo. Si trasladamos la película a ese contexto, su estupendo gag recurrente sobre la exhibición virtuosa del antirracismo (“no es porque el narco sea colombiano, que lo mismo diría si fuera de Albacete”) nos cortaría la digestión.
En la radio, García León desnudó el dilema sobre el que se construye la película: eres una madre o un padre de izquierdas, alguien que cree en la distribución de la riqueza y en la justicia social. Pero tu hijo cumple seis años y hay que inscribirlo en el colegio. Entonces: A) si es viable económicamente, lo llevas a un colegio privado que dé al niño todas las herramientas posibles para enfrentarse a un mundo hostil, pero así contribuyes a la máquina de segregar que son los colegios privados y, con ello, perpetúas un mundo injusto. B) Lo llevas al cole público del barrio y te fías de su talento y su capacidad para enfrentarse a un mundo hostil: tus principios son tan fuertes que no te importa desproveerle de las herramientas para usarlo como ariete de cambio social.
En este dilema, A es la opción egoísta y B la moral. Las gentes de internet han cacareado a García León que el imperativo categórico es B, B, B, B y B. ¡Por supuesto! Todos exhibimos nuestra virtud moral en redes sociales. Pero desde nuestro sillón orejero, con bata fantasía y pantuflas, es fácil apartar la vista del periódico un momento, fruncir el ceño y prescribir rectitud. Sin embargo, creo que es un dilema un poco tramposo, porque parte de la premisa de que tienes la capacidad económica para inscribir a tu hijo en un colegio caro. Situar el dilema en la mitad inferior de la escala social lo hace más claro, porque elimina la disyuntiva entre colegio público y privado, y la establece entre colegios públicos de zonas distintas, en los que no podremos evitar la precariedad cosmológica de un profesorado sometido a la perpetua condena del combo interinidad–oposiciones.
Contra la segregación, hay quien dice que los colegios públicos mezclan a gente de distinto estrato social. Si huye quien tiene la opción, el problema nunca se arregla. Pero la segregación viene de antes: “Las ciudades son cada vez más desiguales por cómo las estamos organizando, por cómo las construimos y por el proceso de urbanización: por el precio de la vivienda sabemos muy bien cómo vive la gente”, expone Manuel Franco. En los barrios pobres no viven ricos con los que mezclarse. Y los clasemedianos que hay están en minoría, de modo que la mezcla se hace hacia abajo y no hacia arriba. Lanzar a un niño, torso desnudo, a la pira ardiendo de problemas estructurales no va a resolver ninguna desigualdad. No podemos criticar a una persona por querer tener una mejor vida con las herramientas que el sistema le ofrece. Ni siquiera si es de izquierdas y cree en la justicia social: todos tenemos el derecho a contradecirnos, pero también la obligación de admitirlo. El niño ya pasa suficientes horas en un barrio lleno de casas de apuestas y octavillas de “chicas nuevas”, en el que los padres agradecen a McDonald’s sus precios bajos y a diosito la existencia de un YouTube que les deja un poco de tranquilidad cuando lo conectan a los puertos visual y auditivo de los hijos.
Los monserguistas de internet, que no nos hemos enfrentado a ese dilema moral en un barrio pobre de una gran ciudad, repetimos nuestra ley irrefutable y universal con una hipocresía de la que no somos conscientes. A ello se suman, gustosas, las élites, que sí son hipócritas conscientes. Altas capacidades retrata muy bien que, por arriba, todo el mundo es amoral sin que se enfrente a mayores consecuencias. El protagonista sale un día un poco antes de su trabajo, en un banco “ético”, y su jefe se permite trolearle: “¿Cuál es tu hora de salida?” “Es que yo… será solo un momento…” “¡Anda, que te estoy jodiendo! Venga, que te llevo”. A él le va bien precisamente porque jamás le han importado los horarios y otras normas semejantes. Y está tranquilo porque sabe que sus empleados cumplen: si no, los monserguistas, sus propios pares, les afearemos la conducta y repetiremos leyes irrefutables y válidas en toda ocasión y circunstancia. Si todo el mundo hiciese lo que yo digo, el mundo sería un lugar perfecto.