Los astrólogos dicen que ha cambiado el clima. De momento las frases oídas al vuelo en el autobús están interesantísimas. Por ejemplo, le oigo a un hombre sentado en la última fila el final de una que me hace querer enterarme de todo lo demás: “…en caso de que sea igual de siniestro que en casa del panadero”. Se da el caso de que voy leyendo Cuerpo blanco, un libro de L.T. que ha publicado Ultramarinos y cuyos poemas inquietan tanto que llegan a dar miedo. Aunque es diferente a su libro anterior, Cuaderno del alcalde, mantiene ese tono tan característico, perfilado y a la vez escurridizo, entre E.T.A. Hoffmann y Peter Weiss, y una imagen como la de la casa esa del hombre del autobús parece emanada del libro. Me veo obligada a abandonar momentáneamente la lectura para escuchar al hombre, que sigue diciendo cosas como “nosotros, aunque hayamos sido golfos, somos colombianos”, y siguiendo con el abanico de imágenes flamantes informa de las tribulaciones de alguien entre la niñez y la adolescencia a su interlocutora, hasta que le pide que le eche un cable, diciendo: “por favor, que si no me tocará a mí por la tarde −que seguramente estaré un poco pedete [breve risa]− andar detrás del niño”. Cuánto siento que llegue mi parada.
Cuando al cabo de unas horas cojo otro autobús, intento y consigo sentarme cerca de unos que van charlando animadamente: “Estaba todo el día en la barra buscando clientes”. “No creo que estuviera buscando clientes; él iba a cerrar barres.” No me gusta tener el teléfono en la mano cuando voy en el autobús, pero lo saco para apuntar todas estas cosas tan interesantes. Pero si vamos todos volcados en el teléfono no habrá conversaciones de las que puedan nacer estas flores urbanas. Aunque estos se bajan en mi misma parada, continuamos en direcciones diferentes.
En un tercer autobús, en este caso uno de los pequeñitos, mientras atravesamos una calle estrecha: “Esa es la gatoteca a la que iba Lucas”. Aquí no hay una conversación entera, es una frase solitaria como una flor de montaña. Que ya se hable de gatotecas como de sitios que se frecuentaban en el pasado da una medida más de cuánto han cambiado las ciudades y de cómo el tiempo pasa sin esperarnos a ninguno. Creo que no son los mismos, pero hay un niño de unos diez años que va colgándose de las barras y haciendo contorsiones hasta que otra pasajera deja caer en voz alta que hay multas previstas para los pasajeros que hagan un mal uso del mobiliario del autobús, a lo que el niño reacciona exagerando una cara de circunstancias y abandonando sus piruetas para pasar a discutir sin solución de continuidad con las dos mujeres que van con él si los cristianos de Turquía son protestantes u ortodoxos. La conversación dura un rato.
Los autobuses no son los únicos escenarios de este fantástico espectáculo de mil actos. En el tren, en una parada intermedia, se sube una mujer hablando por teléfono a la vez que busca su asiento, chocando la bolsa que lleva al hombro con los pasajeros de las sucesivas filas (hay que decir en su descargo que han puesto cinco asientos por fila, lo cual deja el pasillo convertido en un auténtico pasillillo). Mientras avanza hasta su asiento, dice a voz en cuello: “Me drogué mucho. La esquela creo que no vamos a ponerla esta tarde”. Se sienta con sus acompañantes y entre los tres van radiando la historia. No es que se entienda del todo. Dejamos los llanos y llegamos a las montañas, y ya estamos casi en nuestro destino. Hay que prepararse para salir, y entonces dicen, uno, dos y tres, como personajes de Lorenzo da Ponte: − ¿El bolso dónde lo dejé? −¡En la cafetería! −Ay, sí, es verdá. Allí en la meseta. Asombrosa fórmula que funde el tiempo y los espacios con einsteiniana intuición.
En el tren de vuelta, la primera hora no se puede leer ni hacer otra cosa que mirar por la ventanilla de precioso que es el paisaje. A veces recuerda a una maqueta de tren. Recuerdo la que ocupaba todo el escaparate de una juguetería de la calle Narváez, tan fascinante y preciosa que el mundo debía tomarla como modelo, y no al revés. Pero otras veces el tren atraviesa pasos muy estrechos y las hojas de yedra de los muros rozan los cristales. Esto les pasará varias veces al día. ¿No nos ayudaría la IA a entender el lenguaje de las plantas?
En el vagón van dos chicas evidentemente muy contentas de viajar juntas que se ríen de una manera tan cristalina y acanicada que si cierras los ojos imaginas que el tren va lleno de little people. Imposible distinguir el idioma en que hablan. Por la ventana se ven cosas también folclóricas como dos figuras de pingüinos colocadas a modo de espantapájaros. En una ciudad intermedia se sube un grupo de chicos. Delatan de dónde vienen porque uno lleva una peluca rizada en la mano. La deja en el compartimento superior, y algunos mechones rizados asoman. Se sientan en los asientos de mesa delante del mío, y se disponen a repasar a volumen muy alto su noche de despedida de soltero. Yo los espío con las gafas de sol puestas. Insisto en que como han puesto un asiento más en cada fila, la mesa de estos tíos es de seis personas (ellos son cinco), y a mayor concurrencia, mayor descerebre. Si el que viaja en un asiento solitario es un Kierkegaard, se convierte en un tifoso más gritón a medida que se van sumando otros. Puede que este añadido de un asiento más sea otro truco de las elites para seguir apuntalando la sociedad de masas. Si siguen con esa estrategia acabaremos viajando en trenes perpendiculares a las vías.
Los tipos decían cosas bastante raras, como: “¿Qué masa tiene la lengua de una vaca? La de los huevos por detrás”. Espero haberlo transcrito bien; lo dijeron dos veces. ¿Confundirían masa con textura? ¿Qué dice del que cuenta el chiste el orden de los elementos de la comparación: “Qué masa tienen los huevos por detrás, etc.”? Esta imagen no está mal: “¿Tú sabes la vergüenza de coger la cazadora en la discoteca y que se te caigan todas las cucharas?”. Sobre una tía hablaron mucho: “Está buenísima”, varias veces. Y cuando uno se volvió hacia el de al lado a preguntarle “¿A que sí?”, reconocí respeto y afecto en ese interés por la opinión de su amigo.
Eran bastante pesados y gritaban mucho, pero al cabo de unas pocas estaciones pasó algo interesante desde el punto de vista de la sociología, la psicología y la etología. Se subió un tipo de unos dos metros, con gesto muy serio y completamente calvo. El suyo era el sexto asiento de aquella mesa compartida. Se quitó el jersey y se vio que estaba muy fuerte. Apartó un poco los rizos de la peluca para hacer hueco para su jersey y se sentó junto a los otros tíos, que bajaron el volumen hasta acabar completamente callados.
Pero la frase más alucinante de todas la pronunció el chico que iba en el asiento detrás de mí:
¿Hemos se escribe con H?