Miguel Mancera Aguayo, un héroe civil de México

Miguel Mancera Aguayo, primer gobernador del Banco de México, fue un economista brillante y un funcionario público excepcional. Así lo recuerda uno de sus antiguos colaboradores.
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Miguel Mancera Aguayo fue, en verdad, uno de los mejores economistas que ha tenido México. Me atrevo a hacer tal afirmación con base en tres consideraciones. Primera, lo que logró durante su muy prolongada carrera profesional, la cual conozco con cierto pormenor. Segunda, por su manera de conducirse con una seriedad profesional a prueba de bombas, con gran calidad ética, con una capacidad de concentración admirable. Y tercera, por su capacidad de ganar discusiones en asuntos de gran complejidad técnica. Sobre todas las cosas, Mancera fue un hombre de ideas muy claras.

En una ocasión viajamos a Guadalajara a un evento del Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas. Habiendo fungido como orador principal, en contra de sus deseos fue obligado a permanecer en el presídium. Y en tal posición, de tanta incomodidad para él, un conocido empresario local hizo una proclama atrevida: que la política cambiaria debería concentrarse en mantener un tipo de cambio ligeramente subvaluado (es decir, que el nivel de los precios internos fuese más bajo que los externos). Con inmensa claridad y brevedad de palabra, el banquero central explicó que tal cosa era imposible por el efecto del arbitraje del comercio internacional, el cual tiende a emparejar con mucha fuerza los precios internos con los externos. Ante aquella respuesta implacable, al proponente no le quedó más remedio que volver a su lugar, refutado.

En su larga trayectoria en la banca central, Mancera se manifestó como un líder con propuestas muy originales. Un ejemplo es el enfoque que tuvo en mente para la designación del funcionario del Banco de México que tomaría las riendas del área de comunicación social. La tradición, un tanto miope y rutinaria en todo el sector público, era la de designar para la tarea a un periodista. La gran desventaja de tal práctica es que daba lugar al nombramiento de personas con un conocimiento nulo o muy pobre sobre las actividades sustantivas encomendadas a la entidad en cuestión. Por ello, hacia 1988 Mancera se decidió para la mencionada posición por una persona con formación profesional de economista. Juan Diez Canedo, un colega en Investigación Económica, me dio su recomendación personal para aquel cargo.

Aunque Mancera nunca me diera la explicación precedente, yo capté el mensaje y procedí en consecuencia: desplegando una actividad muy proactiva en mi relación con los periodistas y los medios. El principal reto era explicar los daños que la inflación causa a la marcha de una economía. De hecho, la autonomía que se otorgaba a los bancos centrales respondía a la finalidad de evitar el surgimiento de episodios alcistas con todas sus consecuencias negativas. En el transcurso de la encomienda se me presentó la oportunidad de contribuir a la formación de muchos reporteros nuevos, recién egresados de las escuelas de periodismo. Mi jefe Mancera y yo íbamos avanzando en la ardua tarea de crear un consenso social en contra de las políticas inflacionarias cuando sorpresivamente se produjeron las dificultades de balanza de pagos del año 1994, que terminaron en literal tragedia, con las fuertes devaluaciones de diciembre de dicho año y enero del subsiguiente. La crisis que se desató resultó de una intensidad inusitada. 

Regresando al período formativo del joven Miguel Mancera, seguramente contribuyó en medida importante para su consolidación temprana el hecho de haber fungido su padre – el prestigiado contador público Rafael Mancera– como subsecretario de Hacienda de 1948 a 1958. Por insistencia del Fondo Monetario Internacional, fue creada la subsecretaría de Egresos para controlar el gasto público y el nombramiento recayó en el mencionado profesionista. Es casi seguro que la influencia de don Rafael también haya pesado para que su tercer hijo varón, de nombre Miguel, se matriculara en la carrera de economía del naciente ITAM. Pronto se destacó Miguel en sus estudios y escribió una tesis de licenciatura notable por su fina argumentación, en su momento rompedora de tabúes arraigados: en ella abogaba por atraer inversiones del exterior, bajo la disciplina de la apertura comercial. Ello, para evitar, mediante la fuerza de las importaciones, la adquisición de poder monopólico u oligopólico por parte de tales inversiones.

Una de las cualidades de Miguel Mancera en su liderazgo en el Banco de México tuvo que ver con su capacidad para la administración de recursos humanos. Por lo que se refiere a los abogado, tal vez no habría podido culminar con éxito los tres proyectos en materia de legislación que emprendió sin contar con la colaboración, primero, de Francisco Borja Martínez, y, luego, de Roberto del Cueto y Javier Arrigunaga. Los proyectos relativos fueron el correspondiente a la Ley del mercado de valores de 1975, una nueva Ley orgánica del Banco de México en el año 1984 y las reformas constitucionales para otorgar la autonomía del año 1993.

Mancera también procuró la convocatoria de muchos economistas de gran nivel intelectual. Entre otros, Francisco Gil Díaz, Jesús Marcos Yacamán y el muy inteligente pero un poco impredecible Marín Maydón. Un caso notable fue el de Ernesto Zedillo, a quien rescató de las filas de la oposición interna y lo designó a la cabeza del fideicomiso Ficorca para resolver el problema de las empresas que se habían endeudado en dólares siendo sus ingresos en pesos. Más adelante, Mancera también se interesó en el despegue de Agustín Carstens, una gran figura del servicio público de México.

Años antes, ya formando parte del plantel del Banco de México, Mancera consiguió consolidarse como uno de los colaboradores cercanos de Rodrigo Gómez, quien estuvo al frente del Banco de México de 1952 a su muerte en 1970. Mancera se convirtió así en uno de “los muchachos” de don Rodrigo, junto con Ernesto Fernández Hurtado, Mario Ramón Beteta, Jesús Silva Herzog, Alfredo Phillips Olmedo y algunos más. Fue desde tal posición que se hizo acreedor a una beca para realizar estudios de posgrado en la afamada Universidad de Yale. En el programa coincidió, entre algunos otros, con el mexicano Sergio Ghigliazza y con el chileno Andrés Bianchi, uno de los artífices de la autonomía para el Banco Central de Chile. Con gran perspicacia, años después Mancera obtuvo la asesoría de Bianchi para el proyecto de dotar de autonomía al Banco de México.

En aquella primera etapa profesional en el Banco de México, de Mancera vino la brillante propuesta de ofrecer crédito competitivo a las exportaciones de manufacturas. Se hizo mediante un fideicomiso público que se llamó Fomex y el cual estuvo bajo su mando un tiempo largo. Durante la segunda de tales etapas –ya como subdirector general, de principios de los setenta a 1982– de su creatividad vino la idea de impulsar el desarrollo del mercado de valores mediante la expedición de una ley operativa y funcional, con pocos artículos. Asimismo, durante aquel período surgió, de la inspiración del economista Mancera, la creación de los Certificados de la Tesorería (Cetes), de lo cual derivó la posibilidad para el Banco de México de realizar operaciones de mercado abierto mediante transacciones de compraventa de tales títulos. Durante aquella época, se libraron tensas batallas doctrinales en la Junta de Dirección, un órgano colegiado. El segundo de a bordo en su bando, Sergio Ghigliazza, recordaba que nunca los antagonistas en tal foro les pudieron ganar una discusión.

Durante el muy difícil año de 1982, al cierre del sexenio de José López Portillo, el Banco de México publicó, con la firma de Mancera en calidad de director general, un folleto en el cual se explicaba la nula posibilidad de detener las fugas de capital mediante un régimen de control de cambios integral. El texto resultó profético para los tres meses en que tal esquema se mantuvo en vigor. Mancera también protestó, con su renuncia a la cabeza del Banco de México, por la decisión de estatizar la banca del 1 de septiembre de ese año.

Habiendo sido reinstalado en su cargo para la administración de Miguel de la Madrid (1982 – 1988), en tal sexenio se materializaron dos de sus más importantes logros profesionales. Por un lado, Mancera ideó el mecanismo para que las empresas con deudas externas las pudieran renegociar con vistas a su supervivencia (Ninguna de ellas quebró, de facto).

Una de las claves para el éxito del llamado Ficorca consistió en la fórmula para librar del riesgo cambiario a las empresas que se habían endeudado en moneda extranjera. Esta consistió en venderles futuros denominados en dólares, lo cual equivalía a extenderle a los acreedores del exterior garantía para las amortizaciones de capital. La aplicación del mecanismo implicó el trámite de créditos en moneda nacional para, con el importe, liquidar los futuros en dólares que les expidió el fideicomiso. Inexorablemente, la aplicación del mecanismo dio lugar a una expansión de los agregados monetarios amplios. De ese hecho se agarró Ernesto Fernández Hurtado, entonces a la cabeza de Bancomer, para acusar que el Ficorca era inflacionario. Se trataba de un antecesor de Mancera como director general del Banco de México, pero también tío consanguíneo del presidente de la República Miguel de la Madrid. Con la ayuda de Ernesto Zedillo, Mancera emprendió la redacción de un documento técnico para refutar la acusación. La gestión ante el presidente tuvo éxito y Mancera recordaba con deleite la gran muina que despertó en Fernández Hurtado aquella derrota intelectual.

Además, en una campaña librada en soledad en el gabinete económico, Mancera fue el proponente pionero de la apertura comercial y también del programa de desincorporaciones de empresas y entidades del sector público. Con respecto a la apertura comercial, en su muy preciso lenguaje, Mancera explicaba que la industria que se había impulsado mediante el proteccionismo padecía de un sesgo antiexportador. En relación con el sector paraestatal que se había heredado de los gobiernos de la Docena Trágica, el saneamiento de las finanzas públicas sería imposible sin un programa efectivo de desincorporaciones. Pero en cuanto al proteccionismo comercial, el sesgo antiexportador provenía de la insuficiente competitividad de la planta productiva. Pero ¿cómo iba México a pagar la gran deuda externa que se había acumulado si no era con mayores exportaciones y además diversificadas? La apertura comercial de México se inició con la adhesión al GATT (el organismo previo a la Organización Mundial de Comercio, OMC) que se logró en el año 1985.

Mancera evocaba en privado que Carlos Salinas de Gortari le había literalmente rogado para que permaneciera en el timón del Banco de México. Desde ese cargo, puso en acción una campaña muy cuidadosa para avanzar en la reforma del régimen de regulación sobre la intermediación bancaria a cargo del Banco de México. En muy buena medida, para pasar de un esquema de discrecionalidad en la determinación de las tasas de interés pasivas a otro, más moderno, de determinación mediante mecanismos de mercado. En tales andanzas andaba involucrado el banquero central Mancera cuando llegó a sus oídos la noticia sobre la propuesta para otorgarle autonomía al Banco de México. Tanto a Mancera como al secretario de Hacienda, Pedro Aspe, les sonó a música celestial.

La decisión había provenido de manera directa del presidente Salinas de Gortari y aparentemente se había enterado de tal posibilidad en el foro internacional de Davos, Suiza. También parece haber sido determinación de Salinas que fuera en el Banco de México donde se llevaran a cabo todas las tareas de legislación correspondientes. Para tal fin se conformó un equipo de trabajo muy compacto a las órdenes de Mancera y al cual se sumó, ya se ha dicho, el economista chileno Andrés Bianchi. El resto de los ponentes se conformó con los mencionados abogados Borja, Del Cueto y Arrigunaga. La tarea legislativa a emprender no fue de escasa monta. Por un lado, la redacción de una propuesta de reforma constitucional para que quedara consignado en el artículo 28 el principio de la autonomía para el Banco de México. Y de forma complementaria, un texto completamente nuevo a manera de ley para el Banco de México. Si bien las iniciativas fueron aprobadas a finales de 1993, el nuevo régimen legal para el Banco de México no entró en vigor sino hasta principios de 1994.

El antecedente técnico para los graves problemas de balanza de pagos que se padecieron a todo lo largo del año 1994 fue la adopción para el peso mexicano de un régimen cambiario de bandas en noviembre de 1991. El esquema se conformaría con un piso fijo y un techo con un deslizamiento a un ritmo dado en función de las perspectivas internas de inflación. De haberse mantenido en vigor tal esquema durante un tiempo razonable, habría significado el avance tácito a un régimen de flotación cambiaria. Sin embargo, las dificultades de naturaleza política empezaron a impactar desde finales del año 1993. Con buen juicio, las autoridades pensaron en cuatro instrumentos de defensa para el enunciado sistema cambiario. Primeramente, los movimientos del tipo de cambio hasta alcanzar su techo con el desliz preanunciado. A continuación y de forma complementaria, la utilización de reservas internacionales para evitar que la paridad rebasara el techo prefijado. En forma paralela, la elevación de las tasas internas de interés y, por último, el canje de Cetes por Tesobonos sin riesgo cambiario. Finalmente, el tránsito a la libre flotación tuvo que revertirse cuando quedaron agotados los instrumentos de defensa descritos.

En su calidad de gobernador del Banco de México, a Miguel Mancera correspondió explicar la forma en que se fueron gestando las devaluaciones en cascada que se produjeron entre finales de diciembre de 1994 y enero de 1995. En tal explicación pudo ilustrarse con claridad la manera en que se fueron agotando los instrumentos de defensa para el régimen cambiario. El caso de mayor gravedad fue el causado por el asesinato de Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia por el PRI, que llevó a una pérdida de reservas internacionales por parte del Banco de México por arriba de 11 mil millones de dólares. El desplome no hubiera podido sofocarse sin mediar la intervención pública del presidente Bill Clinton, con un mensaje de apoyo al gobierno de México. Todos los acontecimientos políticos que causaron deterioro al régimen cambiario fueron eventos de una sola vez. La excepción se conformó con las últimas embestidas acordadas por el EZLN (Ejercito Zapatista de Liberación Nacional), encabezado por el subcomandante Marcos.  

Miguel Mancera lució entre sus capacidades profesionales la de expresarse con mucha propiedad en sus textos en el idioma español. Una manifestación de tal virtud fue la preparación de sus presentaciones públicas, que se realizaban con inmenso cuidado intelectual. Me consta, toda vez que yo participé en la redacción de muchas de ellas. Años después, el banquero central discurrió la publicación de esos discursos en un formato muy atractivo: la recopilación, tal vez por orden cronológico, precedido cada texto con una breve nota explicativa. Por desgracia, nunca concluyó el proyecto a pesar de mis insistencias reiteradas en tal sentido durante las ocasiones en que lo visitaba. Posiblemente alguien con el apoyo del Banco de México o el ITAM pudiera tomar la estafeta correspondiente. ¡Ojalá!

Miguel Manera fue un individuo de inmensa seriedad profesional y laboral. Sin embargo, también era una persona que sabía gozar de la vida con sentido del humor. Le gustaba el vino y disfrutar de una buena comida, en su expendio favorito de los últimos tiempos: el restaurante Zeru, de comida vasca, por los rumbos de Avenida Revolución. En una ocasión en un vuelo de regreso en el avión del Banco de México, después de unos buenos “güisquis”, literalmente se desternillaba de la risa al escuchar unos chascarrillos subidos de tono.  

Escribí las líneas anteriores sin consultar una sola fuente documental, con apoyo exclusivamente en mis recuerdos. Las dictó la gran admiración por el personaje, uno de los individuos más inteligentes que conocí en mi vida. Y también el afecto por un ser humano de valor excepcional. El maestro que me enseñó, con gran naturalidad, que la esencia de los fenómenos económicos es de causas a efecto y que el reto intelectual reside en desentrañar con claridad tal causalidad. No es fácil. Descubrí esa clave gracias a la tutela implícita de Miguel Mancera.

Una de las últimas veces que lo visité en su acogedora casa de la calle Salvador Novo, en Coyoacán, recuerdo haberle dicho a quemarropa: “En mi opinión, usted es el mejor economista mexicano de la historia”. ¡Recuerdo que, con buen sentido del humor, respondió a mi manifestación con una carcajada! Humildades aparte, lo considero un héroe civil de México. Ojalá de las filas de los intelectuales mexicanos salga su necesario biógrafo. ~    


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